Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
En medio de la noche se encendieron las flamas, escupitajos mortales vestidos de traqueteo, luego vino la angustia acompañada del frío; junto con la noche incierta viniste tú y te posaste a mi lado, viniste para estar conmigo por si era el último instante, hoy que el último instante ronda y ronda, se huele, se percibe luego del trueno del último disparo que no se sabe si se terminará de escuchar.
¿Cómo es la herida, cómo es su dolor, cómo es la angustia que se siente...?
Viene y pega como golpe de puño, arde y hiede, es un olor a fierro el que se expande en sus entornos, es como si el cuerpo quedara, además de herido, envenenado. Mana la sangre en tales cantidades que no da tiempo a coagular. Viene un frío, entumece las piernas por ausencia de fluido.
No me hables de eso, deja que llegue la hora y que se sienta, no provoques angustias que no existen.
Aquí habitan las soledades todo el tiempo, corren por aquí y por allá las liebres y los ratones, libran las piedras y los nopales, corren y corren, siempre en fuga, salvando la vida, huyendo de los casi extintos coyotes.
Sigue el silencio, la quietud masca el tiempo con voces incomprensibles.
La radio rompe el silencio dentro de la pepita de los audífonos para evitar que su sonido revele la posición sonora al enemigo. Alguien pregunta por el puesto de vigilancia.
Ok, Ok, Ok.
Breve, suave, la voz musita su mensaje para no ser oído. Duermen allá las reservas esperando su cita con la muerte, duermen abrazando el cuerno de chivo para no despertar desprevenidos, allá, en las casas de los pueblos y nosotros protegemos su sueño.
Uno piensa del hombre, cuando lo mira caminar, que es como una Caja de Pandora, "caras vemos..."
Los mira saludar y sonreír, nada dicen las miradas. Camina como cualquier santo hacia su pedestal. Pero dentro, sus miserias viven latiendo, esperando brotar como un grito furioso o desesperado. Quién iba a pensar que fulanito fuera una bestia sanguinaria, que disfrutara tanto la tortura de otro hombre. Quién lo iba a pensar, tan manso, tan modosito. Pero eso hace el poder, el poder que da algo, que da cualquier cosa que haga sentir a ese sujeto muy por encima del otro, o de los otros.
Viene la madrugada, puede sentirse en los cachetes, en las orejas. Es la hora peligrosa, ellos vienen al alba, con a primera luz, pegan y huyen. Hay que buscar la sombras entre los matorrales, hay que apuntarles bien y matarlos, meterles en el cuerpo cientos de balas para que no sobrevivan. Son el mal, son la muerte.
La radio suena nuevamente en el oído, es la voz que pregunta de nuevo si estamos vivos, si el puesto está firme.
Vaya, vaya, vaya -la respuesta. Luego el silencio.
Pronto vendrán por nosotros para el cambio de guardia en El Valle del Lobo, como se le llama a este punto.
¿Cómo es la herida, cómo es su dolor, cómo es la angustia que se siente...?
Viene y pega como golpe de puño, arde y hiede, es un olor a fierro el que se expande en sus entornos, es como si el cuerpo quedara, además de herido, envenenado. Mana la sangre en tales cantidades que no da tiempo a coagular. Viene un frío, entumece las piernas por ausencia de fluido.
No me hables de eso, deja que llegue la hora y que se sienta, no provoques angustias que no existen.
Aquí habitan las soledades todo el tiempo, corren por aquí y por allá las liebres y los ratones, libran las piedras y los nopales, corren y corren, siempre en fuga, salvando la vida, huyendo de los casi extintos coyotes.
Sigue el silencio, la quietud masca el tiempo con voces incomprensibles.
La radio rompe el silencio dentro de la pepita de los audífonos para evitar que su sonido revele la posición sonora al enemigo. Alguien pregunta por el puesto de vigilancia.
Ok, Ok, Ok.
Breve, suave, la voz musita su mensaje para no ser oído. Duermen allá las reservas esperando su cita con la muerte, duermen abrazando el cuerno de chivo para no despertar desprevenidos, allá, en las casas de los pueblos y nosotros protegemos su sueño.
Uno piensa del hombre, cuando lo mira caminar, que es como una Caja de Pandora, "caras vemos..."
Los mira saludar y sonreír, nada dicen las miradas. Camina como cualquier santo hacia su pedestal. Pero dentro, sus miserias viven latiendo, esperando brotar como un grito furioso o desesperado. Quién iba a pensar que fulanito fuera una bestia sanguinaria, que disfrutara tanto la tortura de otro hombre. Quién lo iba a pensar, tan manso, tan modosito. Pero eso hace el poder, el poder que da algo, que da cualquier cosa que haga sentir a ese sujeto muy por encima del otro, o de los otros.
Viene la madrugada, puede sentirse en los cachetes, en las orejas. Es la hora peligrosa, ellos vienen al alba, con a primera luz, pegan y huyen. Hay que buscar la sombras entre los matorrales, hay que apuntarles bien y matarlos, meterles en el cuerpo cientos de balas para que no sobrevivan. Son el mal, son la muerte.
La radio suena nuevamente en el oído, es la voz que pregunta de nuevo si estamos vivos, si el puesto está firme.
Vaya, vaya, vaya -la respuesta. Luego el silencio.
Pronto vendrán por nosotros para el cambio de guardia en El Valle del Lobo, como se le llama a este punto.
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