MarcosR
Poeta que considera el portal su segunda casa
El poeta de la esquina
tiene una mesa justa,
un puñado de versos
trancados en el pecho
para un amor ausente,
una vieja ventana
llena de atardeceres
en donde los colores
no traspasan el vidrio,
un dolor en los huesos,
un pasado quebrado
en ese sorbo amargo
que adormece las penas.
Parece que lo viera
otra vez como antes.
Las piedras de la calle
tocando la avenida
llena de paraísos.
La silla en la vereda,
y una media sonrisa
saludando la tarde,
es todo lo que luce
el poeta de la esquina.
Por ese mismo tiempo
cruzábamos tristezas,
soledades, abismos.
Nunca fuimos tan tristes
ni dichosos,
como en el tiempo aquel
de perseguir los sueños
cargados a la espalda.
El poeta de la esquina
dejó un amor caído
a los pies del asiento,
y se fue desprendiendo
de todas las pisadas
que cercaban su llanto.
Cultivando un hechizo
desde el fondo del lápiz,
encumbró su destino
más allá de esta calle.
Hoy paso por la esquina
y ya no está su silla,
ni está su mate amargo.
Pero todas las tardes
se dibujan radiantes
en la vieja ventana
un sinfín de reflejos,
y hay unos cuantos versos
que parecen buscarlo.
tiene una mesa justa,
un puñado de versos
trancados en el pecho
para un amor ausente,
una vieja ventana
llena de atardeceres
en donde los colores
no traspasan el vidrio,
un dolor en los huesos,
un pasado quebrado
en ese sorbo amargo
que adormece las penas.
Parece que lo viera
otra vez como antes.
Las piedras de la calle
tocando la avenida
llena de paraísos.
La silla en la vereda,
y una media sonrisa
saludando la tarde,
es todo lo que luce
el poeta de la esquina.
Por ese mismo tiempo
cruzábamos tristezas,
soledades, abismos.
Nunca fuimos tan tristes
ni dichosos,
como en el tiempo aquel
de perseguir los sueños
cargados a la espalda.
El poeta de la esquina
dejó un amor caído
a los pies del asiento,
y se fue desprendiendo
de todas las pisadas
que cercaban su llanto.
Cultivando un hechizo
desde el fondo del lápiz,
encumbró su destino
más allá de esta calle.
Hoy paso por la esquina
y ya no está su silla,
ni está su mate amargo.
Pero todas las tardes
se dibujan radiantes
en la vieja ventana
un sinfín de reflejos,
y hay unos cuantos versos
que parecen buscarlo.
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