Halach
Poeta fiel al portal
La observé aquella mañana desde la ventana del bus cuando me dirigía al trabajo. Varias mañanas la vi, aunque esta fue distinta.
En aquella casa de la esquina, esa casa sencilla con reja al frente que permite observar lo que sucede en el exterior.
Cada mañana cuando me dirijo al trabajo, el bus se detiene en aquella esquina, hace un alto obligado. Quizás por eso me percaté que en esa esquina alguien sube mientras le despiden desde la reja.
Esta mañana, como cada mañana estaba allí, tan blanca, sentada, cansada, observando el momento en que se detenía el autobús y él abordaba.
Lo miraba subir mientras sentía dentro de si otra vida en movimiento, en la espera, en los últimos días de formar un solo ser.
Esta mañana, como muchas mañanas, le observaba alejarse y luego miraba a su lado, la miraba a ella, a María.
María, con los ojos brillantes y brillosos.
Parecía que esta mañana él se alejaba por varios días, o por una eternidad, pues los ojos de María dejaban ver destellos de sol entre las lágrimas que estaban a punto de brotar.
María estiraba todo el cuerpo, se paraba sobre las puntas de sus pies y tomaba fuertemente la reja entre sus manos, levantándose, como pretendiendo alzarse sobre ella, como si esto le permitiera estar más cerca de él, como si de ese modo el dolor fuera menos
Los ojos de María no perdían detalle mientras lo veía partir, parecía que en cada respiro un pedazo de su vida se desprendía para irse con él.
Mientras, él subía al bus buscando monedas en los bolsillos y se preocupaba por encontrar un lugar donde sentarse, sin darse cuenta de lo que sucedía en aquella reja.
No percibía la mirada ansiosa de María, ni su respiración.
No miraba la salida del sol.
Parecía que aquella despedida tenía significado distinto para cada uno.
Todo pasaba y María no percibía la mirada tierna, que muy debajo de ella la observaba, la acompañaba, la cuidaba.
Y ella, con la vida en su vientre, con la respiración acelerada, con el paso pausado siguió a María mientras entraban a la casa.
Hoy , como cada mañana, María y su perra desaparecieron tras la puerta.
En aquella casa de la esquina, esa casa sencilla con reja al frente que permite observar lo que sucede en el exterior.
Cada mañana cuando me dirijo al trabajo, el bus se detiene en aquella esquina, hace un alto obligado. Quizás por eso me percaté que en esa esquina alguien sube mientras le despiden desde la reja.
Esta mañana, como cada mañana estaba allí, tan blanca, sentada, cansada, observando el momento en que se detenía el autobús y él abordaba.
Lo miraba subir mientras sentía dentro de si otra vida en movimiento, en la espera, en los últimos días de formar un solo ser.
Esta mañana, como muchas mañanas, le observaba alejarse y luego miraba a su lado, la miraba a ella, a María.
María, con los ojos brillantes y brillosos.
Parecía que esta mañana él se alejaba por varios días, o por una eternidad, pues los ojos de María dejaban ver destellos de sol entre las lágrimas que estaban a punto de brotar.
María estiraba todo el cuerpo, se paraba sobre las puntas de sus pies y tomaba fuertemente la reja entre sus manos, levantándose, como pretendiendo alzarse sobre ella, como si esto le permitiera estar más cerca de él, como si de ese modo el dolor fuera menos
Los ojos de María no perdían detalle mientras lo veía partir, parecía que en cada respiro un pedazo de su vida se desprendía para irse con él.
Mientras, él subía al bus buscando monedas en los bolsillos y se preocupaba por encontrar un lugar donde sentarse, sin darse cuenta de lo que sucedía en aquella reja.
No percibía la mirada ansiosa de María, ni su respiración.
No miraba la salida del sol.
Parecía que aquella despedida tenía significado distinto para cada uno.
Todo pasaba y María no percibía la mirada tierna, que muy debajo de ella la observaba, la acompañaba, la cuidaba.
Y ella, con la vida en su vientre, con la respiración acelerada, con el paso pausado siguió a María mientras entraban a la casa.
Hoy , como cada mañana, María y su perra desaparecieron tras la puerta.