malco
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Equipo Revista "Eco y latido"
El puerto
En las lívidas
madrugadas de niebla
de cortante frío,
en insomnes distancias del tiempo,
afilados cuchillos calan los huesos.
En el desafío
del íntimo encuentro,
en la redondez de la búsqueda,
errante,
en la espesura de la bruma,
en las calladas noches
de detenidos instantes,
en deshilachados recuerdos
desandando miedos,
ocultando soledades,
me refugio en el puerto,
solitario,
silencioso,
rasgando pieles
de curtidas nostalgias,
me abrazo a las sombras alargadas
del origen,
granítico sostén de las creencias,
impenetrable muralla de los afectos.
El mar,
arcón del Sol y la Luna,
escondido en la oscuridad,
comparte
el desasosiego,
en el sereno rumor
permanente canto ondulante,
ebrio juglar de odas marineras.
Inquieto,
atado al espigón,
prisionero,
un viejo y cansado barco
cruje melancólico
en apagado lamento
cuando el leve oleaje
viene a deshacerse a sus pies.
Me gusta ir al puerto
en las frías madrugadas
y trepado en la fantasía colorida
de marineras aventuras,
en alejados lugares,
cruzar tempestades,
vencer míticos monstruos marinos,
y aclamado por imaginarios
seres invisibles,
regresar con relucientes tesoros
que se esfuman
al tocarlos.
Me gusta ir al puerto,
en las humosas madrugadas
en insomnes momentos,
a contemplar el cortejo seductor
de los luceros
con la Luna,
que coqueta, les hace desplantes
y maliciosa
sonríe,
iluminando
sus argentas mejillas
y
con guiños relucientes se aleja.
Me gusta
ir al puerto
y
en íntima elevación
volar ligero con el cierzo
y
en atrevidas piruetas,
descender livianamente
en la quietud
de mis sentidos
y
sorprender una estrella
que se desprende
y en fugaz huida
cae
al
mar,
y
al amanecer
la encuentro
dormida
sobre la arena
fría,
apagada,
indefensa.
Me gusta
ir al
puerto
de madrugada,
y sentado al píe
de un farol,
escuchar de los duendes
fabulosas historias
de desconocidos
reinos,
y
al amanecer
verlos partir
convertidos en blancas gaviotas.
Me gusta
ir al
puerto,
a soñar,
intima silueta impalpable
de la existencia,
silencioso
aquietante
del alma.
MALCO
30-11-14
En las lívidas
madrugadas de niebla
de cortante frío,
en insomnes distancias del tiempo,
afilados cuchillos calan los huesos.
En el desafío
del íntimo encuentro,
en la redondez de la búsqueda,
errante,
en la espesura de la bruma,
en las calladas noches
de detenidos instantes,
en deshilachados recuerdos
desandando miedos,
ocultando soledades,
me refugio en el puerto,
solitario,
silencioso,
rasgando pieles
de curtidas nostalgias,
me abrazo a las sombras alargadas
del origen,
granítico sostén de las creencias,
impenetrable muralla de los afectos.
El mar,
arcón del Sol y la Luna,
escondido en la oscuridad,
comparte
el desasosiego,
en el sereno rumor
permanente canto ondulante,
ebrio juglar de odas marineras.
Inquieto,
atado al espigón,
prisionero,
un viejo y cansado barco
cruje melancólico
en apagado lamento
cuando el leve oleaje
viene a deshacerse a sus pies.
Me gusta ir al puerto
en las frías madrugadas
y trepado en la fantasía colorida
de marineras aventuras,
en alejados lugares,
cruzar tempestades,
vencer míticos monstruos marinos,
y aclamado por imaginarios
seres invisibles,
regresar con relucientes tesoros
que se esfuman
al tocarlos.
Me gusta ir al puerto,
en las humosas madrugadas
en insomnes momentos,
a contemplar el cortejo seductor
de los luceros
con la Luna,
que coqueta, les hace desplantes
y maliciosa
sonríe,
iluminando
sus argentas mejillas
y
con guiños relucientes se aleja.
Me gusta
ir al puerto
y
en íntima elevación
volar ligero con el cierzo
y
en atrevidas piruetas,
descender livianamente
en la quietud
de mis sentidos
y
sorprender una estrella
que se desprende
y en fugaz huida
cae
al
mar,
y
al amanecer
la encuentro
dormida
sobre la arena
fría,
apagada,
indefensa.
Me gusta
ir al
puerto
de madrugada,
y sentado al píe
de un farol,
escuchar de los duendes
fabulosas historias
de desconocidos
reinos,
y
al amanecer
verlos partir
convertidos en blancas gaviotas.
Me gusta
ir al
puerto,
a soñar,
intima silueta impalpable
de la existencia,
silencioso
aquietante
del alma.
MALCO
30-11-14
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