Cecilya
Cecy
Blanca no tuvo la necesidad de fingir sorpresa cuando Juan le entregó el poema que le había escrito para su cumpleaños, plasmado sobre la hoja de papel que contenía un retrato suyo hecho a lápiz.
Ese retrato que ella había descubierto por casualidad, había sido la miniatura de un cuadro más grande que ahora adornaba la pared del cuarto, frente a la cama, como el recordatorio de un amor diferente, pensado para una mujer diferente.
Y aunque pasara el tiempo, y aunque la relación un día se pudiera terminar, la poesía y la imagen persistirían como reliquias buenas. Como arqueología de instantes que jamás perderían la condición de sagrados.
Las letras dedicadas, los ojos de Blanca en el dibujo de la habitación, las manos de Juan en la memoria del arte y el acto de brindar lo que mejor sabía hacer.
—No me voy a olvidar de lo que hiciste por mí… — decía ella mientras dejaba en esas manos creadoras, muchos besos delicados. Sentía que esa especie de paga dulce tampoco era suficiente para agradecer un regalo tan perfecto.
Esa celebración de cumpleaños era solamente de los dos. No les cabía la posibilidad de incluir más gente y no porque fueran un par de egoístas, sino porque desde el comienzo mismo habían sentido que debían desprenderse de todas aquellas prácticas que todo el mundo consideraba normales. Ellos no eran la norma, eran la excepción y habían necesitado desde el principio un espacio que no incluyera ruidos molestos. Un clima propio, sin interrupciones, en el cual lo cotidiano lograra volverse mágico y quizás incomprensible para otros.
— ¿Se acuerda de aquel, mi primer cumpleaños en su vida, colega? —dijo Juan con ganas de rememorar el día en el que habían cambiado para siempre los sentimientos entre ambos.
Recordó la escuela, la sala de profesores, a los compañeros de trabajo cantándole a Blanca el cumpleaños feliz, el ramo inmenso de flores que el director le había comprado, los regalos típicos de chicas que le habían hecho las amigas, y sus propias manos vacías porque a él no le habían avisado nada, porque ese día no tenía que ir y solo había concurrido para conversar con el director acerca de un evento que el colegio estaba preparando.
Le dio un beso a Blanca y la felicitó con esa sensación incómoda de haber llegado tarde y sin nada que aportar, y después vio salir a todos del recinto, menos a la cumpleañera que también había sido citada por el director.
La escuela iba a ser la sede de un concurso de literatura juvenil para alumnos de secundaria de varios institutos de la zona y ellos habían sido designados para evaluar a los concursantes y organizar la ceremonia de premiaciones, que debía incluir lecturas de algunas obras y una charla y debate acerca de la importancia de los libros en la era de la tecnología.
Iban a tener que reunirse, coordinar, trabajar juntos, hecho que íntimamente Juan celebró.
Hacía mucho que Blanca le interesaba, que le gustaba, pero nunca había tenido la oportunidad de estar con ella sin que hubiera personas rondándolos, por tratarse de un ámbito netamente laboral.
El director también los dejó solos y fue Blanca la que rompió el hielo, quizás influenciada por sus ánimos festivos.
— ¿Querés que vayamos ahora, un rato a la biblioteca? Ahí estaríamos tranquilos para conversar y ver como nos organizamos para los próximos días — le sugirió.
Juan estuvo de acuerdo, asintió entre complacido y apenado por haber llegado sin obsequio, y le pidió que se adelantara, que él resolvería unas cuestiones y que la alcanzaría en unos minutos.
Se quedó solo y exhaló, feliz como un adolescente que consigue su primera cita, y sin pensar demasiado porque si hubiera pensado un poco más, jamás se hubiera atrevido, abrió su portafolios, tomó una lapicera, una hoja de su cuaderno de notas, e improvisó unos versos gentiles, genuinamente cercanos, un saludo poético, algo que darle a la colega especial, y mientras iba camino a la biblioteca compró unos bombones en el quiosco del patio y llegó a la cita con su pequeño aporte, deseando que Blanca no tomara a mal su decisión.
Como narradora, no les podré contar, estimados lectores, lo que decía ese poema.
No eran líneas de amor, pero sí había amor en esas líneas.
No tenían rima ni métrica, pero sí un orden primordial, una cadencia conmovedora que yo no podría poner en palabras.
Las dedicatorias son emanaciones profundas, aire puro que se brinda a quien merece atesorarlo.
Espero que puedan imaginar lo que no estoy en condiciones de decirles, porque cualquier intento de descripción que yo hiciera, alteraría la atmósfera, el halo en torno a esa joya que un día Juan regaló, que fue la primera de muchas que siguieron, y que no será la última.
Pero hoy sí es la última vez que escribo acerca de Blanca y Juan, lo hago en un marco de celebración, porque creo en esos amores que solo pueden crecer cuando deciden no contagiarse de los males de un mundo que todos los días hace el intento de apagarlos.
“Somos invencibles cuando ampliamos la armonía y la belleza
vastos, como un páramo extendido entre las rocas
que custodian el mar”
Juan y Blanca seguirán siendo luz y fui muy feliz narrando sus páginas.
.......................
Fin de la serie "Historias de Blanca y Juan"
Ese retrato que ella había descubierto por casualidad, había sido la miniatura de un cuadro más grande que ahora adornaba la pared del cuarto, frente a la cama, como el recordatorio de un amor diferente, pensado para una mujer diferente.
Y aunque pasara el tiempo, y aunque la relación un día se pudiera terminar, la poesía y la imagen persistirían como reliquias buenas. Como arqueología de instantes que jamás perderían la condición de sagrados.
Las letras dedicadas, los ojos de Blanca en el dibujo de la habitación, las manos de Juan en la memoria del arte y el acto de brindar lo que mejor sabía hacer.
—No me voy a olvidar de lo que hiciste por mí… — decía ella mientras dejaba en esas manos creadoras, muchos besos delicados. Sentía que esa especie de paga dulce tampoco era suficiente para agradecer un regalo tan perfecto.
Esa celebración de cumpleaños era solamente de los dos. No les cabía la posibilidad de incluir más gente y no porque fueran un par de egoístas, sino porque desde el comienzo mismo habían sentido que debían desprenderse de todas aquellas prácticas que todo el mundo consideraba normales. Ellos no eran la norma, eran la excepción y habían necesitado desde el principio un espacio que no incluyera ruidos molestos. Un clima propio, sin interrupciones, en el cual lo cotidiano lograra volverse mágico y quizás incomprensible para otros.
— ¿Se acuerda de aquel, mi primer cumpleaños en su vida, colega? —dijo Juan con ganas de rememorar el día en el que habían cambiado para siempre los sentimientos entre ambos.
Recordó la escuela, la sala de profesores, a los compañeros de trabajo cantándole a Blanca el cumpleaños feliz, el ramo inmenso de flores que el director le había comprado, los regalos típicos de chicas que le habían hecho las amigas, y sus propias manos vacías porque a él no le habían avisado nada, porque ese día no tenía que ir y solo había concurrido para conversar con el director acerca de un evento que el colegio estaba preparando.
Le dio un beso a Blanca y la felicitó con esa sensación incómoda de haber llegado tarde y sin nada que aportar, y después vio salir a todos del recinto, menos a la cumpleañera que también había sido citada por el director.
La escuela iba a ser la sede de un concurso de literatura juvenil para alumnos de secundaria de varios institutos de la zona y ellos habían sido designados para evaluar a los concursantes y organizar la ceremonia de premiaciones, que debía incluir lecturas de algunas obras y una charla y debate acerca de la importancia de los libros en la era de la tecnología.
Iban a tener que reunirse, coordinar, trabajar juntos, hecho que íntimamente Juan celebró.
Hacía mucho que Blanca le interesaba, que le gustaba, pero nunca había tenido la oportunidad de estar con ella sin que hubiera personas rondándolos, por tratarse de un ámbito netamente laboral.
El director también los dejó solos y fue Blanca la que rompió el hielo, quizás influenciada por sus ánimos festivos.
— ¿Querés que vayamos ahora, un rato a la biblioteca? Ahí estaríamos tranquilos para conversar y ver como nos organizamos para los próximos días — le sugirió.
Juan estuvo de acuerdo, asintió entre complacido y apenado por haber llegado sin obsequio, y le pidió que se adelantara, que él resolvería unas cuestiones y que la alcanzaría en unos minutos.
Se quedó solo y exhaló, feliz como un adolescente que consigue su primera cita, y sin pensar demasiado porque si hubiera pensado un poco más, jamás se hubiera atrevido, abrió su portafolios, tomó una lapicera, una hoja de su cuaderno de notas, e improvisó unos versos gentiles, genuinamente cercanos, un saludo poético, algo que darle a la colega especial, y mientras iba camino a la biblioteca compró unos bombones en el quiosco del patio y llegó a la cita con su pequeño aporte, deseando que Blanca no tomara a mal su decisión.
Como narradora, no les podré contar, estimados lectores, lo que decía ese poema.
No eran líneas de amor, pero sí había amor en esas líneas.
No tenían rima ni métrica, pero sí un orden primordial, una cadencia conmovedora que yo no podría poner en palabras.
Las dedicatorias son emanaciones profundas, aire puro que se brinda a quien merece atesorarlo.
Espero que puedan imaginar lo que no estoy en condiciones de decirles, porque cualquier intento de descripción que yo hiciera, alteraría la atmósfera, el halo en torno a esa joya que un día Juan regaló, que fue la primera de muchas que siguieron, y que no será la última.
Pero hoy sí es la última vez que escribo acerca de Blanca y Juan, lo hago en un marco de celebración, porque creo en esos amores que solo pueden crecer cuando deciden no contagiarse de los males de un mundo que todos los días hace el intento de apagarlos.
“Somos invencibles cuando ampliamos la armonía y la belleza
vastos, como un páramo extendido entre las rocas
que custodian el mar”
Juan y Blanca seguirán siendo luz y fui muy feliz narrando sus páginas.
.......................
Fin de la serie "Historias de Blanca y Juan"
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