No sé por qué
hoy está en alza mi alegría
y me complazco en ello.
A pesar del gris del cielo
mi alma respira bienestar
y mis ojos ciernen la llovizna
para que no penetre en mi corazón
como si de una montera de cristal claro se tratara,
aislándome de la humedad
y sólo dejando pasar
la luz del cielo
plomiza y silenciosa.
La tarde resbala muy despacio
con la mirada puesta
en la ventana de mi cuarto.
Ni un solo ruido penetra
con la claridad tenue.
La lámpara amarilla
dibuja suavemente
mi mano sobre el cuaderno
y como un triste fantasma
sigue a la tinta azul
que resbala por el papel,
con prisas, empujada a chorros.
Cuando miré de nuevo a la calle
la tarde se había ido de la terraza
y habían prendido otras luces,
amarillas como la mía,
en sus ventanas.
Sus sombritas apenas visibles
estaban danzando atrapadas,
poco a poco caían las persianas
poniendo entre nuestras miradas
un muro de plástico
que resguardase sus almas.
Mi cortina se quedó corrida
toda la noche,
todas las noches
para no sentirme tan sola
entre tantas miradas,
entre tanto saludo silencioso
de barrio acomodado,
que te hace “de casa”
después de treinta años.
Y, a pesar de todo,
sé que en cada casa
hay un alma como la mía
que sus sueños calla.
hoy está en alza mi alegría
y me complazco en ello.
A pesar del gris del cielo
mi alma respira bienestar
y mis ojos ciernen la llovizna
para que no penetre en mi corazón
como si de una montera de cristal claro se tratara,
aislándome de la humedad
y sólo dejando pasar
la luz del cielo
plomiza y silenciosa.
La tarde resbala muy despacio
con la mirada puesta
en la ventana de mi cuarto.
Ni un solo ruido penetra
con la claridad tenue.
La lámpara amarilla
dibuja suavemente
mi mano sobre el cuaderno
y como un triste fantasma
sigue a la tinta azul
que resbala por el papel,
con prisas, empujada a chorros.
Cuando miré de nuevo a la calle
la tarde se había ido de la terraza
y habían prendido otras luces,
amarillas como la mía,
en sus ventanas.
Sus sombritas apenas visibles
estaban danzando atrapadas,
poco a poco caían las persianas
poniendo entre nuestras miradas
un muro de plástico
que resguardase sus almas.
Mi cortina se quedó corrida
toda la noche,
todas las noches
para no sentirme tan sola
entre tantas miradas,
entre tanto saludo silencioso
de barrio acomodado,
que te hace “de casa”
después de treinta años.
Y, a pesar de todo,
sé que en cada casa
hay un alma como la mía
que sus sueños calla.