La chalupa de madera podrida y apolillada, barriguda y desconchada, dos remos de madera rústicos y pesados le cuelgan a ambos lados, chapoteando sobre la mar. Se desliza sosegada y perezosamente, con parsimonia y sin apremios, con la tranquilidad y la sapiencia que da la experiencia y los muchos años de servicio y apaño: es una amistad forjada con el paso de los años.
Sobre ella sentado en un mugriento y carcomido tablón que lleva atravesándole la panza de babor a estribor, un viejo pescador de talle flaco y enjuto, de las carnes hace mucho tiempo abandonado, en su cara atezada y curtida como bolso de veterana furcia, las huellas pergaminosas y pecaminosas de su vida marinera, sus ojos dos cuencas profundas de gris marino levemente pinceladas y coronando la rala testa unos mechones níveos que revoletean al compás y ritmo de la brisa maitinada.
Y deja atrás a golpe de cansino remar la boca de la acogedora y protectora ría, donde se ocultan los barcos de la mar bravía. Rumbo al poniente, donde el sol pierde su hombría diurna en ocasos diarios, donde el mar y los cielos se anudan en la lontananza.
Y se va alejando y ve como en la ya lejana costa la bruma se sustancia y la tierra se difumina y se va ocultando hasta que finalmente solo queda el brillo del pétreo faro, que en su soledad de vigía penitente y omnipotente vela por la vida de sus marineros, sin importarle si son blancos o negros, si son ricos o pobres, si son musulmanes o cristianos a todos alumbra y guía a puerto seguro sin engaños.
A la de tres costaleros arriba con él.
Pom, Pom, Pom.
Todos por igual hermanos.
.
Sobre ella sentado en un mugriento y carcomido tablón que lleva atravesándole la panza de babor a estribor, un viejo pescador de talle flaco y enjuto, de las carnes hace mucho tiempo abandonado, en su cara atezada y curtida como bolso de veterana furcia, las huellas pergaminosas y pecaminosas de su vida marinera, sus ojos dos cuencas profundas de gris marino levemente pinceladas y coronando la rala testa unos mechones níveos que revoletean al compás y ritmo de la brisa maitinada.
Y deja atrás a golpe de cansino remar la boca de la acogedora y protectora ría, donde se ocultan los barcos de la mar bravía. Rumbo al poniente, donde el sol pierde su hombría diurna en ocasos diarios, donde el mar y los cielos se anudan en la lontananza.
Y se va alejando y ve como en la ya lejana costa la bruma se sustancia y la tierra se difumina y se va ocultando hasta que finalmente solo queda el brillo del pétreo faro, que en su soledad de vigía penitente y omnipotente vela por la vida de sus marineros, sin importarle si son blancos o negros, si son ricos o pobres, si son musulmanes o cristianos a todos alumbra y guía a puerto seguro sin engaños.
A la de tres costaleros arriba con él.
Pom, Pom, Pom.
Todos por igual hermanos.
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