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Siempre sonó tu canción
y tus palabras pintaron al viento,
a veces flores de unción.
Son las ternuras que siento
aunque me cuentes tu triste tormento.
Hemos perdido el aliento
en estas calles del pájaro-estatua.
La vi mutar de cristal a cemento
a su esmirriada figura
en la metrópolis fatua,
sin pluma o canto en su mística pura.
Combina el árbol. Delgado, se encoge
allá en la esquina de muros y hollín.
Es una cáscara seca
que ardilla y bicho en su nervio recoge.
Y es el podrido alcornoque un jardín
a la miseria en el ojo y la mueca
del transeúnte del rumbo apurado
y de la meta perdida en un sueño
ya casi siendo ultimado,
que desvaría, implorando otro dueño.
No son sonrisas, son muecas
lo que me muestro si veo el espejo
me llegó el tiempo de secas
pero no ha sido parejo
este proceso se ha vuelto complejo.
Creo que el último te ha quedado sáfico puro pleno (1-4-8-10), Luciana.
Ese que mira, el burlón del espejo,
sabe que soy su peor enemigo.
No busca charlas, ni abrigo.
Y mucho menos, consejo.
Me piensa un día que quema en albores
y luego empieza a morirse en su cuna.
La quise como a ninguna.
Le causa gracia mis penas de amores.
Da media vuelta el bufón del reflejo.
Detesta verse llorar en mis ojos
y compartir un pellejo
de cicatrices
que es colección de rastrojos
aunque camufle el dolor con barnices
para ocultarme el engaño
mientras le empaño
tanto cristal que nos hace infelices.
Era un absurdo preámbulo
su beso al rostro ya yerto y ausente.
Desde aquel día un sonámbulo
resulta ser, su presente
parece ser de una estatua viviente.