Fingal
Poeta adicto al portal
Este es el rincón más puro.
No el más sabio
porque aquí
las verdades
ni se cuestionan,
ni se aprenden,
ni se razonan.
Santuario.
¡Asilo!
...
Sssss...
susurros de silencio,
suaves:
tranquilo,
tranquilo.
Este es el rincón más puro,
umbral de Olimpo,
altar de músicas celestiales
y versos peregrinos;
vuestros versos,
como oraciones que Dios sí escucha
y sí responde.
Hoy
su belleza irrefutable
arrincona en la vergüenza
a mi soberbia;
y a mi razón
en su propia duda infinita.
Hoy sois todos maestros y amigos,
filósofos sabios,
amados por el derecho de nuestros latidos,
¡poetas!
Yo no.
Yo soy hereje y traidor.
Las puertas de la catedral
yacen abiertas por mis manos.
Por los claustros y los púlpitos
corren y ladran
los perros racionales.
Aquí no.
Este es el rincón más puro.
Escondido.
La séptima puerta
de la séptima escalera
de la séptima torre
del último castillo
dentro del laberinto
del bosque encantado
del país de los mitos.
He recorrido muchas veces el camino,
como cualquier iniciado del último círculo.
Hoy no.
Mordido y herido,
sangrando mis credos
me trajeron
sin rencores
ángeles guardianes.
Piedad,
gloria
y eterno perdón.
Aquí florecen vuestros himnos
y respiro los sentidos profundos
de cada palabra.
Aquí lloro por los infelices descreídos.
Todos los misterios del universo
se responden
con una simple obra maestra
que cada uno de nosotros escribe cada día.
Lejos,
todavía lejos
se escucha el preludio de los ladridos.
¡De rodillas pido penitencia!
Yo... yo...
fui débil...
quizá...
Amé, ¡lo juro!
Cada vez más profundo y perfecto
y el dolor
fue plata líquida en mis manos.
¡Los demonios!
Tenían mil bocas avariciosas
y garras afiladas
que recorrían las cicatrices de mi alma.
Se alimentaban de las lágrimas de mis versos;
su belleza
era su poder.
Subieron a los altares,
que también eran para ellos,
y desde allí,
intocables y divinos,
me torturaron cada detalle
de mi antigua paz.
Mi corazón agotado
dejó de latir tragedia sublime.
Los perros...
los perros asedian a los demonios
y muerden las evidencias de su carne.
En sus ladridos racionales
anuncian la muerte de la esclavitud supersticiosa.
Por eso los he llamado.
Por eso los temo.
Aquí,
en el rincón más puro,
donde cada instante existe para escucharnos
y ser plenos,
hoy
llegan los ladridos que espantan
la perfección de los axiomas engendrados,
no creados,
y presagian
la extinción del noble arte
de la santa orden
del inexplicable sentimiento.
Latido y golpe de pensamiento,
golpe de pensamiento y latido.
Maldito.
por mi amor
y su gloria quebradiza.
Maldito.
Por la poesía de vuestros versos.
Maldito.
Por mi dolor
y su corrupción interminable.
Maldito.
Por mi razón
y su ignorancia.
Maldito
maldito
maldito
maldito.
Cuatro veces
maldito.
No el más sabio
porque aquí
las verdades
ni se cuestionan,
ni se aprenden,
ni se razonan.
Santuario.
¡Asilo!
...
Sssss...
susurros de silencio,
suaves:
tranquilo,
tranquilo.
Este es el rincón más puro,
umbral de Olimpo,
altar de músicas celestiales
y versos peregrinos;
vuestros versos,
como oraciones que Dios sí escucha
y sí responde.
Hoy
su belleza irrefutable
arrincona en la vergüenza
a mi soberbia;
y a mi razón
en su propia duda infinita.
Hoy sois todos maestros y amigos,
filósofos sabios,
amados por el derecho de nuestros latidos,
¡poetas!
Yo no.
Yo soy hereje y traidor.
Las puertas de la catedral
yacen abiertas por mis manos.
Por los claustros y los púlpitos
corren y ladran
los perros racionales.
Aquí no.
Este es el rincón más puro.
Escondido.
La séptima puerta
de la séptima escalera
de la séptima torre
del último castillo
dentro del laberinto
del bosque encantado
del país de los mitos.
He recorrido muchas veces el camino,
como cualquier iniciado del último círculo.
Hoy no.
Mordido y herido,
sangrando mis credos
me trajeron
sin rencores
ángeles guardianes.
Piedad,
gloria
y eterno perdón.
Aquí florecen vuestros himnos
y respiro los sentidos profundos
de cada palabra.
Aquí lloro por los infelices descreídos.
Todos los misterios del universo
se responden
con una simple obra maestra
que cada uno de nosotros escribe cada día.
Lejos,
todavía lejos
se escucha el preludio de los ladridos.
¡De rodillas pido penitencia!
Yo... yo...
fui débil...
quizá...
Amé, ¡lo juro!
Cada vez más profundo y perfecto
y el dolor
fue plata líquida en mis manos.
¡Los demonios!
Tenían mil bocas avariciosas
y garras afiladas
que recorrían las cicatrices de mi alma.
Se alimentaban de las lágrimas de mis versos;
su belleza
era su poder.
Subieron a los altares,
que también eran para ellos,
y desde allí,
intocables y divinos,
me torturaron cada detalle
de mi antigua paz.
Mi corazón agotado
dejó de latir tragedia sublime.
Los perros...
los perros asedian a los demonios
y muerden las evidencias de su carne.
En sus ladridos racionales
anuncian la muerte de la esclavitud supersticiosa.
Por eso los he llamado.
Por eso los temo.
Aquí,
en el rincón más puro,
donde cada instante existe para escucharnos
y ser plenos,
hoy
llegan los ladridos que espantan
la perfección de los axiomas engendrados,
no creados,
y presagian
la extinción del noble arte
de la santa orden
del inexplicable sentimiento.
Latido y golpe de pensamiento,
golpe de pensamiento y latido.
Maldito.
por mi amor
y su gloria quebradiza.
Maldito.
Por la poesía de vuestros versos.
Maldito.
Por mi dolor
y su corrupción interminable.
Maldito.
Por mi razón
y su ignorancia.
Maldito
maldito
maldito
maldito.
Cuatro veces
maldito.