Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
El verano todavía resiste y se hace sentir en las terrazas de la calle Ancha. Desde que la transformaron en peatonal, se ha convertido en zona de paseo, donde abundan las mesas en las que poder tomar un refresco con tranquilidad. Al terminar mi paseo, cerca ya de la plaza de la Catedral, sentada en una terraza he visto a Genma.
Los recuerdos se han agolpado de pronto en mi memoria. Sin darme cuenta he vuelto a hace cincuenta años, a aquellos veranos de la temprana adolescencia, en que, juntos, pasamos tantas horas. En las piscinas de la Hispánica, donde jugábamos, donde los días trascurrían perezosos mientras nosotros compartíamos baños, carreras, bocadillos, risas. Tiempo en que las miradas servían para hablar, para expresar esos sentimientos de los que no se habla, pero que van anidando en el corazón. Cualquier disculpa era buena para estar juntos, nadar, leer y nacía así una complicidad que se veía bendecida por la sonrisa que a Genma se le pintaba en la cara. Desde primera hora de la mañana que nos encontrábamos en la plaza donde vivía, evitando que nos viese su madre, hasta la tarde en que casi oscureciendo nos volvíamos a separar. Magníficos momentos en que teníamos canciones para cantar los dos y silencios expresivos.
Una tarde, de aquellas en que nuestras respectivas familias se habían quedado a comer en la piscina, después de reposar un rato, volvimos, como siempre, a nuestros juegos y nuestras andanzas. A media tarde, se oscureció de pronto el cielo y amenazó con lluvia. Nuestras familias recogieron apresuradamente y se refugiaron en la cafetería, mientras nosotros dos jugábamos en el frontón. Cuando rompió a llover lo hizo con esa fuerza que tienen las tormentas de verano y tuvimos el tiempo justo de refugiarnos bajo una sombrilla. Allí, cerca uno del otro, sin saber por qué, en el silencio únicamente roto por el chapotear del agua, nos cogimos de la mano. Todavía siento hoy la emoción de aquel momento; entrelazamos nuestros dedos y yo sentí el tibio calor de su mano. No nos miramos, no nos dijimos nada, tan sólo mantuvimos nuestras manos unidas por un tiempo, que siempre me pareció breve…
Genma está sentada con unas amigas, acaba de verme y se ha levantado; camina hacia mí, con su resplandeciente sonrisa en la boca.
- Hola, ¿cómo estás?-
- Bien – respondo. –Hace tiempo que no te veía, sigues tan guapa como siempre –
- Zalamero -, me dice. – Ven siéntate con nosotras-
Me acerco a la mesa, me presenta a sus amigas y me siento un momento con ellas. No tengo ojos para otra cosa que no sea su cara; se ilumina al hablar, está radiante y cada vez que me mira, vuelve a poner su deliciosa sonrisa.
Vivimos en la misma ciudad, mas nos encontramos pocas veces, pero cada vez que la veo de nuevo, acuden los recuerdos de aquellas tardes de verano y me pregunto qué hubiese sido de nosotros si nuestras vidas hubieran trascurrido de otra manera.
Pero ahora, en estos momentos, vuelvo a sentir su mano entre las mías y me encanta su sonrisa que ilumina el instante.
Los recuerdos se han agolpado de pronto en mi memoria. Sin darme cuenta he vuelto a hace cincuenta años, a aquellos veranos de la temprana adolescencia, en que, juntos, pasamos tantas horas. En las piscinas de la Hispánica, donde jugábamos, donde los días trascurrían perezosos mientras nosotros compartíamos baños, carreras, bocadillos, risas. Tiempo en que las miradas servían para hablar, para expresar esos sentimientos de los que no se habla, pero que van anidando en el corazón. Cualquier disculpa era buena para estar juntos, nadar, leer y nacía así una complicidad que se veía bendecida por la sonrisa que a Genma se le pintaba en la cara. Desde primera hora de la mañana que nos encontrábamos en la plaza donde vivía, evitando que nos viese su madre, hasta la tarde en que casi oscureciendo nos volvíamos a separar. Magníficos momentos en que teníamos canciones para cantar los dos y silencios expresivos.
Una tarde, de aquellas en que nuestras respectivas familias se habían quedado a comer en la piscina, después de reposar un rato, volvimos, como siempre, a nuestros juegos y nuestras andanzas. A media tarde, se oscureció de pronto el cielo y amenazó con lluvia. Nuestras familias recogieron apresuradamente y se refugiaron en la cafetería, mientras nosotros dos jugábamos en el frontón. Cuando rompió a llover lo hizo con esa fuerza que tienen las tormentas de verano y tuvimos el tiempo justo de refugiarnos bajo una sombrilla. Allí, cerca uno del otro, sin saber por qué, en el silencio únicamente roto por el chapotear del agua, nos cogimos de la mano. Todavía siento hoy la emoción de aquel momento; entrelazamos nuestros dedos y yo sentí el tibio calor de su mano. No nos miramos, no nos dijimos nada, tan sólo mantuvimos nuestras manos unidas por un tiempo, que siempre me pareció breve…
Genma está sentada con unas amigas, acaba de verme y se ha levantado; camina hacia mí, con su resplandeciente sonrisa en la boca.
- Hola, ¿cómo estás?-
- Bien – respondo. –Hace tiempo que no te veía, sigues tan guapa como siempre –
- Zalamero -, me dice. – Ven siéntate con nosotras-
Me acerco a la mesa, me presenta a sus amigas y me siento un momento con ellas. No tengo ojos para otra cosa que no sea su cara; se ilumina al hablar, está radiante y cada vez que me mira, vuelve a poner su deliciosa sonrisa.
Vivimos en la misma ciudad, mas nos encontramos pocas veces, pero cada vez que la veo de nuevo, acuden los recuerdos de aquellas tardes de verano y me pregunto qué hubiese sido de nosotros si nuestras vidas hubieran trascurrido de otra manera.
Pero ahora, en estos momentos, vuelvo a sentir su mano entre las mías y me encanta su sonrisa que ilumina el instante.