Aquel tragaluz inmisericorde sorbía la fuerza vital de los comensales. Sentados a la mesa repleta de calaveras mugrientas y desdentadas. La tormentosa atmósfera siniestra daba un aire de aquelarre malévolo. En aquel sótano lascivo. Donde la luz lunar, que el tragaluz filtraba a través de sus fúnebres rendijas, se metamorfoseaba en apariciones clandestinas con ansias de sexo lujurioso. Los comensales eran violados un situ por tales entidades. Mientras que del tragaluz brotaban gotas de sangre mezclada con pus nauseabundo. Las velas del simposio seguían proyectando sombras fugitivas. Mientras que del tragaluz un cuchicheo ctonico blasfemaba por el santo silencio de aquél sótano blasfemo. Donde el Tragaluz era el único testigo del iracundo aquelarre negro como la pez.