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Poeta que considera el portal su segunda casa
¡Por fin conocía el mar! El viento soplaba fuerte y Adela se sujetaba el sombrero con sus manos para evitar que se le volara.
-¡Hay mama que laguna tan grande!- le dijo a su madre, y soltó las manos que eran las que se ocupaban de que su pamela permaneciera quieta en su cabeza.
El sombrero voló libre como una cometa sin hilos y sin dueño y ella corrió tras él adentrándose hasta la cintura en el mar, pero no pudo alcanzarlo. Su cuerpo conoció la frescura de las olas chocándose contra su piel por primera vez y la pamela cómo águila libre se giró y volteó a ras de agua cayendo en una pequeña barca donde un pescador en ese momento sacaba un hermoso pez dorado del fondo del océano. Metió el pescado en una cesta y cogió aquel tocado femenino por la cinta de raso azul que tenía a modo de adorno y se sintió afortunado por dos razones: aquel día tendría asegurada la cena y además llevaría el sombrero como regalo a su hija, y se la imaginó feliz y radiante con él sobre su cabellera rubia, corriendo por el campo o recogiendo flores silvestres que guardaría en su fondo, y luego las colocaría en un jarrón como adorno en la salita de estar.
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