Adrian Gerardo
Poeta fiel al portal
Una ruta de curva campesina, me acompaño entre mantis religiosas, descansé y mire piedritas, las coloque de la manera en que Dios habla en todas las cosas.
Paso un coche, con niños haciéndome muecas desde dentro, no pude contener la risa y mi payaso respondió con caras raras de algarabía.
Me rasque el brazo y contemplé las nubes que se iban formando en el cielo ámbar y cirrus stratus, unos girasoles al compas del viento daban su toque amarillo a la obra.
Me apoyé en la voluntad y camine despacio en ese andar que el tiempo sobra, miraba mis pies con zapatos viejos, hermanos de la mochila con un dibujo del águila imperecedera.
Definí mis manos extendidas robando caricias al viento, como un orgasmo abundante del cual no hay distinción entre piel y silfos.
Mi cara curtida al sol, promovió aventuras interminables. Llegue a un pueblito, me senté en un banco de madera nudosa, y regale un libro al próximo que lo reclamara, encima de mi amigo el banco.
Vi un mural en un baldío que atrapo mi curiosidad, unos seres verdes con gran felicidad, no como los pintan habitualmente, con ideas de que se termina el mundo, toque esa imagen y agradecí en silencio.
Llené la cantimplora. Un perro me siguió con pasos que nos hicieron amigos, levante la vista y los mismos seres del mural me daban la bienvenida, nos abrazamos.
Puse creedence en mi celular y partimos compartiendo corazones viajeros, junto al perro y dos seres de otros mundos, que en definitiva también es el nuestro.
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