manuelo
Poeta fiel al portal
Esperé con ansiedad
las primeras lluvias de otoño;
por fin llovió; no mucho,
pero suficiente para que
las dos grandes rejas
arrastradas por el Caterpillar
se hundiesen en las tierras pardas
y un tanto pedregosas,
apenas cuatro hectáreas,
próximas a la huerta;
me tomó varios días.
Después de arar el suelo,
dejé transcurrir varias semanas
para que se oreara;
la grada de discos
desmenuzó los enormes terrones,
muchos de ellos atravesados
por raíces de gramas ya secas,
y dió a la superficie un rizado,
perfecto para la siembra;
empecé con ella tan pronto
como la luz del amanecer
me lo permitió;
aquí y allá algunos pajarillos,
gorriones, hacían su agosto.
A continuación pasé las viejas gradas
formando una enorme nube de polvo
que a veces dificultaba la visión
de los banderines de referencia;
y cubrí el grano.
Acabé rendido, bien entrada la noche.
Me temblaban las piernas. Pero era feliz.
A la puerta de la casa,
junto al porrón de agua,
sentado a la vieja mesa,
buscaba, a la luz del candil,
en el almanaque zaragozano
alguna esperanza de lluvia;
nuevamente me esperaban
muchos días mirando al cielo,
esperándola con ansiedad;
la oscuridad era un importante
factor de germinación,
pero la humedad era vital.
Pronto vería todo el suelo verde;
y haría como siempre,
arrancaría algunas plantitas,
miraría satisfecho sus pequeñas raicillas,
y las volvería a sembrar.
Yo no sabía entonces que eso era poesía.
Siempre he ido con el paso cambiado.
las primeras lluvias de otoño;
por fin llovió; no mucho,
pero suficiente para que
las dos grandes rejas
arrastradas por el Caterpillar
se hundiesen en las tierras pardas
y un tanto pedregosas,
apenas cuatro hectáreas,
próximas a la huerta;
me tomó varios días.
Después de arar el suelo,
dejé transcurrir varias semanas
para que se oreara;
la grada de discos
desmenuzó los enormes terrones,
muchos de ellos atravesados
por raíces de gramas ya secas,
y dió a la superficie un rizado,
perfecto para la siembra;
empecé con ella tan pronto
como la luz del amanecer
me lo permitió;
aquí y allá algunos pajarillos,
gorriones, hacían su agosto.
A continuación pasé las viejas gradas
formando una enorme nube de polvo
que a veces dificultaba la visión
de los banderines de referencia;
y cubrí el grano.
Acabé rendido, bien entrada la noche.
Me temblaban las piernas. Pero era feliz.
A la puerta de la casa,
junto al porrón de agua,
sentado a la vieja mesa,
buscaba, a la luz del candil,
en el almanaque zaragozano
alguna esperanza de lluvia;
nuevamente me esperaban
muchos días mirando al cielo,
esperándola con ansiedad;
la oscuridad era un importante
factor de germinación,
pero la humedad era vital.
Pronto vería todo el suelo verde;
y haría como siempre,
arrancaría algunas plantitas,
miraría satisfecho sus pequeñas raicillas,
y las volvería a sembrar.
Yo no sabía entonces que eso era poesía.
Siempre he ido con el paso cambiado.
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