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Poeta recién llegado
Largo fue mi camino hasta la frontera, ahora sé que fue largo.
Antes necesité saber dónde me habitaba,
qué dedos de mi mano me pertenecían,
comprobar que mi piel era vulnerable, envoltorio de ausencias,
destino siempre de lejanos soles y también frontera.
Merodeé por caminos hasta aborrecer mis huellas,
puse cien llaves en el aro de mi nariz,
quise intentar definir la belleza con palabras horribles,
desayunar sueños, dormir acurrucado entre señales de tráfico.
Los otros fueron mi espejo, amé y quise creer
que todo estaba bien, que el camino era bajada,
que los domingos eran el premio a la congruencia.
El silencio me pesaba, su argumentario insistente
me tatuaba interrogantes, ecuaciones vanas.
Me señalaron pájaros con la punta de sus alas,
crecieron en mi frente bosques y ríos de agua clara.
Aprendí la filosofía del abandono, a perder todos mis cuchillos, mis pistolas,
todos mis dioses se fueron a la peluquería,
los rostros del álbum familiar empezaron a decolorarse.
Y el exilio se convirtió en decisión. Mi camino.
Antes necesité saber dónde me habitaba,
qué dedos de mi mano me pertenecían,
comprobar que mi piel era vulnerable, envoltorio de ausencias,
destino siempre de lejanos soles y también frontera.
Merodeé por caminos hasta aborrecer mis huellas,
puse cien llaves en el aro de mi nariz,
quise intentar definir la belleza con palabras horribles,
desayunar sueños, dormir acurrucado entre señales de tráfico.
Los otros fueron mi espejo, amé y quise creer
que todo estaba bien, que el camino era bajada,
que los domingos eran el premio a la congruencia.
El silencio me pesaba, su argumentario insistente
me tatuaba interrogantes, ecuaciones vanas.
Me señalaron pájaros con la punta de sus alas,
crecieron en mi frente bosques y ríos de agua clara.
Aprendí la filosofía del abandono, a perder todos mis cuchillos, mis pistolas,
todos mis dioses se fueron a la peluquería,
los rostros del álbum familiar empezaron a decolorarse.
Y el exilio se convirtió en decisión. Mi camino.
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