Lexema
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tras las fieras detonaciones,
producto de ideales golosos
de hombres y países poderosos
que dejan el dialogo por los cañones
Un soldado errante en tierra de nadie
caminaba con el fusil aún tibio.
Creyendo oír balas, se quedaba frío,
más sin ver a un enemigo que le odie,
O dispare sus razones paradigmáticas
en un mendrugo iracundo, avispado
y enfurecido, un solsticio atrapado
entre las incoherencias dogmáticas.
las secuelas de la lid quedaron allí,
en aquellas hermosas mezquitas donde antes habían cosas bonitas.
Destruido, todo quedo así.
La furia de la naturaleza es más piadosa que la torpeza del hombre, cuando encuentra en la contienda solución a la contienda.
Mientras veía los vestigios testigos
de un egoísmo llevado a grado sumo,
por razones de fuego, sangre y humo,
una paloma cruzó buscando trigos,
maíz, arroz o pan para sus polluelos; parándose frente al fusil que le apuntaba. Ambos se miraban a la cara,
ambos asustados y hambrientos.
Ambos veían una mutua oportunidad
frente a ellos. El rifle quieto, el alma fría, el dedo en el gatillo, plena calma.
Hasta que el ave dice: ¿Hasta cuándo?
producto de ideales golosos
de hombres y países poderosos
que dejan el dialogo por los cañones
Un soldado errante en tierra de nadie
caminaba con el fusil aún tibio.
Creyendo oír balas, se quedaba frío,
más sin ver a un enemigo que le odie,
O dispare sus razones paradigmáticas
en un mendrugo iracundo, avispado
y enfurecido, un solsticio atrapado
entre las incoherencias dogmáticas.
las secuelas de la lid quedaron allí,
en aquellas hermosas mezquitas donde antes habían cosas bonitas.
Destruido, todo quedo así.
La furia de la naturaleza es más piadosa que la torpeza del hombre, cuando encuentra en la contienda solución a la contienda.
Mientras veía los vestigios testigos
de un egoísmo llevado a grado sumo,
por razones de fuego, sangre y humo,
una paloma cruzó buscando trigos,
maíz, arroz o pan para sus polluelos; parándose frente al fusil que le apuntaba. Ambos se miraban a la cara,
ambos asustados y hambrientos.
Ambos veían una mutua oportunidad
frente a ellos. El rifle quieto, el alma fría, el dedo en el gatillo, plena calma.
Hasta que el ave dice: ¿Hasta cuándo?
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