En la noche romántica de destellos moribundos, tu piel se pone al resguardo de la alada esfera lechosa. Sólo esperando a que el rumor sagrado de los grillos te adormezca en una quietud mansa de sueños mánticos. Mientras, cavilas sin cesar con tu intuición de musicalidad celeste cómo moverte por el bosque húmedo de cipreses. Sólo ahí esperas dichoso el reencuentro con el dios pagano del éxtasis. Que te ha de señalar a una distancia infinitesimal de una ausencia que se transmuta mágica en presencia. Cuando ya el numen ha caído de la copa de un árbol consagrado a la singular Perséfone; y te ha llenado con su energía eucarística para afrontar la penumbra malévola, abres los ojos y consagras tu infernal mirada al vascular onírico de las esferas siderales. Donde la atrayente música de otro mundo espanta los fantasmas de una alborada próxima en renacer.