Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hacía mucho tiempo que Louis había llegado. Casi nadie recordaba cuándo había sido. Parecía que siempre hubiese vivido en Villablanca. Su dedicación era la de juglar. Un juglar con traje de colores brillantes y gorro de cascabeles. Una vihuela le acompañaba como amiga sempiterna que lo mismo servía para acompañar una historia, cantar una canción o hacer más llevaderas las horas de ocio. Villablanca era en aquel tiempo un pueblo de casas blancas y vecinos amables. Ni que decir tiene que lo recibieron con los brazos abiertos y los días de fiesta, se congregaba en la plaza, aquella plaza grande, luminosa y bella que miraba al Lago Topacio, todo el pueblo para escuchar los cuentos de seres mágicos, o las batallas de grandes caballeros o escuchar los romances que habían ido pasando de padres a hijos desde hacía tantos años. Con su traje reluciente, era capaz de recitar poemas que hacían llorar a quienes le escuchaban o cantar canciones acompañadas de extrañas cabriolas que eran la delicia de los niños.
Y los años fueron pasando, como es inevitable. Las gentes fueron cambiando. Creció Villablanca, muy cerca se encontraron unos minerales muy valiosos y el pueblo se fue llenando de gentes, crecieron casas de paredes ennegrecidas por el humo de las grandes chimeneas que sembró el progreso y que florecieron por todo el paisaje.
Las gentes se volvieron reservadas; precisamente por ser reservadas perdieron el trato familiar que antes tenían y con el paso del tiempo se hicieron hurañas. Ya no había funciones los días de fiesta, casi no había días de fiesta. Las calles antes empedradas se llenaron de una barruchina oscura que tiznaba en negro todo aquello que tocaba. El cielo, antes claro, estaba ahora oscurecido por el denso humo de aquel bosque de chimeneas que llenaba la ciudad. Ciudad, sí, pues Villablanca había crecido, barrios enteros habían surgido, casi sin que los propios habitantes se diesen cuenta.
Louis comenzó a notar cómo se ajaba su traje de colores, perdía brillo y su vihuela permanecía mucho tiempo en silencio. Únicamente algunos niños se acercaban a él, para oírle narrar algún cuento. Cada vez menos; había una niña de pelo corto, ojos grandes y curiosidad en la mirada que acudía en todas las ocasiones en que Louis actuaba. No llegó a saber su nombre, todo lo más, que los demás niños la llamaban Ce. Cada vez que Louis comenzaba un cuento, Ce centraba toda su atención como si quisiera que ni una de aquellas palabras se le escapase. Mas, también ella terminó por dejar de acudir, ya que su afición por escuchar al juglar trajo aparejada la burla de los compañeros, la soledad e, incluso algún disgusto más serio. Al cabo de un tiempo, sus padres no la dejaron acudir más.
Cuando se dispone de mucho tiempo y poco que hacer, las horas se hacen largas y los días tediosos. Eso le ocurrió a Louis. No era la primera vez, ya que en sus largos años, había tenido que abandonar otras poblaciones por idéntico motivo. Tal vez era hora de marcharse, de emprender de nuevo el camino, pero ahora estaba muy cansado. Se acercó a la plaza. Habían levantado unos edificios altos que no permitían ver el lago. Caminó por las calles hasta llegar a la orilla del agua. Se quedó horrorizado. Aquel agua trasparente, azul, intensa, que había dado el nombre de Topacio al lago, estaba ahora oscurecida, marrón, llena de detritus, con un olor nauseabundo. La ciudad había dado la espalda al hermoso lago y parecía que nada, a parte de sus fábricas y sus calles interesase a sus gentes.
Supo Louis que aquel era el momento. Con su traje desvaído, su vihuela deslustrada a la espalda, sin otro equipaje que su repertorio de historias y cantares, se puso en marcha. Bordeó el lago. Llegó hasta el Camino Antiguo, casi irreconocible; las zarzas y las retamas, prácticamente lo habían cerrado. Caminó hasta el Bosque de los Álamos y comenzó a sentirse mejor, andaba con más garbo y el cielo estaba de nuevo azul. Cuando después de una buena caminata llegó al Bosque Añoso, se sentó a descansar. A los pies de un roble viejo, una fuente de agua clara iniciaba el Arroyo Cantarín y Louis se refrescó con su agua. Apoyando la espalda en el rugoso tronco, cogió su vihuela y, tras afinarla, comenzó un punteo suave. Le vino a los labios la canción:
“En el tiempo en que me vi
más alegre y placentero…”
Y siguió cantando, cada vez con más ganas, cada vez más alto. Su traje, antes desvaído, se veía ahora deslumbrante, lleno de color, brillante. La vihuela destellaba con la luz que se filtraba entre las ramas de los árboles y se diría que nunca había sonado tan bien
Al terminar de cantar, se dio cuenta de que estaba rodeado de un público muy especial. Docenas de hadas, gnomos y elfos le rodeaban y le escuchaban complacidos.
En Villablanca solamente Ce le echó de menos. A menudo se preguntaba qué habría sido del juglar. Guardaba sus historias como un tesoro. Con el paso de los años también ella se fue de Villablanca, fundó lejos de allí una familia y a sus hijos les narraba las historias que había escuchado hacía mucho tiempo.
Sobre el Lago Topacio creció una niebla espesa, casi impenetrable y nadie volvió a navegar sus aguas. La ciudad se volvió totalmente de espaldas al lago. El Camino Antiguo se hizo impracticable y se borró, como si nunca hubiese existido. Los villablanquinos olvidaron el Reino Ignoto y en poco tiempo, ya nadie sabía de la existencia de Titania y Oberón.
Muy lejos de allí, casi en la otra punta del mundo, una niña de ojos curiosos y sonrisa abierta decía a su madre: “anda cuéntame otra historia de hadas y de gnomos”.
Ce, se rió y comenzó diciendo: “en un lugar muy lejano, hace mucho, mucho tiempo, al otro lado del Mar Profundo, más allá de las Montañas Azules…”
Nadie supo más de Louis, pero me han llegado rumores de que en las fiestas del Palacio de Luz, se oye, entre otros instrumentos, una vihuela.