Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
A ella le gusta echarse en ese enorme sillón café donde cabemos los dos, uno a cada lado. Le gusta que juguemos con los dedos de los pies, la excita, siempre terminamos teniendo sexo surrealista. Le gusta pasar largas horas de silencio contemplando la danza de las flamas en la chimenea. Le gusta que haga frío para sentir la atmósfera que crea bajo su manto la frazada. También le gusta charlar: pocas palabras y muchas miradas. Me mira, piensa, y sé lo que piensa. Cuando desea entiendo cabalmente sus deseos. No hacen falta ya palabras. Se ha unido tanto la percepción de los sentidos en ambos, que hemos vencido la distancia y las herramientas del cuerpo. El pensamiento nuestro forma un universo que percibimos ambos en forma asexual, por eso estos instantes en el sillón, vestidos con nuestra desnudez, son importantes para sentirnos y gozarnos como hombre mujer. Gozar el cuerpo y gozar el ser.
El gozo corporal se ha vuelto más rico en sensaciones, desde su cuerpo y desde el mío viajan las emociones que habitan y se experimentan en la cópula, puedo sentir esa percepción femenina que me disfruta y yo proyecto esa mía que surge como razón de su persona.
Cuando mira al fuego y su danza brillante yo la miro con ella. Una sensación de libertad nos influye, la lengua ardiente que brota de los leños nos invita a ser parte de su cuerpo, nos unimos a la llama, nos fundimos en su manifestación, qué deleite el consumo del oxigeno que nos da vida, que nos permite ser flama, que nos permite la magia, la fantasía del destello que se alimenta del cuerpo de la sombra.
A ella le gusta echarse desnuda, de su lado, en ese enorme sillón que se ha vuelto altar en ese claustro de sombras que resguarda nuestro secreto. Desde el mío la miro, la disfruto como no encuentro ningún otro disfrute. La conexión se ha vuelto plena y nos ha descubierto lo que no era ningún misterio sino ignorancia. Hemos cambiado cuerpos tantas veces, prestádonos las almas sin que ella deje de ser lo que es y yo lo que soy porque no hay diferencias muy marcadas. Al hedonismo le quitamos su vestidura profana y hasta la h, la e y las que siguen, para que no sea esclavo de algún "ismo" y se adhiera a la tarde que viene.
El gozo corporal se ha vuelto más rico en sensaciones, desde su cuerpo y desde el mío viajan las emociones que habitan y se experimentan en la cópula, puedo sentir esa percepción femenina que me disfruta y yo proyecto esa mía que surge como razón de su persona.
Cuando mira al fuego y su danza brillante yo la miro con ella. Una sensación de libertad nos influye, la lengua ardiente que brota de los leños nos invita a ser parte de su cuerpo, nos unimos a la llama, nos fundimos en su manifestación, qué deleite el consumo del oxigeno que nos da vida, que nos permite ser flama, que nos permite la magia, la fantasía del destello que se alimenta del cuerpo de la sombra.
A ella le gusta echarse desnuda, de su lado, en ese enorme sillón que se ha vuelto altar en ese claustro de sombras que resguarda nuestro secreto. Desde el mío la miro, la disfruto como no encuentro ningún otro disfrute. La conexión se ha vuelto plena y nos ha descubierto lo que no era ningún misterio sino ignorancia. Hemos cambiado cuerpos tantas veces, prestádonos las almas sin que ella deje de ser lo que es y yo lo que soy porque no hay diferencias muy marcadas. Al hedonismo le quitamos su vestidura profana y hasta la h, la e y las que siguen, para que no sea esclavo de algún "ismo" y se adhiera a la tarde que viene.
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