El tiovivo

Mi querida Mireidy, es para mí un honor encontrarte entre mis relatos. Celebro que te gusten a ti y a tu familia. Un abrazo y un saludo para todos.
 
Mira a donde me hizo llegar tu maravilla de relato... a pensar que en una vueltecita en el tiovivo te puede pasar en un instante por delante de los ojos una vida entera,con sus vivencias ,sean buenas o malas. Pero tus personajes llegaron más allá, a vislumbrar hasta la muerte, interesante, un relato que atrapa en la lectura hasta el desenlace, como todos los que plasmas. Te felicito, me gustó mucho!
 
Excelente amigo... muy bien trabajado.
Te dejo reputación (si me dejan) y una contelación.
Saludos
 
Tengo aun los pelos de puntas...Voy a proponer que te entreguen un Novel de Literatura, vaya , como siempre lo màximo y cada dia màs sorprendentes. estrellas y reputacion si me permiten o si si un gran beso verde esperanza.
 
Muy bueno, amigo dulcinista, aunque bastante cruel -los que no están muertos lo parecen-. Hay que pedir un foro especial para fantasmas y allí nos encontraremos, con Silvio y todo.
Te hago notar dos detalles -discúlpame, pero ya que tengo el ojo ...-:
Ilsa->Ilse
vio->vió
 
remonte hacia mi niñes leyendo tu obra ,me encanto ,te mando un abrazo y agradecimiento a tus comentarios hacia mis versos
 
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Como todas las primaveras, la feria había llegado al pueblo. El domingo, al igual que todos los años, el señor Horst Moench acompañó a su hija Ilse para que disfrutara de las atracciones.
Ilse no era una niña normal. Siempre paracía estar fuera de la realidad, imaginando cosas, aunque ella jurase que no eran imaginaciones , sino vivencias reales. El señor Horst Moench se sentía preocupado por su hija. Al ser viudo, temía que la falta de una madre, marcase negativamente la personalidad de la niña. Ilse, sin mucha alegría, se montó en la mayoría de las atracciones. Ya bien entrada la noche, llegaron hasta el tiovivo. Ya estaba apagado. Una sucia y polvorienta lona amarilla de plástico lo tapaba impidiendo el paso. Ilse echó a correr y levantando la lona se metió dentro. El señor Horst Moench la llamó, pero al no obtener respuesta, hizo lo mismo. Todo estaba oscuro y en silencio. Vio a su hija montada en un caballito verde de alas doradas. El tiovivo empezó a dar vueltas. La niña reía. Su risa era como un grito. Cada vez cogían más velocidad. Reían. Gritaban. De pronto, se vieron en una casa. Mujeres vestidas de negro andaban de un lugar para otro llorando. En una de las habitaciones, vieron dos ataúdes. Un hombre y una niña yacían en ellos. Una mujer de mediana edad lloraba desconsolada abrazada a la niña. Ilse se acercó y acarició suavemente la mejilla de la mujer.
Volvieron al tiovivo que fue perdiendo poco a poco velocidad. Ilse se bajó del caballito. Salieron a la calle. Un gato atigrado se atravesó delante de ellos. El cielo estaba azul. Las estrellas resplandecían.
- Hasta el año que viene, cariño - se despidió el señor Horst Moench.
- Hasta el año que viene, papá - contestó Ilsa.
Y desaparecieron. Quedó en el aire como un silencio de tumba.

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Eladio Parreño Elías

31-Julio-2011



Con tu hermosa pluma todo es posible amigo Eladio. Ha sido un placer ver revivir el tio muerto, jajaja. Mi paz y estrellas sean contigo.
Vidal
 
Muy bueno, amigo dulcinista, aunque bastante cruel -los que no están muertos lo parecen-. Hay que pedir un foro especial para fantasmas y allí nos encontraremos, con Silvio y todo.
Te hago notar dos detalles -discúlpame, pero ya que tengo el ojo ...-:
Ilsa->Ilse
vio->vió
Gracias por tu comentario mi estimado arquiton. Ya está corregido lo que había que corregir. Creo que estás equivocado y vio no lleva acento. Un abrazo, poeta.
 
Muchas gracias mi estimada Erika. Esperemos que Julia y los demás encargados den buena cuenta de esos seres malignos. Celebro que te haya gustado mi relato. Un beso.
 
Gracias, mi querida Osita, es mejor dejar a los muertos en paz, que se paseen todo lo que quieran por donde a ellos les plazca. No les molestemos. dentro de unos días agarraré a otros dos o tres fantasmas y los meteré en otro de mis relatos. Un beso, amiga, y gracias por tu amabilidad y simpatía.
 
Es un relato que atrapa desde el principio.
La unión de los personajes los hace volver a encontrarse en un sitio mágico y de recuerdos. Dos almas inseparables- padre e hija-y desde la imaginación de la niña, la puerta a ese reino se abre.
Fantástico, poeta Dulcinista! La prosa ha sido creada para que fluyas en ella!
Gracias por compartirlo, abrazos y millones de estrellas.
 
Estamos soñando?...me pareció un sueño lindo...que en un momento paso a pesadilla....también recordé una pelicula..."Los otros..." ...gracias por compartir....
 
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Como todas las primaveras, la feria había llegado al pueblo. El domingo, al igual que todos los años, el señor Horst Moench acompañó a su hija Ilse para que disfrutara de las atracciones.
Ilse no era una niña normal. Siempre paracía estar fuera de la realidad, imaginando cosas, aunque ella jurase que no eran imaginaciones , sino vivencias reales. El señor Horst Moench se sentía preocupado por su hija. Al ser viudo, temía que la falta de una madre, marcase negativamente la personalidad de la niña. Ilse, sin mucha alegría, se montó en la mayoría de las atracciones. Ya bien entrada la noche, llegaron hasta el tiovivo. Ya estaba apagado. Una sucia y polvorienta lona amarilla de plástico lo tapaba impidiendo el paso. Ilse echó a correr y levantando la lona se metió dentro. El señor Horst Moench la llamó, pero al no obtener respuesta, hizo lo mismo. Todo estaba oscuro y en silencio. Vio a su hija montada en un caballito verde de alas doradas. El tiovivo empezó a dar vueltas. La niña reía. Su risa era como un grito. Cada vez cogían más velocidad. Reían. Gritaban. De pronto, se vieron en una casa. Mujeres vestidas de negro andaban de un lugar para otro llorando. En una de las habitaciones, vieron dos ataúdes. Un hombre y una niña yacían en ellos. Una mujer de mediana edad lloraba desconsolada abrazada a la niña. Ilse se acercó y acarició suavemente la mejilla de la mujer.
Volvieron al tiovivo que fue perdiendo poco a poco velocidad. Ilse se bajó del caballito. Salieron a la calle. Un gato atigrado se atravesó delante de ellos. El cielo estaba azul. Las estrellas resplandecían.
- Hasta el año que viene, cariño - se despidió el señor Horst Moench.
- Hasta el año que viene, papá - contestó Ilse.
Y desaparecieron. Quedó en el aire como un silencio de tumba.

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Eladio Parreño Elías

31-Julio-2011


Qué genialidad!!! jajaja tienes una mente fantástica, me he quedado con ganas de más...la risa es nerviosa ehhh jaja, desde luego yo no soy miedosa, pero a veces te aseguro que me lo provocas con tus relatos...un abrazo lleno de estrellas amigo...NUNA.
 
Que decirte estimado poeta,muy buen relato,yo en este momento no lo estoy pasando muy bien por la discapacidad de un ser tan bello de alma que el relato me ha hecho llorar,espero que dios pueda encontrar su curacion y cresca como cualquier niño en este mundo que suele ser tan cruel con cualquier tipo de discapacidad.No se porque me puse asi perdona y hasta pronto.
 
Que decirte estimado poeta,muy buen relato,yo en este momento no lo estoy pasando muy bien por la discapacidad de un ser tan bello de alma que el relato me ha hecho llorar,espero que dios pueda encontrar su curacion y cresca como cualquier niño en este mundo que suele ser tan cruel con cualquier tipo de discapacidad.No se porque me puse asi perdona y hasta pronto.
No hay nada que perdonar mi querida poetisa, en todo caso soy yo el que debe pedirte perdon por provocar tu llanto con mi relato. Espero que todo se solucione y que ese pequeño al que te refieres encuentre una solución y sea muy feliz en su vida. Un abrazo de alma a alma.
 
Amigo que relato tan más triste y hermoso
y que mejor momento para leerlo justo aquí en mi humilde pueblo en México estamos celebrando al santo patrón
y la feria a llegado, me llegan a mi mente recuerdos de cuando era una niña
montada sobre los caballos que subían y bajan todo daba vueltas
que genial historia!!
muchas felicitaciones y una esplendida tarde!!!
 
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Como todas las primaveras, la feria había llegado al pueblo. El domingo, al igual que todos los años, el señor Horst Moench acompañó a su hija Ilse para que disfrutara de las atracciones.
Ilse no era una niña normal. Siempre paracía estar fuera de la realidad, imaginando cosas, aunque ella jurase que no eran imaginaciones , sino vivencias reales. El señor Horst Moench se sentía preocupado por su hija. Al ser viudo, temía que la falta de una madre, marcase negativamente la personalidad de la niña. Ilse, sin mucha alegría, se montó en la mayoría de las atracciones. Ya bien entrada la noche, llegaron hasta el tiovivo. Ya estaba apagado. Una sucia y polvorienta lona amarilla de plástico lo tapaba impidiendo el paso. Ilse echó a correr y levantando la lona se metió dentro. El señor Horst Moench la llamó, pero al no obtener respuesta, hizo lo mismo. Todo estaba oscuro y en silencio. Vio a su hija montada en un caballito verde de alas doradas. El tiovivo empezó a dar vueltas. La niña reía. Su risa era como un grito. Cada vez cogían más velocidad. Reían. Gritaban. De pronto, se vieron en una casa. Mujeres vestidas de negro andaban de un lugar para otro llorando. En una de las habitaciones, vieron dos ataúdes. Un hombre y una niña yacían en ellos. Una mujer de mediana edad lloraba desconsolada abrazada a la niña. Ilse se acercó y acarició suavemente la mejilla de la mujer.
Volvieron al tiovivo que fue perdiendo poco a poco velocidad. Ilse se bajó del caballito. Salieron a la calle. Un gato atigrado se atravesó delante de ellos. El cielo estaba azul. Las estrellas resplandecían.
- Hasta el año que viene, cariño - se despidió el señor Horst Moench.
- Hasta el año que viene, papá - contestó Ilse.
Y desaparecieron. Quedó en el aire como un silencio de tumba.

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Eladio Parreño Elías

31-Julio-2011


Eladio, me encanto, y no sabes porque???? mi nieta se llama ilse, y me maraville de que tomaras ese nombre, tus relatos tienen mucha imaginacion, y me mantienes sin respirar mientras voy leyendo, porque esta muy interesante, saludos y mis cariños
 

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