Cris Cam
Poeta adicto al portal
El último punto oscuro de la noche.
Aquí, parado en el medio del camino,
tan sólo lo sé,
me los dicen mis pies clavados,
siempre clavados,
en el asfalto.
Un viento frío me sopla la cara,
me aventa las canas,
me lacera el alma.
¡No! No es el viento,
amigo fiel,
de frías tardes de barrilete,
de cálidas tardes de playa.
Es el hueco que me atraviesa.
Las estrellas me guiñan infinitas travesuras,
pero no tengo con quien hacerlas.
¡No! No son las estrellas las lejanas,
soy yo quien esta solo,
infinitamente solo,
por ausencia de coraje,
con la líbido desbordada,
con ganas de jugar.
Un perro me ladra amenazante,
esprando, quizá,
mi miedo o mi estima.
¡No! Ni estima, miedo, ni indiferencia.
Se aburre de mi y vuelve a su templo,
llora al vapor hirviente de su compañero muerto.
Hace mucho que camino esperando otra ruta.
¿Sabré a que lado tomar?
O elegiré, como siempre, el equivocado.
Por suerte, a los carteles se los lee,
y no hay obligación de hablarles.
Algo ocurre en el horizonte.
Un destelló me cegó un momento.
Parecía un sol apurado.
Pero eras vos,
una de las tantas vos,
no sé aún, si morocha, rubia o que,
no sé aún si joven, marchita o que.
Pero sos una vos.
Para caminar, jugar, pensar o retozar.
Pasaste con tu luz a mi lado,
no pude ver el color de tus ojos,
porque cerré los mios.
Se me agolpó el pecho,
se me turbó la vista,
se me enfriaron los brazos.
Se me secó la boca.
Al fin respiré y pensé hablarte,
pero ya no sos vos.
Otra vez, sos otra, ajena.
Compatiendo sus sentidos,
con otro transeunte,
que no escondió su red de mariposas.
¡Que raro!
Creí que al fín amanecería.
1999
Aquí, parado en el medio del camino,
tan sólo lo sé,
me los dicen mis pies clavados,
siempre clavados,
en el asfalto.
Un viento frío me sopla la cara,
me aventa las canas,
me lacera el alma.
¡No! No es el viento,
amigo fiel,
de frías tardes de barrilete,
de cálidas tardes de playa.
Es el hueco que me atraviesa.
Las estrellas me guiñan infinitas travesuras,
pero no tengo con quien hacerlas.
¡No! No son las estrellas las lejanas,
soy yo quien esta solo,
infinitamente solo,
por ausencia de coraje,
con la líbido desbordada,
con ganas de jugar.
Un perro me ladra amenazante,
esprando, quizá,
mi miedo o mi estima.
¡No! Ni estima, miedo, ni indiferencia.
Se aburre de mi y vuelve a su templo,
llora al vapor hirviente de su compañero muerto.
Hace mucho que camino esperando otra ruta.
¿Sabré a que lado tomar?
O elegiré, como siempre, el equivocado.
Por suerte, a los carteles se los lee,
y no hay obligación de hablarles.
Algo ocurre en el horizonte.
Un destelló me cegó un momento.
Parecía un sol apurado.
Pero eras vos,
una de las tantas vos,
no sé aún, si morocha, rubia o que,
no sé aún si joven, marchita o que.
Pero sos una vos.
Para caminar, jugar, pensar o retozar.
Pasaste con tu luz a mi lado,
no pude ver el color de tus ojos,
porque cerré los mios.
Se me agolpó el pecho,
se me turbó la vista,
se me enfriaron los brazos.
Se me secó la boca.
Al fin respiré y pensé hablarte,
pero ya no sos vos.
Otra vez, sos otra, ajena.
Compatiendo sus sentidos,
con otro transeunte,
que no escondió su red de mariposas.
¡Que raro!
Creí que al fín amanecería.
1999