Old Soul
Poeta adicto al portal
¿Sabes? Nunca te olvidé, fíjate que nada más bajar del avión he venido a verte, sabía que te encontraría en éste bar. Me imaginé que estaría abarrotado de gente, pero no tanto. Siempre tuviste mucho carisma.
Se diría que es mentira que hayan pasado cuarenta años, parece que fue ayer cuando vivimos los años treinta. ¡Ay, la juventud! ¿Recuerdas qué fogosos éramos? Nos amábamos demostrándolo con todo el vigor de nuestros cuerpos. Siendo en el fondo unos niños que jugueteaban con lo prohibido. Pero cómo nos amábamos…
Lo que pasó es que la vida es la vida, y éramos jóvenes. No hubo cabida en nuestro mundo para albergar, por mucho tiempo, un amor como el nuestro. Lo cierto es que si mi padre no hubiese sido un alcohólico tan opresivo seguramente no me hubiese ido, o, si hubiese encontrado trabajo, tal vez me hubiese quedado. Pero no se dieron esas circunstancias, por eso me fui a Australia, donde mi tía Mari. ¿La recuerdas? Murió ya hace muchos años, te nombraba con cariño.
Te pido disculpas por escribirte tan poco, pero mi tía Mari, pese a que era persona bondadosa, tenía la perniciosa costumbre de revisarme el correo. Supongo que por alguna sospecha de encontrar una carta tuya. Eso y el tiempo (y la distancia, esa maldita distancia) hicieron que cada vez espaciara más las cartas hasta ya no escribirte ninguna.
Nunca me importó que jamás me contestases, conocía tu dolor por mi partida, pero sabía que todas las leerías y hasta imaginé que guardarías algunas. Tal vez, en estos momentos, se estén haciendo polvo en algún lugar que sólo tú conoces.
Ahora, ya no me importa contarte que allá, pasados los años, me casé con una chica del lugar con la que tuve dos niñas que, claro, ahora son dos mujeres. Me hubiese gustado que las conocieras.
Yo siempre entendí porqué te quedaste en el pueblo atendiendo en éste bar, siendo el mayor de once hermanos tenías que ayudar en el sustento. Así fue tu vida. Vivir y morir en el bar de tu familia fue tu sino. Qué mejor lugar para velarte.
Sólo decirte que te quiero, que aún te quiero, y que nunca te olvidé y jamás te olvidaré, mi amado primo.
Se diría que es mentira que hayan pasado cuarenta años, parece que fue ayer cuando vivimos los años treinta. ¡Ay, la juventud! ¿Recuerdas qué fogosos éramos? Nos amábamos demostrándolo con todo el vigor de nuestros cuerpos. Siendo en el fondo unos niños que jugueteaban con lo prohibido. Pero cómo nos amábamos…
Lo que pasó es que la vida es la vida, y éramos jóvenes. No hubo cabida en nuestro mundo para albergar, por mucho tiempo, un amor como el nuestro. Lo cierto es que si mi padre no hubiese sido un alcohólico tan opresivo seguramente no me hubiese ido, o, si hubiese encontrado trabajo, tal vez me hubiese quedado. Pero no se dieron esas circunstancias, por eso me fui a Australia, donde mi tía Mari. ¿La recuerdas? Murió ya hace muchos años, te nombraba con cariño.
Te pido disculpas por escribirte tan poco, pero mi tía Mari, pese a que era persona bondadosa, tenía la perniciosa costumbre de revisarme el correo. Supongo que por alguna sospecha de encontrar una carta tuya. Eso y el tiempo (y la distancia, esa maldita distancia) hicieron que cada vez espaciara más las cartas hasta ya no escribirte ninguna.
Nunca me importó que jamás me contestases, conocía tu dolor por mi partida, pero sabía que todas las leerías y hasta imaginé que guardarías algunas. Tal vez, en estos momentos, se estén haciendo polvo en algún lugar que sólo tú conoces.
Ahora, ya no me importa contarte que allá, pasados los años, me casé con una chica del lugar con la que tuve dos niñas que, claro, ahora son dos mujeres. Me hubiese gustado que las conocieras.
Yo siempre entendí porqué te quedaste en el pueblo atendiendo en éste bar, siendo el mayor de once hermanos tenías que ayudar en el sustento. Así fue tu vida. Vivir y morir en el bar de tu familia fue tu sino. Qué mejor lugar para velarte.
Sólo decirte que te quiero, que aún te quiero, y que nunca te olvidé y jamás te olvidaré, mi amado primo.
Última edición: