¡Ay! Quien pudiera volver a ese pueblecito
para pasar mis días de sosiego,
en donde el tiempo parece haberse detenido
guardando años de historia,
anclado a orillas del río
cuyas aguas cristalinas…
incitaban a saborear su frescura alterando mis sentidos.
Calles de tierra grava,
casas aun levantadas en el eterno granito,
son adornadas con racimos de geranios
colgando de sus ventanas.
Esa casita donde el melodioso canto de la mañana
me despertaba suavemente,
la brisa suave y fresca,
alejaba la niebla gris amenazante
para dar paso al cielo azul e invitarme a pasear
por sus calles y entre su gente.
En donde tomé por costumbre cada mañana cuando salía a pasear,
tomar un vaso de leche recién ordeñada,
que el ganadero…
hombre de avanzada edad,
tez curtida por el Sol y el viento,
me ofrecía de buena gana.
En donde por sus calles… arriba o abajo,
ese olor a chimenea encendida
pasara por donde pasase,
despertaba el apetito.
Esa casita del pueblo,
en la que al abrir sus ventanas,
hacía que mis pupilas se dilatasen y
enamorasen al contemplar esplendorosos valles
e inhalar el frescor de los verdes prados.
Ese pueblecito,
donde el olor a tierra mojada llegaba a mis entrañas,
el aroma de nubes y hierba fresca se fundía con mi alma.
Donde la paz reinaba,
el silencio no mandaba,
al oírse el caudal del río caer por la ladera y
el trinar de los pájaros que siempre acompañaba.
¡Ay! Quien pudiera retornar a ese pueblecito para
ver caminar el manso fuego de estío hacia un ocaso radiante
y escuchar como habla el viento
en los álamos del río.
Volver a departir amenas conversaciones
junto a la gran chimenea donde quemaba troncos de roble
para que el calor llegase a todos los rincones.
Visto de esta manera,
no me queda otra que esperar y
mientras llega esa oportunidad…
en la rutina de cada noche,
cerraré mis ojos para sumirme en profundo sueño y
poder disfrutar aunque solo sea por unas horas,
todo cuanto ofrezca...ese Pueblo.
Luis Prieto Espinosa
Derechos reservados 18/08/2014
para pasar mis días de sosiego,
en donde el tiempo parece haberse detenido
guardando años de historia,
anclado a orillas del río
cuyas aguas cristalinas…
incitaban a saborear su frescura alterando mis sentidos.
Calles de tierra grava,
casas aun levantadas en el eterno granito,
son adornadas con racimos de geranios
colgando de sus ventanas.
Esa casita donde el melodioso canto de la mañana
me despertaba suavemente,
la brisa suave y fresca,
alejaba la niebla gris amenazante
para dar paso al cielo azul e invitarme a pasear
por sus calles y entre su gente.
En donde tomé por costumbre cada mañana cuando salía a pasear,
tomar un vaso de leche recién ordeñada,
que el ganadero…
hombre de avanzada edad,
tez curtida por el Sol y el viento,
me ofrecía de buena gana.
En donde por sus calles… arriba o abajo,
ese olor a chimenea encendida
pasara por donde pasase,
despertaba el apetito.
Esa casita del pueblo,
en la que al abrir sus ventanas,
hacía que mis pupilas se dilatasen y
enamorasen al contemplar esplendorosos valles
e inhalar el frescor de los verdes prados.
Ese pueblecito,
donde el olor a tierra mojada llegaba a mis entrañas,
el aroma de nubes y hierba fresca se fundía con mi alma.
Donde la paz reinaba,
el silencio no mandaba,
al oírse el caudal del río caer por la ladera y
el trinar de los pájaros que siempre acompañaba.
¡Ay! Quien pudiera retornar a ese pueblecito para
ver caminar el manso fuego de estío hacia un ocaso radiante
y escuchar como habla el viento
en los álamos del río.
Volver a departir amenas conversaciones
junto a la gran chimenea donde quemaba troncos de roble
para que el calor llegase a todos los rincones.
Visto de esta manera,
no me queda otra que esperar y
mientras llega esa oportunidad…
en la rutina de cada noche,
cerraré mis ojos para sumirme en profundo sueño y
poder disfrutar aunque solo sea por unas horas,
todo cuanto ofrezca...ese Pueblo.
Luis Prieto Espinosa
Derechos reservados 18/08/2014
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