Evocación
No te amaba con la urgencia de las flores,esa torpe manera de entregarse al viento.
Te amaba, más bien,
en la persistencia del algarrobo,
en la paciencia con que la luz
descifraba el alfabeto de tus sueños
cada mañana o cada anochecer.
Había una arquitectura secreta en el silencio
que compartíamos frente al tiempo;
un plano donde las palabras no eran puentes,
sino el mismo río que nos fluía por debajo.
No buscaba en ti el incendio, sino la brasa,
esa memoria del fuego que sabía alimentar
nuestras manos y nuestros inviernos
sin devorar la casa ni los espejos.
Eras el rastro de sal en la piel tras el olvido,
la nota que faltaba en la partitura del caos.
Si el amor era una forma de ceguera
preferiría este tacto tuyo que inventaba
mis relieves y me dibujaba los bordes
cuando el mundo me borraba.
Te quedaste así,
como el punto de apoyo que ignoraba Arquímedes,
porque no quería mover el mundo,
me bastaba con saber que, en tu órbita,
la gravedad era finalmente un acto de ternura.