Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Los dos ojos ardientes se fugan bajo el dintel de la ventana de ese piso de arriba. Amarillea el pasto viejo de otoño bajo la luz que ciega, al mediodía. No hay forma de escapar por las ventanas con los sueños, porque faltan las alas.
Mira el camino viejo que se oculta en la fronda. Oye el ruido de la puerta que aletea y aletea previniendo la siesta.
Madre Petra está ahí, enterrada. Abuela Eduviges come y recome los residuos del polvo. Les han vuelto pétalos de un jardín, juntamente, las lluvias, y las sales de la tierra que son como los ríos subterráneos. Ese rosal hace poco era un capullo amarillo: tío Carlos, acaso, obeso y comilón, bebedor de vino, parrandero.
La de pétalos blancos es, seguramente, del cuerpo de la tía Susana, con su himen intacto, y su rosario de perlas, jugueteando en la mano que nunca se masturba. Más allá está el tío Pedro y la tía abuela Juanita, se han tornado un almacigo de alhelí, perfumado y delicado, de un tono "mariposón": la tía abuela y su único cachorro, eternamente pegado a sus faldas. Un viejo sauce junto al pozo seco debe ser el cuerpo del tatarabuelo, con su mente de tabla, su cuerpo de serrucho, y esas manos enamoradas del martillo y los clavos; constructor de la casa vieja, desvencijada, que cobija ese cuerpo que contempla su entorno moribundo mientras piensa y se pregunta cuál o qué sentido es el que lo ha dejado ahí.
Mira el camino viejo que se oculta en la fronda. Oye el ruido de la puerta que aletea y aletea previniendo la siesta.
Madre Petra está ahí, enterrada. Abuela Eduviges come y recome los residuos del polvo. Les han vuelto pétalos de un jardín, juntamente, las lluvias, y las sales de la tierra que son como los ríos subterráneos. Ese rosal hace poco era un capullo amarillo: tío Carlos, acaso, obeso y comilón, bebedor de vino, parrandero.
La de pétalos blancos es, seguramente, del cuerpo de la tía Susana, con su himen intacto, y su rosario de perlas, jugueteando en la mano que nunca se masturba. Más allá está el tío Pedro y la tía abuela Juanita, se han tornado un almacigo de alhelí, perfumado y delicado, de un tono "mariposón": la tía abuela y su único cachorro, eternamente pegado a sus faldas. Un viejo sauce junto al pozo seco debe ser el cuerpo del tatarabuelo, con su mente de tabla, su cuerpo de serrucho, y esas manos enamoradas del martillo y los clavos; constructor de la casa vieja, desvencijada, que cobija ese cuerpo que contempla su entorno moribundo mientras piensa y se pregunta cuál o qué sentido es el que lo ha dejado ahí.
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