Doña Elena, cómo está, feliz inicio de semana.
Esta semana he tenido la visita del filósofo de huarache y calzón de manta de San Juan de los Magueyes: don Diógenes Pérez.
Allá en el pueblo de apenas 500 habitantes, nuestro personaje camina por las calles polvorientas llevando una lámpara de aceite a medio día para buscar -dice- el hombre honesto, íntegro...
Lo hemos llevado por la ciudad donde sobreviven 20 millones de habitantes para ver si tiene mejores resultados que en el pueblo en su búsqueda. Y lo que más le ha impresionado ha sido la estación del metro Bellas Artes, una de las más céntricas. Ha visto al ser humano en un ambiente extraño y ha dicho: No parecen humanos, no parece que tragaran saliva, parecen seres de otro planeta.
Ante su mirada pasaron las mejores obras estéticas de los cirujanos de esta gran urbe. Estos animales "racionales" luciendo sus mejores galas, sus mejores y más estudiados gestos.
A un lado del palacio de Bellas Artes, el máximo escenario de la cultura en este país, ha visto llegar en el metro (por la facilidad como medio de comunicación de cuerpos) a íconos o supuestos íconos de la poesía y literatura del país, disfrazados de un blanco casi ridículo y casi bufón; motivados acaso por su dominio de ciertas técnicas rítmicas o métricas, que les ha valido para disfrutar de cierta reverencia en el medio, tan dado a reverenciar y al halago.
Ha visto también al representante más común del género humano, ese que llaman pueblo, y no ha encontrado mayor diferencia entre el ciudadano común de San Juan de los Magueyes, nuestro pueblo y los de la gran urbe: ajenos, inconscientes, pasivos; como todo rebaño, en espera del instante en que le toque el turno de la ordeña o sacrificio.
Y todos esos rostros no le han parecido ajenos, mira y siente su mirada crítica sobre el género humano, a la vez se critica por ver así, por tomarse la atribución de constituirse ajeno a una sociedad a la que pertenece y de la cual le es realmente imposible sustraerse, al menos en la realidad, aunque mental y racionalmente haga el pulcro ejercicio.
La última charla del día de ayer se quedó en la mente y apenas amaneció vinieron estas líneas, las puse en poemas filosóficos pero el robot del sistema, que parece es ya parte de la nueva generación de robótica racional, esa que pronto se diseñará a sí misma, le ha buscado un sitio adecuado según ella, ya dirá El Prior si dispone otra cosa.
Abrazos doña Elena. Que tenga un lindo fin de semana en su pueblito. Aquí, en la gran urbe intentaremos lograr lo mismo. Gracias por comentar.
Muchísimas gracias a Vd. infinitas, por este regalo que acaba de hacerme,
no sólo a mí por supuesto, a todos.
Debería de colgar este comentario en prosa generales,
al igual que aquella magnífica carta que me escribió el noviembre pasado,
creo, donde me contó cosas sobre su fascinante vida y su familia,
y me habló sobre esa compañera de viaje,no se me olvida, desde luego.
Ahora entiendo los rostros del metro, gracias por explicármelo,
he ido a gloogle, a interesarme por D. Diógenes Pérez,
desde luego que no le conocía, y solo he encontrado links para unirme a facebook,
lo intentaré de nuevo,me ha parecido un curioso personaje.
Pero que no le falta razón en absoluto, ha de ser cierto lo que dice,
donde yo vivo, Orense, imagínese cien mil habitantes, en la capital,
nada que ver con el ritmo de vida que llevaba en Madrid,
que ahora rondará los seis millones con tanta gente que no está censada.
Pues tendrá razón el hombre.
Hay que maquillarse para esconder la amargura.
Muchísimas gracias otra vez, por su generosidad.
Y si alguna vez va a Lugo, a visitar a familiares,
no dude en pasar por Orense, con su familia.
Están invitados por supuesto.
Un abrazo para Vd. también y dele otro al señor Diógenes.