dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Lo que ustedes se disponen a leer, ocurrió en una aldea rusa cerca de la ciudad de Irkutsk. Sucedió que la joven Irina Gólubev, desvelada por un insomnio pertinaz que la perseguía desde hacía algunas noches, ante la imposibilidad de conciliar el sueño, decidió escribirle una carta a su hermana que trabajaba en la ciudad. Mientras estaba escribiendo, de pronto, sintió como si algo o alguien se apoderase de su mano dirigiéndola contra su voluntad, obligándola a escribir un relato que, al leerlo después, sintió terrorífico y extraño. Paso a trnscribir lo que esa noche fue escrito no se sabe bien por qué o quién, valiéndose de la mano de Irina Gólubev:
Queridos lectores, algo muy extraño ocurre, o quizás no tan extraño teniendo en cuenta quién soy, o quizás debiera decir más exactamente quién no soy, ya que para ser sinceros no sé qué palabras usar para definirme. Sucede que quien me ve huye despavorido gritando. Es triste mi deambular por el mundo, sin compañía, sin una mano amiga que caliente las mías ateridas por el frío que me lacera continuamente. A fuerza de esta soledad que me oprime, por la negación de los hombres a escuchar mis tormentos, de tanto conversar tan solo con mi interior, he perdido la capacidad de hablar, y el único sonido que sale de mí es una especie de silbido que aleja todavía más a los hombres de mi lado. Tengo familia, pero ellos también huyen de mí, no me reconocen en quien ahora soy, aunque a decir verdad, no sé si soy algo o alguien, no sé si alguna vez fui joven o viejo. Si de alguna cosa estoy seguro es de que en esta tierra moraron mis huesos, de que alguna vez mis ojos miraron con asombro la belleza de un cuerpo, de que alguna vez mis manos acariciaron con placer una piel ardiente. Pero de eso hace ya demasiado tiempo. Eso fue antes de que llegaran las tinieblas a mi vida.
Reconozco que no me extraña la actitud que quien me ve tiene hacia mi ser. Debe ser aterradora la sensación que se siente ante alguien o algo que sabemos que no está vivo. Son pocos los que son capaces de soportar con entereza la presencia de un fantasma ante ellos. Lo que no comprendo es qué hago aquí si estoy muerto. Y ahora veo cómo el sepulturero quita la lápida que me oculta de los ojos humanos, cómo saca el ataúd fuera del nicho y quita la tapadera de la caja en donde yazgo. Ojalá sople un viento huracanado que me libere de esta cárcel oscura que huele a humedad y deposite mis cenizas en la tierra, y quién sabe, querido lector, si es posible que mis cenizas lleguen hasta tu huerto, hasta ese manzano que cuidas con tanto amor, y la lluvia me hunda hasta sus raíces, y en la próxima manzana que te comas, esté yo. También puede ocurrir que mis cenizas arrastradas por el viento lleguen hasta tu casa y sean depositadas bajo tu cama, y de allí salga yo convertido en lo que ahora soy, un muerto de piel cuarteada, las cuencas vacías, sin ojos, el muerto del que todos huyen.
Eladio Parreño Elías
8-Junio-2011