Princesa ciega
Respicere
Sobre mis libros, sobre mi ropa, incluso sobre mi misma se impuso tu aroma. Terminé de asumir ese día que tu pedantería y tu innegable capacidad para acaparar la atención te son condiciones intrínsecas: un asunto de génesis que se hacía presente incluso en lo que dejas esparcido por ahí sin darte cuenta.
¡Es que era inverosímil!
No podía entender cómo unos cuantos objetos podían condensar tal olor, casi como si te hubiesen exprimido hasta volverte zumo para luego rociarte en todas tus cosas.
No fui capaz de que mi pituitaria amarilla alcanzara a percibir nada más, ni el olor a hospital, o a desinfectante de piso, o a ancianos mal atendidos quienes abundaban tristemente en la sala de espera.
Eras sólo tú.
Tu por todos lados sin estar en ninguno.
Ese aroma intenso a eso, a lo que huelen tus manos, como si estuviesen horneadas con leche, a la ternura que emanan los bebés, a ese aroma inmensamente agradable y tan insoportable al mismo tiempo por lo ajeno, por lo invasivo, por como se superponía al aroma de mi piel, a la fuerza de mis pensamientos trayendo consigo la desgracia de no dejarme leer en paz.
Un arma de saboteo.
No me sorprendió para nada que la parte fascista de mi, con suspicacia burlona me cuestionra con que esto era síntoma de otra cosa. Y no supe si respirarte era un malestar o una tropiezo con el cielo; Y no pude hacer nada más.
Basta con no revolver demasiado tus cosas - pensé, ingenua - para mantener oculto tu aroma y así olvidarte y olvidarme, olvidarnos por un momento más
¡Es que era inverosímil!
No podía entender cómo unos cuantos objetos podían condensar tal olor, casi como si te hubiesen exprimido hasta volverte zumo para luego rociarte en todas tus cosas.
No fui capaz de que mi pituitaria amarilla alcanzara a percibir nada más, ni el olor a hospital, o a desinfectante de piso, o a ancianos mal atendidos quienes abundaban tristemente en la sala de espera.
Eras sólo tú.
Tu por todos lados sin estar en ninguno.
Ese aroma intenso a eso, a lo que huelen tus manos, como si estuviesen horneadas con leche, a la ternura que emanan los bebés, a ese aroma inmensamente agradable y tan insoportable al mismo tiempo por lo ajeno, por lo invasivo, por como se superponía al aroma de mi piel, a la fuerza de mis pensamientos trayendo consigo la desgracia de no dejarme leer en paz.
Un arma de saboteo.
No me sorprendió para nada que la parte fascista de mi, con suspicacia burlona me cuestionra con que esto era síntoma de otra cosa. Y no supe si respirarte era un malestar o una tropiezo con el cielo; Y no pude hacer nada más.
Basta con no revolver demasiado tus cosas - pensé, ingenua - para mantener oculto tu aroma y así olvidarte y olvidarme, olvidarnos por un momento más