Teniendo flatulencias de infinita pedorrea,aquel ser vejestorio evacuaba su mísero vientre de heces engalanadas con el putrefacto aroma de millares de pocilgas.Se ponía de cuclillas y esperaba por el santo honor de su mugriento esfínter a que la mano achacosa de un santo redentor le pusiese un orinal de oro;para que así no encharcase el lustroso pavimento de mármol reluciente.Mas cuando hubo descargado,comenzó a orinar fuera del sacro santo cubil,recibiendo doce flagelaciones en el flojo pene arrugado;que ya no se levantaría más por amor al arte,postrándose de hinojos para que el demonio lo capase e hiciese de él un descomunal eunuco de lamentaciones helicoidales.El octogenario se alegraba como un niño poseso por su nueva y realizada posición.Tan grande era ahora el tamaño de su barriga que cientos de elfos tenían que soportarla con sus brazos de aguja de calcetar.Y el Dios que estaba en las alturas impartía sopapos a sus arcángeles más queridos para que bajasen a tierra e interrogasen a tal vicioso hombre;ahora resecada su libido y remendada con la gusa bestial que le hacía ingerir pastelones de nata azucarada de un solo trago.Pero de un empacho sideral murió nuestro sucio y rastrero mortal,cantando los demonios de la noche cien aleluyas en honor de su boca que olía a cloaca eterna.