Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la Tierra de Oberon.
Más allá del Mar Brillante y del Reino Ignoto, está la Tierra de Oberon. Tierra de verdes praderas y viejos bosques. Donde los árboles tienen barbas de líquenes y murmuran con sus hojas, en voz grave, cuando el viento mece sus ramas. Tierra de arroyos claros, de frías aguas que reflejan como chispas de oro, cuando les da la luz del sol. Allí viven elfos, hadas, gnomos, toda serie de seres maravillosos que guarda y protege el Príncipe Oberon.
Chiqui es un joven gnomo, simpático, un poco revoltoso y guasón. El nombre le viene de ser más bien pequeño, para lo pequeños que los gnomos son. Su mejor amiga se llama Lillihat, aunque todo el mundo la llama Lilí; es un hada encantadora, algo traviesa y a la que gusta disfrutar, no parando de hacer cosas y si es con Chiqui, mejor.
De ellos va este cuento y si queréis saberlo, esto fue lo que ocurrió:
Una tarde de primavera, de esas largas, cálidas, que van anunciando ya el verano, Lilí y Chiqui se fueron a pasear. “No vayáis por el Bosque Viejo” les dijeron sus papás, pero claro, eso que te prohíben, qué ganas da de hacerlo y así pasó con estos dos. Caminaron por el bosque hasta llegar al arroyo Cristal y por su orilla siguieron hasta llegar al viejo Barbagrís. Barbagris era un roble centenario que lucía una impresionante barba de muérdago y que marcaba el único sitio por donde era posible cruzar el arroyo Cristal. Así que cruzaron allí las trasparentes aguas y se dirigieron al Paso Negro, pared de basalto, que con su oscuro color se levantaba en aquella parte del bosque, en medio de la cual se abría una enorme oquedad que los elfos decían que llevaba a otro mundo, pero que, en realidad, nadie se aventuraba por aquel sitio para saber si era verdad.
De modo que llegaron nuestra pareja de amigos y sin pensarlo dos veces, se metieron por aquella cueva, al reino de la oscuridad. Caminaron a tientas unos cuantos pasos y cuando la claridad de fuera apenas se notaba, Lilí encendió su varita para dar un poco de luminosidad. Las paredes, eran lisas, como si alguien las hubiere pulido y no había rastro de suciedad. Continuaron avanzando, en el mayor silencio posible, atentos a todo lo que pudiera pasar. Unos metros más adelante, oyeron como un silbido, grave, acompasado, como la respiración de alguien dormido con toda placidez. A intervalos, un ligero destello hacía centellear las paredes del pasadizo por el que marchaban. Unos pasos más y ya fue claro que alguien o algo, dormía allí con toda la tranquilidad, pero tenía que ser alguien muy grande para poder escuchar con tanta nitidez tan pesada respiración. Extremaron las precauciones y siguieron paso a paso hasta llegar a una zona de la cueva, que podríamos llamar salón, pues se ampliaba por todas partes y presentaba un techo alto.
El suelo, se hallaba tapizado de monedas de oro y plata, con joyas, piedras preciosas, bandejas, copas, un inmenso tesoro, en fin el que se esparcía por todas partes. Encima, dormitaba un dragón joven, respiraba acompasadamente y de vez en cuando por sus fauces salía una pequeña llamarada. Chiqui y Lilí, se miraron, parecía que se iban a retirar con cuidado, pero en vez de eso, con toda precaución se fueron acercando donde el dragón estaba. Chiqui llenó una copa de monedas, que para el tamaño de Chiqui, más parecía una sopera que una copa y Lilí cogió un gong de plata, con incrustaciones de piedras precisas y un mazo de oro que servía para hacer la llamada. Os diré que nada hay peor que querer quitar a un dragón las cosas que atesoraba. Puestas así las cosas, la pareja, despacio, muy lentamente, sin hacer ningún ruido, al dragón se acercaron y cuando cerca de él estaban…
Una barahúnda de golpes en el gong, un estruendo de ruidos en aquella sala y una lluvia de monedas que cayeron al dragón en la cara, hicieron que este despertara. De un salto pegó en el techo con la cabeza, mientras gritaba: ¡Mamá, mamá, qué pasa! Lílí y Chiqui se desternillaban de risa, hasta llegaron a tenerse que sentar porque no podían más: ¡Ay, ay, que me muero de risa, pero qué panzada…! No te lo tomes a mal Draky, pero tenías que verte la cara! ¡No he visto otro dragón más miedoso en la vida!
Draky, todavía con el susto en el cuerpo, los miraba de hito en hito: ¡Me habéis dado un susto de muerte! ¡Y diréis que sois amigos míos!
Tuvieron todavía un rato de chanza, hasta que Lilí recordó: Te está bien por dormilón, ¿no habíamos quedado para merendar? “Es verdad” respondió Draky, "pero no he preparado nada". Lilí con su varita mágica, sacó una chocolatera bien repleta y un montón de rebanadas. “El chocolate está caliente, Draky, haz tú ahora las tostadas” y el dragón, obediente, las tostó con una llamarada.
Y pasaron la tarde merendando los tres amigos, cerca del arroyo Cristal, un poco por debajo de la Cascada.
Más allá del Mar Brillante y del Reino Ignoto, está la Tierra de Oberon. Tierra de verdes praderas y viejos bosques. Donde los árboles tienen barbas de líquenes y murmuran con sus hojas, en voz grave, cuando el viento mece sus ramas. Tierra de arroyos claros, de frías aguas que reflejan como chispas de oro, cuando les da la luz del sol. Allí viven elfos, hadas, gnomos, toda serie de seres maravillosos que guarda y protege el Príncipe Oberon.
Chiqui es un joven gnomo, simpático, un poco revoltoso y guasón. El nombre le viene de ser más bien pequeño, para lo pequeños que los gnomos son. Su mejor amiga se llama Lillihat, aunque todo el mundo la llama Lilí; es un hada encantadora, algo traviesa y a la que gusta disfrutar, no parando de hacer cosas y si es con Chiqui, mejor.
De ellos va este cuento y si queréis saberlo, esto fue lo que ocurrió:
Una tarde de primavera, de esas largas, cálidas, que van anunciando ya el verano, Lilí y Chiqui se fueron a pasear. “No vayáis por el Bosque Viejo” les dijeron sus papás, pero claro, eso que te prohíben, qué ganas da de hacerlo y así pasó con estos dos. Caminaron por el bosque hasta llegar al arroyo Cristal y por su orilla siguieron hasta llegar al viejo Barbagrís. Barbagris era un roble centenario que lucía una impresionante barba de muérdago y que marcaba el único sitio por donde era posible cruzar el arroyo Cristal. Así que cruzaron allí las trasparentes aguas y se dirigieron al Paso Negro, pared de basalto, que con su oscuro color se levantaba en aquella parte del bosque, en medio de la cual se abría una enorme oquedad que los elfos decían que llevaba a otro mundo, pero que, en realidad, nadie se aventuraba por aquel sitio para saber si era verdad.
De modo que llegaron nuestra pareja de amigos y sin pensarlo dos veces, se metieron por aquella cueva, al reino de la oscuridad. Caminaron a tientas unos cuantos pasos y cuando la claridad de fuera apenas se notaba, Lilí encendió su varita para dar un poco de luminosidad. Las paredes, eran lisas, como si alguien las hubiere pulido y no había rastro de suciedad. Continuaron avanzando, en el mayor silencio posible, atentos a todo lo que pudiera pasar. Unos metros más adelante, oyeron como un silbido, grave, acompasado, como la respiración de alguien dormido con toda placidez. A intervalos, un ligero destello hacía centellear las paredes del pasadizo por el que marchaban. Unos pasos más y ya fue claro que alguien o algo, dormía allí con toda la tranquilidad, pero tenía que ser alguien muy grande para poder escuchar con tanta nitidez tan pesada respiración. Extremaron las precauciones y siguieron paso a paso hasta llegar a una zona de la cueva, que podríamos llamar salón, pues se ampliaba por todas partes y presentaba un techo alto.
El suelo, se hallaba tapizado de monedas de oro y plata, con joyas, piedras preciosas, bandejas, copas, un inmenso tesoro, en fin el que se esparcía por todas partes. Encima, dormitaba un dragón joven, respiraba acompasadamente y de vez en cuando por sus fauces salía una pequeña llamarada. Chiqui y Lilí, se miraron, parecía que se iban a retirar con cuidado, pero en vez de eso, con toda precaución se fueron acercando donde el dragón estaba. Chiqui llenó una copa de monedas, que para el tamaño de Chiqui, más parecía una sopera que una copa y Lilí cogió un gong de plata, con incrustaciones de piedras precisas y un mazo de oro que servía para hacer la llamada. Os diré que nada hay peor que querer quitar a un dragón las cosas que atesoraba. Puestas así las cosas, la pareja, despacio, muy lentamente, sin hacer ningún ruido, al dragón se acercaron y cuando cerca de él estaban…
Una barahúnda de golpes en el gong, un estruendo de ruidos en aquella sala y una lluvia de monedas que cayeron al dragón en la cara, hicieron que este despertara. De un salto pegó en el techo con la cabeza, mientras gritaba: ¡Mamá, mamá, qué pasa! Lílí y Chiqui se desternillaban de risa, hasta llegaron a tenerse que sentar porque no podían más: ¡Ay, ay, que me muero de risa, pero qué panzada…! No te lo tomes a mal Draky, pero tenías que verte la cara! ¡No he visto otro dragón más miedoso en la vida!
Draky, todavía con el susto en el cuerpo, los miraba de hito en hito: ¡Me habéis dado un susto de muerte! ¡Y diréis que sois amigos míos!
Tuvieron todavía un rato de chanza, hasta que Lilí recordó: Te está bien por dormilón, ¿no habíamos quedado para merendar? “Es verdad” respondió Draky, "pero no he preparado nada". Lilí con su varita mágica, sacó una chocolatera bien repleta y un montón de rebanadas. “El chocolate está caliente, Draky, haz tú ahora las tostadas” y el dragón, obediente, las tostó con una llamarada.
Y pasaron la tarde merendando los tres amigos, cerca del arroyo Cristal, un poco por debajo de la Cascada.
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