Banshee
Poeta recién llegado
Entre los arbustos de carrasco pasea una figura afilada, se dejan adivinar sus pasos bajo cuatro pezuñas que se azogan sin ser sombra en la huida.
De entre ver y mucho observar se dejó ver sobre su huidiza sombra el zorro miedoso, rojo y tímido animal que en su coquetear era digno con la mirada curiosa en dos cuencas rasgadas por sus ojos del color al más puro basalto. Esperaba quieto y yo me sorprendía de su confianza en un instante por verle, aunque debo esconderte y tú no puedes ya sino ocultarte un poco bajo el olmo seco del camino a Corpa.
Cuentan que desde tiempo atrás estas campiñas madrileñas son la tierra de la liebre y el valle del águila, cuentan los cartuchos de perdiz sobre la tierra esparcidos y escondidos bajo las apiñadas encinas que los años han pasado ya contando con los dedos de la mano si hubiera ahora un miserable conejo buscándose la vida y que sea despojo mañana para consolar el rugido de la tripa del águila perdicera o el zorro.
Huyen las palomas torcaces hacia otoño en desbandadas, cuando el linaje de la tierra queda yermo ya sea pronto para conducirse a descansar el día, y huyeron las liebres de antaño pero después fueron las perdices.
Calizas y arcillas removidas entre segados campos para errar sobre el zorro malvado y voraz, animales recalificados en un puchero del hogar, sino me vale ya tu piel de pelo rojo entonces medirán tus pisadas hasta saber cuando puede ser el momento oportuno de cazar con la escopeta en mano y ser la ley del páramo muerto.
Yo observo y pienso que el cazador te persigue un día de temporada y ojalá no acierte con esa mirilla asesina, la culpa del zorro es despertar envidia por que le han dejado un despojo entre las hierbas pisoteadas y rastros del peor odor humano para cuando decida caer en la cuenta del hambre que tiene el zorro rehusará del instinto entre esas minucias y volverá a ser polvo de pólvora en el cercado de caza, el coto silente.
De entre ver y mucho observar se dejó ver sobre su huidiza sombra el zorro miedoso, rojo y tímido animal que en su coquetear era digno con la mirada curiosa en dos cuencas rasgadas por sus ojos del color al más puro basalto. Esperaba quieto y yo me sorprendía de su confianza en un instante por verle, aunque debo esconderte y tú no puedes ya sino ocultarte un poco bajo el olmo seco del camino a Corpa.
Cuentan que desde tiempo atrás estas campiñas madrileñas son la tierra de la liebre y el valle del águila, cuentan los cartuchos de perdiz sobre la tierra esparcidos y escondidos bajo las apiñadas encinas que los años han pasado ya contando con los dedos de la mano si hubiera ahora un miserable conejo buscándose la vida y que sea despojo mañana para consolar el rugido de la tripa del águila perdicera o el zorro.
Huyen las palomas torcaces hacia otoño en desbandadas, cuando el linaje de la tierra queda yermo ya sea pronto para conducirse a descansar el día, y huyeron las liebres de antaño pero después fueron las perdices.
Calizas y arcillas removidas entre segados campos para errar sobre el zorro malvado y voraz, animales recalificados en un puchero del hogar, sino me vale ya tu piel de pelo rojo entonces medirán tus pisadas hasta saber cuando puede ser el momento oportuno de cazar con la escopeta en mano y ser la ley del páramo muerto.
Yo observo y pienso que el cazador te persigue un día de temporada y ojalá no acierte con esa mirilla asesina, la culpa del zorro es despertar envidia por que le han dejado un despojo entre las hierbas pisoteadas y rastros del peor odor humano para cuando decida caer en la cuenta del hambre que tiene el zorro rehusará del instinto entre esas minucias y volverá a ser polvo de pólvora en el cercado de caza, el coto silente.
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