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El sueño encerrado

María Baena

Miembro del Jurado
Miembro del equipo
Miembro del JURADO DE LA MUSA
No sé por qué

hoy está en alza mi alegría

y me complazco en ello.

A pesar del gris del cielo

mi alma respira bienestar

y mis ojos ciernen la llovizna

para que no penetre en mi corazón

como si de una montera de cristal claro se tratara,

aislándome de la humedad

y sólo dejando pasar

la luz del cielo

plomiza y silenciosa.

La tarde resbala muy despacio

con la mirada puesta

en la ventana de mi cuarto.

Ni un solo ruido penetra

con la claridad tenue.

La lámpara amarilla

dibuja suavemente

mi mano sobre el cuaderno

y como un triste fantasma

sigue a la tinta azul

que resbala por el papel,

con prisas, empujada a chorros.

Cuando miré de nuevo a la calle

la tarde se había ido de la terraza

y habían prendido otras luces,

amarillas como la mía,

en sus ventanas.

Sus sombritas apenas visibles

estaban danzando atrapadas,

poco a poco caían las persianas

poniendo entre nuestras miradas

un muro de plástico

que resguardase sus almas.

Mi cortina se quedó corrida

toda la noche,

todas las noches

para no sentirme tan sola

entre tantas miradas,

entre tanto saludo silencioso

de barrio acomodado,

que te hace “de casa”

después de treinta años.

Y, a pesar de todo,

sé que en cada casa

hay un alma como la mía

que sus sueños calla.
 
No sé por qué

hoy está en alza mi alegría

y me complazco en ello.

A pesar del gris del cielo

mi alma respira bienestar

y mis ojos ciernen la llovizna

para que no penetre en mi corazón

como si de una montera de cristal claro se tratara,

aislándome de la humedad

y sólo dejando pasar

la luz del cielo

plomiza y silenciosa.

La tarde resbala muy despacio

con la mirada puesta

en la ventana de mi cuarto.

Ni un solo ruido penetra

con la claridad tenue.

La lámpara amarilla

dibuja suavemente

mi mano sobre el cuaderno

y como un triste fantasma

sigue a la tinta azul

que resbala por el papel,

con prisas, empujada a chorros.

Cuando miré de nuevo a la calle

la tarde se había ido de la terraza

y habían prendido otras luces,

amarillas como la mía,

en sus ventanas.

Sus sombritas apenas visibles

estaban danzando atrapadas,

poco a poco caían las persianas

poniendo entre nuestras miradas

un muro de plástico

que resguardase sus almas.

Mi cortina se quedó corrida

toda la noche,

todas las noches

para no sentirme tan sola

entre tantas miradas,

entre tanto saludo silencioso

de barrio acomodado,

que te hace “de casa”

después de treinta años.

Y, a pesar de todo,

sé que en cada casa

hay un alma como la mía

que sus sueños calla.
Sueños que se pierden en esa melodia encerrada donde la
transparencia de sensaciones de como un reino lavado
en serena tristeza. bello. saludos de luzyabsenta
 
No sé por qué

hoy está en alza mi alegría

y me complazco en ello.

A pesar del gris del cielo

mi alma respira bienestar

y mis ojos ciernen la llovizna

para que no penetre en mi corazón

como si de una montera de cristal claro se tratara,

aislándome de la humedad

y sólo dejando pasar

la luz del cielo

plomiza y silenciosa.

La tarde resbala muy despacio

con la mirada puesta

en la ventana de mi cuarto.

Ni un solo ruido penetra

con la claridad tenue.

La lámpara amarilla

dibuja suavemente

mi mano sobre el cuaderno

y como un triste fantasma

sigue a la tinta azul

que resbala por el papel,

con prisas, empujada a chorros.

Cuando miré de nuevo a la calle

la tarde se había ido de la terraza

y habían prendido otras luces,

amarillas como la mía,

en sus ventanas.

Sus sombritas apenas visibles

estaban danzando atrapadas,

poco a poco caían las persianas

poniendo entre nuestras miradas

un muro de plástico

que resguardase sus almas.

Mi cortina se quedó corrida

toda la noche,

todas las noches

para no sentirme tan sola

entre tantas miradas,

entre tanto saludo silencioso

de barrio acomodado,

que te hace “de casa”

después de treinta años.

Y, a pesar de todo,

sé que en cada casa

hay un alma como la mía

que sus sueños calla.
Hay cosas que son difíciles de explicar en tu sensible poema


Saludos bella
 
No sé por qué

hoy está en alza mi alegría

y me complazco en ello.

A pesar del gris del cielo

mi alma respira bienestar

y mis ojos ciernen la llovizna

para que no penetre en mi corazón

como si de una montera de cristal claro se tratara,

aislándome de la humedad

y sólo dejando pasar

la luz del cielo

plomiza y silenciosa.

La tarde resbala muy despacio

con la mirada puesta

en la ventana de mi cuarto.

Ni un solo ruido penetra

con la claridad tenue.

La lámpara amarilla

dibuja suavemente

mi mano sobre el cuaderno

y como un triste fantasma

sigue a la tinta azul

que resbala por el papel,

con prisas, empujada a chorros.

Cuando miré de nuevo a la calle

la tarde se había ido de la terraza

y habían prendido otras luces,

amarillas como la mía,

en sus ventanas.

Sus sombritas apenas visibles

estaban danzando atrapadas,

poco a poco caían las persianas

poniendo entre nuestras miradas

un muro de plástico

que resguardase sus almas.

Mi cortina se quedó corrida

toda la noche,

todas las noches

para no sentirme tan sola

entre tantas miradas,

entre tanto saludo silencioso

de barrio acomodado,

que te hace “de casa”

después de treinta años.

Y, a pesar de todo,

sé que en cada casa

hay un alma como la mía

que sus sueños calla.
Un placer amiga.
Abrazos.
 
No sé por qué

hoy está en alza mi alegría

y me complazco en ello.

A pesar del gris del cielo

mi alma respira bienestar

y mis ojos ciernen la llovizna

para que no penetre en mi corazón

como si de una montera de cristal claro se tratara,

aislándome de la humedad

y sólo dejando pasar

la luz del cielo

plomiza y silenciosa.

La tarde resbala muy despacio

con la mirada puesta

en la ventana de mi cuarto.

Ni un solo ruido penetra

con la claridad tenue.

La lámpara amarilla

dibuja suavemente

mi mano sobre el cuaderno

y como un triste fantasma

sigue a la tinta azul

que resbala por el papel,

con prisas, empujada a chorros.

Cuando miré de nuevo a la calle

la tarde se había ido de la terraza

y habían prendido otras luces,

amarillas como la mía,

en sus ventanas.

Sus sombritas apenas visibles

estaban danzando atrapadas,

poco a poco caían las persianas

poniendo entre nuestras miradas

un muro de plástico

que resguardase sus almas.

Mi cortina se quedó corrida

toda la noche,

todas las noches

para no sentirme tan sola

entre tantas miradas,

entre tanto saludo silencioso

de barrio acomodado,

que te hace “de casa”

después de treinta años.

Y, a pesar de todo,

sé que en cada casa

hay un alma como la mía

que sus sueños calla.




Qué lindo es cuando una tiene un día distinto, con una alegría que no se sabe muy bien de donde viene...
Pasa el día, llega la tarde y la noche, las luces indican que no estás sola, a pesar de la soledad.
Quizá la luna se ha encendido para dar su fuerza a las almas calladas que sueñan.
Un placer leerte María.
Saludos cordiales desde mi bosque anochecido.
Matilde
 

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