Miraba a la mujer, quién la vida me diera,
inerte, en soledad, en esa loza fría
en la oscuridad de cara al cielo, yacía
y su gesto era cual si mirarme quisiera.
Más quemante, ni más cruel, ese instante fuera
cuyo lapso candente turbó al alma mía
y con voz doliente decirle a ella quería
que se despertara y de la loza se irguiera.
Temblorosa mano acariciaba esa tarde
la frente fría de la que escapó la vida
y el corazón ansioso por dar un beso arde.
Pero hay un beso que hace al alma temblar cobarde,
es aquel que se da en la humana despedida
con calma fingida, al cadáver de una madre.
inerte, en soledad, en esa loza fría
en la oscuridad de cara al cielo, yacía
y su gesto era cual si mirarme quisiera.
Más quemante, ni más cruel, ese instante fuera
cuyo lapso candente turbó al alma mía
y con voz doliente decirle a ella quería
que se despertara y de la loza se irguiera.
Temblorosa mano acariciaba esa tarde
la frente fría de la que escapó la vida
y el corazón ansioso por dar un beso arde.
Pero hay un beso que hace al alma temblar cobarde,
es aquel que se da en la humana despedida
con calma fingida, al cadáver de una madre.