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El tiovivo

¡Wuau!. Me ha encantado todo tu relato, sobre todo la magia esotérica que lo envuelve. Con seguridad Ilse y su papá eran quienes estaban yertos en los dos ataúdes partiendo hacia el más allá y sus espíritus se despidieron sabiendo que sus vasos no volveran más y en un soplo de vida se podrán acariciar en cada aniversario. Me ha encantado. Te dejo repu, saludos y estrellas.
 
Escalofriante amigo Eladio! Me has dejado terriblemente impresionada y encantada con tu creación, genial como todo lo que escribes.
Te abrazo querido amigo.
 
Como siempre muy interesantes tus lineas, atrapan, y siempre dejan algo en que pensar

Ahora mismo recuerdo que siempre me han asustado las ferias, jajaja

Un besoo poeta!

Tualma
 
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Como todas las primaveras, la feria había llegado al pueblo. El domingo, al igual que todos los años, el señor Horst Moench acompañó a su hija Ilse para que disfrutara de las atracciones.
Ilse no era una niña normal. Siempre paracía estar fuera de la realidad, imaginando cosas, aunque ella jurase que no eran imaginaciones , sino vivencias reales. El señor Horst Moench se sentía preocupado por su hija. Al ser viudo, temía que la falta de una madre, marcase negativamente la personalidad de la niña. Ilse, sin mucha alegría, se montó en la mayoría de las atracciones. Ya bien entrada la noche, llegaron hasta el tiovivo. Ya estaba apagado. Una sucia y polvorienta lona amarilla de plástico lo tapaba impidiendo el paso. Ilse echó a correr y levantando la lona se metió dentro. El señor Horst Moench la llamó, pero al no obtener respuesta, hizo lo mismo. Todo estaba oscuro y en silencio. Vio a su hija montada en un caballito verde de alas doradas. El tiovivo empezó a dar vueltas. La niña reía. Su risa era como un grito. Cada vez cogían más velocidad. Reían. Gritaban. De pronto, se vieron en una casa. Mujeres vestidas de negro andaban de un lugar para otro llorando. En una de las habitaciones, vieron dos ataúdes. Un hombre y una niña yacían en ellos. Una mujer de mediana edad lloraba desconsolada abrazada a la niña. Ilse se acercó y acarició suavemente la mejilla de la mujer.
Volvieron al tiovivo que fue perdiendo poco a poco velocidad. Ilse se bajó del caballito. Salieron a la calle. Un gato atigrado se atravesó delante de ellos. El cielo estaba azul. Las estrellas resplandecían.
- Hasta el año que viene, cariño - se despidió el señor Horst Moench.
- Hasta el año que viene, papá - contestó Ilse.
Y desaparecieron. Quedó en el aire como un silencio de tumba.

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Eladio Parreño Elías

31-Julio-2011


Estimado amigo:
Ya veo que lo tuyo es la "Prosa... -me ha encantado leerte... es una obra de arte.Mi felicitación.
Te dejo el cielo cargado de estrellas y tu merecida reputación.
Un abrazo.
BESIE.
 
Qué hermoso relato y triste a la vez. Me encanta tu forma de escribir y no puedo describir lo que me hizo sentir tu relato. Gracias Eladio por esa forma maravillosa forma que tienes para trasmitir. Saludos y gracias nuevamente.
 
excelente relato mi estimado...suspenso de principio a fin...pero tengo una pequeña observación...si el cielo estaba azul no podrían haber estrellas brillantes ya que seria de dia o tarde...
 
Tu genio creativo, NO es de este mundo, por lo que he de gravar en mi memoria cada uno de tus soberbios relatos.

Te imagino despertar con una sola palabra, que revoluciona tus manos y no permite el sueño, hasta que relatas.

Cariños, Eres Magistral.
 
No se ni por donde comenzar y es que es un escrito lleno de misterio duda y curiosidad es hermoso realmente, gracias por compartirlo conmigo encantada de leerte.
 

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