El Sur (el cortijo del cura, Granada)
Vengo de una tierra del sur
donde los otoños lloran
soledades durmientes,
los páramos se pierden
bajo nubes de cristal roto
y la lluvia es un milagro
coronado de alegrías.
Su gente es afable, primitiva,
que aún sueña laberintos de futuro.
Yo me perdí,
ajeno al paraíso que allí habita.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
En su paisaje,
pequeños oteros ondulados
como jorobas
se preñan de casas cueva;
en su interior blanquea la luz
bajo un sueño de gotelé blanco.
Coronan los tejados
las chimeneas,
con el resplandor
de un cigarro en La Habana.
Los geranios,
rompen las fachadas
y los ojos de las ventanas,
en un plomeo de colores
que no añoran macetas.
Montaraz en su jaula,
un pájaro perdiz muestra orgulloso
el arco iris de su plumaje,
cañoneando sin pudor un celo
embravecido.
Dentro, en el hogar,
se saborea la ternura,
vuela la esperanza, se escapa la alegría.
Don Sol, en el sur, no duerme.
Sus mañanas se alimentan agostando la tierra,
en puñaladas de besos ardientes.
Y se merienda las tardes
bajo un sombrero de paja.
En el ocaso no descansa, sestea borracho.
Vengo de una tierra del sur
donde las pisadas son ecos de soleares.
Cuando alumbra el otoño,
la escasa lluvia es como un llanto,
una canción de grietas en las manos.
Los hombres iluminan
por el hueco de sus mellas
el sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?.
Los caminos se pierden
polvorientos de sequías
maquillando los campos.
Un pastor gime con el silbo;
pinta rebaños de poesías
con los colores de la soledad.
Vengo del sur, como en un sueño,
quiero despertar con nuevas esperanzas.
El Viaje (1959, estación de Francia, Barcelona)
Llego niño, del sur.
Durmientes y brillantes,
en la estación de Francia
las vías del tren conducen
sueños de vapor atrapados
en maletas de cartón piedra.
Mis padres,
con sus averías en el alma,
sonríen al cansancio,
en una mueca de fresas agridulces.
Sus ojos agotados.
Desde la calle, se asoman
alborozados chiquillos
silbando melodías descalzas
con los brazo extendidos
a unas monedas inexistentes.
El tranvía se acerca
con su sonido metálico
y una ola de albañiles inunda
la plataforma en un alboroto
de acentos varios, peninsulares,
gallegos, murcianos, extremeños
con su babel de abrazos.
El cobrador, desde su atalaya,
anuncia parada en las Ramblas
donde una colla de andaluces
intentan regatear, bailando una sardana.
En el aire la música,
y en el balcón de la mañana
un coro de catalanes aplaude.
Mientras, en una mesa del café del Liceo,
Josep Plá escribe "las ciudades del mar"
con la mirada perdida hacia su Ampurdán
eterno.
Es domingo y Barcelona se ilumina de otoño,
frente al mar.
El Monte Carmelo, la muntanya pelada. (Nace un barrio)
Sobre la afeitada loma
donde la vida no existe
muerden torrenteras
como dentelladas.
Ahí, en su cima
sobre el descaro del abandono,
hombres y mujeres
herederos de la nada
levantan un oasis de babel peninsular
en la primavera de sus vidas
lloradas de sueños.
Es el monte Carmelo,
"la muntanya pelada"
que dicen en ese idioma
hermoso de romances.
En el caparazón terroso
de lodazal y miseria
armaron sus voluntades
con los andamios de esperanzas.
Techumbres en el aire,
huecas como un nido
coronaban paredes,
tan frágiles,
que imitaban tristezas.
En el barrio,
los atardeceres
se dormían con la Señora Francis,
en un consejo de soledades y engaños
que acompasaba el sonido de la radio
a través de alguna ventana solidaria.
Al llegar la Navidad
sus noches alegraban villancicos
"a vinticinq de desembre fum, fum, fum
ha nascut un minyonet..."
"pero mira como beben los peces en el rio..."
Mientras, las abuelas lloraban
lágrimas de anís del Mono,
y se fundían los plomos de la alegría
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde.
Entonces, en el monte Carmelo se encendían las lámparas del hambre.
PepeSori
SafeCreative
2018
Vengo de una tierra del sur
donde los otoños lloran
soledades durmientes,
los páramos se pierden
bajo nubes de cristal roto
y la lluvia es un milagro
coronado de alegrías.
Su gente es afable, primitiva,
que aún sueña laberintos de futuro.
Yo me perdí,
ajeno al paraíso que allí habita.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
En su paisaje,
pequeños oteros ondulados
como jorobas
se preñan de casas cueva;
en su interior blanquea la luz
bajo un sueño de gotelé blanco.
Coronan los tejados
las chimeneas,
con el resplandor
de un cigarro en La Habana.
Los geranios,
rompen las fachadas
y los ojos de las ventanas,
en un plomeo de colores
que no añoran macetas.
Montaraz en su jaula,
un pájaro perdiz muestra orgulloso
el arco iris de su plumaje,
cañoneando sin pudor un celo
embravecido.
Dentro, en el hogar,
se saborea la ternura,
vuela la esperanza, se escapa la alegría.
Don Sol, en el sur, no duerme.
Sus mañanas se alimentan agostando la tierra,
en puñaladas de besos ardientes.
Y se merienda las tardes
bajo un sombrero de paja.
En el ocaso no descansa, sestea borracho.
Vengo de una tierra del sur
donde las pisadas son ecos de soleares.
Cuando alumbra el otoño,
la escasa lluvia es como un llanto,
una canción de grietas en las manos.
Los hombres iluminan
por el hueco de sus mellas
el sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?.
Los caminos se pierden
polvorientos de sequías
maquillando los campos.
Un pastor gime con el silbo;
pinta rebaños de poesías
con los colores de la soledad.
Vengo del sur, como en un sueño,
quiero despertar con nuevas esperanzas.
El Viaje (1959, estación de Francia, Barcelona)
Llego niño, del sur.
Durmientes y brillantes,
en la estación de Francia
las vías del tren conducen
sueños de vapor atrapados
en maletas de cartón piedra.
Mis padres,
con sus averías en el alma,
sonríen al cansancio,
en una mueca de fresas agridulces.
Sus ojos agotados.
Desde la calle, se asoman
alborozados chiquillos
silbando melodías descalzas
con los brazo extendidos
a unas monedas inexistentes.
El tranvía se acerca
con su sonido metálico
y una ola de albañiles inunda
la plataforma en un alboroto
de acentos varios, peninsulares,
gallegos, murcianos, extremeños
con su babel de abrazos.
El cobrador, desde su atalaya,
anuncia parada en las Ramblas
donde una colla de andaluces
intentan regatear, bailando una sardana.
En el aire la música,
y en el balcón de la mañana
un coro de catalanes aplaude.
Mientras, en una mesa del café del Liceo,
Josep Plá escribe "las ciudades del mar"
con la mirada perdida hacia su Ampurdán
eterno.
Es domingo y Barcelona se ilumina de otoño,
frente al mar.
El Monte Carmelo, la muntanya pelada. (Nace un barrio)
Sobre la afeitada loma
donde la vida no existe
muerden torrenteras
como dentelladas.
Ahí, en su cima
sobre el descaro del abandono,
hombres y mujeres
herederos de la nada
levantan un oasis de babel peninsular
en la primavera de sus vidas
lloradas de sueños.
Es el monte Carmelo,
"la muntanya pelada"
que dicen en ese idioma
hermoso de romances.
En el caparazón terroso
de lodazal y miseria
armaron sus voluntades
con los andamios de esperanzas.
Techumbres en el aire,
huecas como un nido
coronaban paredes,
tan frágiles,
que imitaban tristezas.
En el barrio,
los atardeceres
se dormían con la Señora Francis,
en un consejo de soledades y engaños
que acompasaba el sonido de la radio
a través de alguna ventana solidaria.
Al llegar la Navidad
sus noches alegraban villancicos
"a vinticinq de desembre fum, fum, fum
ha nascut un minyonet..."
"pero mira como beben los peces en el rio..."
Mientras, las abuelas lloraban
lágrimas de anís del Mono,
y se fundían los plomos de la alegría
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde.
Entonces, en el monte Carmelo se encendían las lámparas del hambre.
PepeSori
SafeCreative
2018
Última edición: