• Nuevo Hazte Mecenas sin publicidad, blog propio, y apoya la poesía en español. Mi Libro de Poesía · Métrica Española (beta)

Ellos

Solaribus

Poeta veterano en el portal
De repente, él sintió que no había visto jamás nada más bello, nada más puro, nada más profundo. Como si aquellos ojos revelaran un secreto de amor anterior a la vida.
Intentó recomponerse, pero al respirar hondo y relajarse, sintió en su pecho como si todas las constelaciones pasadas, presentes y futuras hubieran eclipsado. Sintió un vacío. Un gran vacío como de siglos. Una sensación de milenios de desencuentro. Como si alguien le hubiera contado al oído que el motivo de toda su pena había sido la ausencia de aquella mujer. Como si acaso, sin saberlo, la hubiera echado en falta todos los años de su vida.
Necesitó fundirse en aquellos ojos, estrechar aquella femineidad. Necesitó aquellas manos, aquella luz que parecía emanar desde siempre.

Ella percibió una extraña brisa en el aire y una ráfaga de electrones en la espalda. ¿Sería acaso la mirada de aquél hombre misterioso? ¿Sería posible semejante transmisión de cargas de energía?
Se dejó observar. Se dejó aproximar. Se dejó alcanzar por una sonrisa de aquella boca viril.

Alguien los presentó. Un ángel sin duda.
Pero él ya había rasguñado su nombre. Alejandra.
Se alejaron de la fiesta, el tumulto les molestaba.

A solas, a ambos les pareció que lo más natural hubiera sido, antes de cualquier palabra, un beso profundo y húmedo como el lago que bordeaban caminando juntos.
A ninguno se le hubiera ocurrido siquiera proponerlo. Pero ambos se preguntaban si realmente era la primera vez que se veían. Y si en verdad era así, se preguntaban también la razón de ese deseo desesperado de llorar abrazados y de hundirse y desaparecer en la noche.

No recuerdan el momento en que se besaron, en que se abrazaron. Bastó un segundo de cerrar ambos los ojos para que el movimiento reflejo de ambos acabara por estrechar al otro. Se trajeron uno al otro hasta el centro del pecho, como quien encuentra un pectoral valioso que había perdido.
Ridículo era decirse: "Te extrañé", porque no se conocían. ¿O si? Quién sabe.
Lo cierto es que volvieron a sorprenderse a sí mismos entrando a la casa de uno de ellos. ¿O la de ambos? ¡Qué extraño era todo!
La llevó al cuarto. La sostuvo en su mano como sostiene el cielo la cabellera de estrellas del cielo nocturno de noviembre. Su brazo sentía que rozaba una veintena de corales, pero era su cintura.
La besó despacio.
Primero besó suavemente la comisura de sus labios como se roza un jazmín para sentir su perfume. Luego besó su ojo izquierdo, como besaría un avaro una moneda de oro puro. Finalmente su cuello, como besa el mar al pedregal de la playa, consumiéndolo, horadándolo como en un vals de paciente desgaste.
Y cuando el reloj de la cómoda asesinó su último grano blanco en la esfera inferior, la amó con toda la piel y el espíritu. La adoró como adoraban al sol los sacerdotes del templo de Apolo. Pero ni siquiera en Delfos alguien adoró tanto.
La poseyó en cuerpo y en alma. En alma y cuerpo la poseyó.
Vibraron como el cristal a punto de romperse.
Toda aquella madrugada se poseyeron uno al otro como poseen los delfines el azul infinito.
No hubo promesas de amor. El amor ya había sido prometido hacía miles de años. Solo caricias. Solo besos. Solo sudor como rocío perfumado de azucenas. Solo extensos y cada vez menos vergonzosos gemidos.
Solo lágrimas de misteriosa e inexplicable sensación de reencuentro.
 

Archivos adjuntos

  • 3208_rec.jpg
    3208_rec.jpg
    14,3 KB · Visitas: 516
Última edición:


De repente, él sintió que no había visto jamás nada más bello, nada más puro, nada más profundo. Como si aquellos ojos revelaran un secreto de amor anterior a la vida.
Intentó recomponerse, pero al respirar hondo y relajarse, sintió en su pecho como si todas las constelaciones pasadas, presentes y futuras hubieran eclipsado. Sintió un vacío. Un gran vacío como de siglos. Una sensación de milenios de desencuentro. Como si alguien le hubiera contado al oído que el motivo de toda su pena había sido la ausencia de aquella mujer. Como si acaso, sin saberlo, la hubiera echado en falta todos los años de su vida.
Necesitó fundirse en aquellos ojos, estrechar aquella femineidad. Necesitó aquellas manos, aquella luz que parecía emanar desde siempre.

Ella percibió una extraña brisa en el aire y una ráfaga de electrones en la espalda. ¿Sería acaso la mirada de aquél hombre misterioso? ¿Sería posible semejante transmisión de cargas de energía?
Se dejó observar. Se dejó aproximar. Se dejó alcanzar por una sonrisa de aquella boca viril.

Alguien los presentó. Un ángel sin duda.
El rasguñó su nombre ni bien pudo. Alejandra.
Se alejaron de la fiesta, el tumulto les molestaba.

A solas, a ambos les pareció que lo más natural hubiera sido, antes de cualquier palabra, un beso profundo y húmedo como el lago que bordeaban caminando juntos.
A ninguno se le hubiera ocurrido siquiera proponerlo. Pero ambos se preguntaban si realmente era la primera vez que se veían. Y si en verdad era así, se preguntaban también la razón de ese deseo desesperado de llorar abrazados y de hundirse y desaparecer en la noche.

No recuerdan el momento en que se besaron, en que se abrazaron. Bastó un segundo de cerrar ambos lo ojos para que el movimiento reflejo de ambos acabara por estrechar al otro. Se trajeron uno al otro hasta el centro del pecho, como quien encuentra un pectoral valioso que había perdido.
Ridículo era decirse: “Te extrañé”, porque no se conocían. ¿O si? Quién sabe.
Lo cierto es que volvieron a sorprenderse a sí mismos entrando a la casa de uno de ellos. ¿O la de ambos? ¡Qué extraño era todo!
La llevó al cuarto. La sostuvo en su mano como sostiene el cielo la cabellera de estrellas del cielo nocturno de noviembre. Su brazo sentía que rozaba una veintena de corales, pero era su cintura.
La beso despacio.
Primero beso suavemente la comisura de sus labios como se roza un jazmín para sentir su perfume. Luego beso su ojo izquierdo, como besaría un avaro una moneda de oro puro. Finalmente su cuello, como besa el mar al pedregal de la playa, consumiéndolo, horadándolo como en un vals de paciente desgaste.
Y cuando el reloj de la cómoda asesinó su último grano blanco en la esfera inferior, la amó con toda la piel y el espíritu. La adoró como adoraban al sol los sacerdotes del templo de Apolo. Pero ni siquiera en Delfos alguien adoró tanto.
La poseyó en cuerpo y en alma. En alma y cuerpo la poseyó.
Vibraron como el cristal a punto de romperse.

Toda aquella madrugada se poseyeron uno al otro como poseen los delfines el azul infinito.
No hubo promesas de amor. El amor ya había sido prometido hacía miles de años. Solo caricias. Solo besos. Solo sudor como rocío perfumado de azucenas. Solo extensos y cada vez menos vergonzosos gemidos.
Solo lágrimas de misteriosa e inexplicable sensación de reencuentro…


Un amor que viene desde tiempos inmemoriables y se encuentra, aún sin saberlo concientemente, en este presente.
Una narrativa de amor maravilloso donde los amantes propician un encuentro profundo y sublime.
hermoso leerte, me ha encantado.
Estrellitas.
abrazos.
ana
 
Intensa y profunda prosa
que deja entrever la fuerza
de los sentires y los azares
en desatinode la vida
quizá un "Déjà vu"

Aplausos,besos y estrellas poeta
 
Qué bello Solaribus!, qué sensación más hermosa me quedó de ese bello encuentro, mágica fue tu prosa, mágico fue el momento como sí la relación se hubiese comenzado en otra vida y tuvieran que volverla a vivir en ese mismo instante, preciosa prosa amigo, un abrazo fuerte
 


De repente, él sintió que no había visto jamás nada más bello, nada más puro, nada más profundo. Como si aquellos ojos revelaran un secreto de amor anterior a la vida.
Intentó recomponerse, pero al respirar hondo y relajarse, sintió en su pecho como si todas las constelaciones pasadas, presentes y futuras hubieran eclipsado. Sintió un vacío. Un gran vacío como de siglos. Una sensación de milenios de desencuentro. Como si alguien le hubiera contado al oído que el motivo de toda su pena había sido la ausencia de aquella mujer. Como si acaso, sin saberlo, la hubiera echado en falta todos los años de su vida.
Necesitó fundirse en aquellos ojos, estrechar aquella femineidad. Necesitó aquellas manos, aquella luz que parecía emanar desde siempre.

Ella percibió una extraña brisa en el aire y una ráfaga de electrones en la espalda. ¿Sería acaso la mirada de aquél hombre misterioso? ¿Sería posible semejante transmisión de cargas de energía?
Se dejó observar. Se dejó aproximar. Se dejó alcanzar por una sonrisa de aquella boca viril.

Alguien los presentó. Un ángel sin duda.
Pero él ya había rasguñado su nombre. Alejandra.
Se alejaron de la fiesta, el tumulto les molestaba.

A solas, a ambos les pareció que lo más natural hubiera sido, antes de cualquier palabra, un beso profundo y húmedo como el lago que bordeaban caminando juntos.
A ninguno se le hubiera ocurrido siquiera proponerlo. Pero ambos se preguntaban si realmente era la primera vez que se veían. Y si en verdad era así, se preguntaban también la razón de ese deseo desesperado de llorar abrazados y de hundirse y desaparecer en la noche.

No recuerdan el momento en que se besaron, en que se abrazaron. Bastó un segundo de cerrar ambos los ojos para que el movimiento reflejo de ambos acabara por estrechar al otro. Se trajeron uno al otro hasta el centro del pecho, como quien encuentra un pectoral valioso que había perdido.
Ridículo era decirse: “Te extrañé”, porque no se conocían. ¿O si? Quién sabe.
Lo cierto es que volvieron a sorprenderse a sí mismos entrando a la casa de uno de ellos. ¿O la de ambos? ¡Qué extraño era todo!
La llevó al cuarto. La sostuvo en su mano como sostiene el cielo la cabellera de estrellas del cielo nocturno de noviembre. Su brazo sentía que rozaba una veintena de corales, pero era su cintura.
La besó despacio.
Primero besó suavemente la comisura de sus labios como se roza un jazmín para sentir su perfume. Luego besó su ojo izquierdo, como besaría un avaro una moneda de oro puro. Finalmente su cuello, como besa el mar al pedregal de la playa, consumiéndolo, horadándolo como en un vals de paciente desgaste.
Y cuando el reloj de la cómoda asesinó su último grano blanco en la esfera inferior, la amó con toda la piel y el espíritu. La adoró como adoraban al sol los sacerdotes del templo de Apolo. Pero ni siquiera en Delfos alguien adoró tanto.
La poseyó en cuerpo y en alma. En alma y cuerpo la poseyó.
Vibraron como el cristal a punto de romperse.

Toda aquella madrugada se poseyeron uno al otro como poseen los delfines el azul infinito.
No hubo promesas de amor. El amor ya había sido prometido hacía miles de años. Solo caricias. Solo besos. Solo sudor como rocío perfumado de azucenas. Solo extensos y cada vez menos vergonzosos gemidos.
Solo lágrimas de misteriosa e inexplicable sensación de reencuentro…


¡MAGNIFICO! No pude detener la lectura toda vez que comencé y al final un solo suspiro me volvió a la realidad.
Dani y tu donde andabas que yo no te había visto ¡eh! Debo felicitarte porque esta prosa tiene de todo lo bueno, excelente contexto, el tema cautiva por ese amor tan exquisito, tan vivido en su real y etérea presentación, la narrativa tiene un hilo fluido...qué mas decirte que casi me saltan las lagrimas mientras me iba emocionando, las caricias te quedaron de perla.
Mis aplausos y un abrazo primaveral, sí, lo sé, aun no es primavera pero a mi me gusta:)
 
¡MAGNIFICO! No pude detener la lectura toda vez que comencé y al final un solo suspiro me volvió a la realidad.
Dani y tu donde andabas que yo no te había visto ¡eh! Debo felicitarte porque esta prosa tiene de todo lo bueno, excelente contexto, el tema cautiva por ese amor tan exquisito, tan vivido en su real y etérea presentación, la narrativa tiene un hilo fluido...qué mas decirte que casi me saltan las lagrimas mientras me iba emocionando, las caricias te quedaron de perla.
Mis aplausos y un abrazo primaveral, sí, lo sé, aun no es primavera pero a mi me gusta:)
Pero qué lindo es lo que me dices!!!!
En verdad es un texto tan antiguo, con tantos errores, pero que amo tanto!!
Gracias por darme la alegría de reencontrarme con él. Te abrazo con afecto. Muchas gracias, compañera de letras!
Dani.
 
Así han de ser los reencuentros!!!
M A G I C O S!!
y D U L C E S ...con esa narrativa
de ternura que se desborda de tu pluma...
me hiciste hasta soñar Daniel. Besos;)
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba