Zetalv Raabe
Poeta recién llegado
Era un cálido domingo de Octubre,
mientras los últimos haces de luz atravesaban las ventanillas
y los primeros pasajeros descendían en la oscura urbe.
Yo observaba sus rostros que parecían pesadillas.
Y entonces,
a mi lado la ví;
era una señora que,
como un desmembrado colibrí,
desprendía pena y se notaba angustiada.
La observé,
tenía su mirada absorvida por la nada,
mientras que con fuerza se aferraba a una Flor radiante,
anaranjada, iluminada por la estrella brillante.
Sostenía aquella Flor con notorio miedo.
Miedo de perderla
y que ella también la abandonase.
Sostenía aquella Flor como si imaginara,
que entre sus manos aún estaba
el calor de aquella persona preciada.
Que se fué,
y más nunca jamás volverá.
Se destinguía en su mirada
que deseaba poder darle un último adiós,
un último beso,
una última caricia, un último favor.
Ya no había sonrisas y conversación,
sino silencio y desolación.
Ya no eran dos,
sino Ella y La Flor.
mientras los últimos haces de luz atravesaban las ventanillas
y los primeros pasajeros descendían en la oscura urbe.
Yo observaba sus rostros que parecían pesadillas.
Y entonces,
a mi lado la ví;
era una señora que,
como un desmembrado colibrí,
desprendía pena y se notaba angustiada.
La observé,
tenía su mirada absorvida por la nada,
mientras que con fuerza se aferraba a una Flor radiante,
anaranjada, iluminada por la estrella brillante.
Sostenía aquella Flor con notorio miedo.
Miedo de perderla
y que ella también la abandonase.
Sostenía aquella Flor como si imaginara,
que entre sus manos aún estaba
el calor de aquella persona preciada.
Que se fué,
y más nunca jamás volverá.
Se destinguía en su mirada
que deseaba poder darle un último adiós,
un último beso,
una última caricia, un último favor.
Ya no había sonrisas y conversación,
sino silencio y desolación.
Ya no eran dos,
sino Ella y La Flor.
ZRaab.
Vivencias en el trasporte público.
07/10/18
Última edición: