Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Hace diez años que este reloj se ahogó en el inodoro,
tuvo un paroxismo de vómito, delirium tremens,
y lo llevo conmigo solo por la costumbre
de no sentir la amada mano desnuda,
pues no sirve para dar la hora, ni el minuto, ni el segundo exacto
más que un par de veces al día,
no da el tiempo para escapar del tiempo.
Sin embargo, y con embargo, puedo jurar que ahora mismo
son las tres de la tarde, fracción menos, fracción más,
y que no he vendido ni un poema,
nadie me ha pedido una muestra de degustación gratuita,
un verso suelto como una bala,
una fina línea de poesía, blanca y potente como la coca.
El voceador acabó su mercancía sangrienta antes del meridiano,
lo mismo que la vendedora de tamales;
el vendedor de lástima y fetidez, que se arrastra sobre una patineta
porque no tiene pies,
ahora mismo se ha recargado sobre el semáforo
con un pollo entero y una Fanta de dos litros para él solo.
Pienso que podría robarlo, ¡y que me alcance si puede!
Pero soy un hombre de alta y digna moral
que soporta el hambre, la insolación a mitad de la avenida:
son materia para alimentar a las escuálidas musas
que siguen sin escuchar el ansiado:
dame dos con todo y tres para llevar, por favor.
Un tipo corpulento, casi anciano, detiene su Chevy, también destartalado,
frente a mi humanidad de pronto esperanzada.
Hago una rápida evaluación del prospecto a cliente,
es muy probable que necesite un poema sobre el paso de los años,
hojas de calendario amarillas que se incendian en el viento,
oh, sí, con un exordio de Leduc, un latinajo de Cicerón…
—¿Hey tú, la chupas?— pregunta el asqueroso. Traigo cincuenta pesos.
¡No, no la chupo, grandísimo hijo de puta.
Claro que lo he intentado, hace décadas, conmigo mismo.
Hice yoga, abdominales, pero solo una vez alcancé a darle un besito,
más con resentimiento que con ternura,
y ahí acabó, sin empezar, una brillante carrera de actor porno,
y me hice poeta con tal de no trabajar los lunes,
y tampoco los días que no son lunes.
Pero este gordo desgraciado me ha confundido con una de esas señoritas,
con pito o sin pito, que llegan a iluminar la noche a eso de las ocho.
¿Acaso no se nota que soy un poeta, eh? ¡Un elegido de los dioses!
El universo pasa por mi alma para inventarse una mirada y ver tus ojos,
vivo espetado por las metáforas de todas las cosas
que buscan usurparme para sentir la emoción. ¿O, quousque tandem...?
Regreso al cuartucho, arrastrando los pasos, tristísimo.
Por la esfera estrellada de mi reloj,
veo que son las dos de la madrugada y con certeza sé
que son las cinco de la tarde.
Estoy pensando en Lorca, obvio, y en el torero destripado
cuando en la tienda tengo que elegir
entre una cajetilla de cigarros o un kilo de huevo.
Me llevó unos Marlboro catorces; no alcanza para más
con el billete de cincuenta pesos que gané hoy.
Ojalá que al menos se me quite este amargo sabor de boca.
tuvo un paroxismo de vómito, delirium tremens,
y lo llevo conmigo solo por la costumbre
de no sentir la amada mano desnuda,
pues no sirve para dar la hora, ni el minuto, ni el segundo exacto
más que un par de veces al día,
no da el tiempo para escapar del tiempo.
Sin embargo, y con embargo, puedo jurar que ahora mismo
son las tres de la tarde, fracción menos, fracción más,
y que no he vendido ni un poema,
nadie me ha pedido una muestra de degustación gratuita,
un verso suelto como una bala,
una fina línea de poesía, blanca y potente como la coca.
El voceador acabó su mercancía sangrienta antes del meridiano,
lo mismo que la vendedora de tamales;
el vendedor de lástima y fetidez, que se arrastra sobre una patineta
porque no tiene pies,
ahora mismo se ha recargado sobre el semáforo
con un pollo entero y una Fanta de dos litros para él solo.
Pienso que podría robarlo, ¡y que me alcance si puede!
Pero soy un hombre de alta y digna moral
que soporta el hambre, la insolación a mitad de la avenida:
son materia para alimentar a las escuálidas musas
que siguen sin escuchar el ansiado:
dame dos con todo y tres para llevar, por favor.
Un tipo corpulento, casi anciano, detiene su Chevy, también destartalado,
frente a mi humanidad de pronto esperanzada.
Hago una rápida evaluación del prospecto a cliente,
es muy probable que necesite un poema sobre el paso de los años,
hojas de calendario amarillas que se incendian en el viento,
oh, sí, con un exordio de Leduc, un latinajo de Cicerón…
—¿Hey tú, la chupas?— pregunta el asqueroso. Traigo cincuenta pesos.
¡No, no la chupo, grandísimo hijo de puta.
Claro que lo he intentado, hace décadas, conmigo mismo.
Hice yoga, abdominales, pero solo una vez alcancé a darle un besito,
más con resentimiento que con ternura,
y ahí acabó, sin empezar, una brillante carrera de actor porno,
y me hice poeta con tal de no trabajar los lunes,
y tampoco los días que no son lunes.
Pero este gordo desgraciado me ha confundido con una de esas señoritas,
con pito o sin pito, que llegan a iluminar la noche a eso de las ocho.
¿Acaso no se nota que soy un poeta, eh? ¡Un elegido de los dioses!
El universo pasa por mi alma para inventarse una mirada y ver tus ojos,
vivo espetado por las metáforas de todas las cosas
que buscan usurparme para sentir la emoción. ¿O, quousque tandem...?
Regreso al cuartucho, arrastrando los pasos, tristísimo.
Por la esfera estrellada de mi reloj,
veo que son las dos de la madrugada y con certeza sé
que son las cinco de la tarde.
Estoy pensando en Lorca, obvio, y en el torero destripado
cuando en la tienda tengo que elegir
entre una cajetilla de cigarros o un kilo de huevo.
Me llevó unos Marlboro catorces; no alcanza para más
con el billete de cincuenta pesos que gané hoy.
Ojalá que al menos se me quite este amargo sabor de boca.
19 de septiembre de 2020
Última edición: