FIEBRE
Un atardecer más, desde el sillón de que acompaña mi dolor, conforta mis ánimos y alimenta la esperanza con su cálida comodidad, veo llegar la noche desde el mar, como una inmensa barca de Caronte, lúgubre y apenas teñida con los colores de un arco iris funerario, desdentado de sus colores vivos: sólo quedan los opalescentes colores del ocaso. Confundo el sonido del mar que me llega apenas amortiguado; no podría decidir si es una nana susurrada por un padre de voz ronca o una amenazadora advertencia de todo un panteón sumergido, que reclama un imposible silencio para que este mundo convulso y enfermo recupere la paz que transgrede sin cesar. Los dioses no son insensibles a los ultrajes de los hombres.
Y con la noche, como ominosa compañera, llega la fiebre. Una fiebre que me lleva al borde de la alucinación. Durante el día los cuidados de mi querida compañera la mantienen alejada; paños de agua fría, medicación puntual, su sonrisa... Pero en el oscuro magma en el que nos sumerge la noche quedo desarmado ante el virulento y traidor ataque de la fiebre. La fiebre en esas altas horas de la noche es una especie de espejo deformante; me traslada a otra realidad, a ese otro nivel de percepción que solemos llamar alucinación. Yo estoy convencido que es otra realidad “real”, con sus dimensiones, sus leyes desconocidas y aleatorias, sus imágenes que, por una cierta reiteración, acaban siendo familiares. Una realidad paralela en la que las alteradas funciones de nuestro estar habitual se trastocan, se cambian por otras en las que el drama ocupa el firmamento todo de la vida. La deformada realidad de un enfermo que espera ávidamente la crisis que inicie la convalecencia.
Puede que de esa otra realidad surgiesen los terribles, inéditos y estremecedores monstruos que crearon Lovecraft, Poe, Lord Dunsany y aquellos iluminados pioneros del cuento de terror, de ese terror nuevo que vino a sustituir con terribles premoniciones al otro terror antiguo, el romántico de los fantasmas y muertos horripilantes, pero, finalmente infantiles. “El sueño de la razón crea monstruos” dejó escrito aquel otro gran atormentado que fue Goya, el aragonés. Debía referirse a esa razón estremecida y casi libertada de sus ataduras intelectuales y dogmáticas. La razón que hace libre al ser humano. Y en esa razón enfermiza (o puede que en la cúspide de su clarividencia) me acompañan mis monstruos nocturnos que nacen de la fiebre.
Veo las luces de los pequeños pesqueros que faenan por la noche. Esas luces se agrandan como fuegos infernales; tras ellas se contonean brujas en orgías saturnales, nigromantes que orquestan las danzas de los íncubos... Frente a tanto horror, en cambio, yo me siento tranquilo, inconscientemente tranquilo: soy uno de ellos y se que no pueden hacerme daño. Los calofríos que me produce mi estado febril los imagino producto de esa danza de la Muerte, con la que avanzo hacia la oscuridad y el horror; pero no tengo miedo. En el invisible horizonte las nubes se acumulan amenazadores; danzan torpemente con sus formas imprecisas y cambiantes, iluminadas espectralmente de vez en cuando por los relámpagos de la tormenta con la que combaten entre ellas. Yo me sitúo enmedio, sólo voluntad y espíritu, con el firme propósito de apaciguarlas. Pero son tan hermosas las tormentas sobre el mar... Desisto y vuelvo al sopor que es mi hábito y mi refugio.
Mi esposa me seca las sudoraciones que extraen de mi cuerpo dolorido los humores mefíticos de la fiebre. Bebo algo de agua azucarada. Bebo con la avidez de quien quiere beber la vida que cree en huída. Trato de dormir de nuevo, pero la emoción de esas vivencias alteradas me mantiene en un estado de excitación nerviosa que acaba siendo insoportable.
Empieza a amanecer. Por el lejano horizonte, desde el oriente, comienza a insinuarse una tenue línea de luz lívida. Un nuevo día que por los sanos conjuros de mi cuidadora, mi esposa y compañera, alejará la fiebre y los atroces monstruos que deja en mi imaginación alocada. Un nuevo día que me acercará a la salud perdida. La luz del sol naciente perfora en tímida transverberación las nubes que se aglomeran sobre el mar. Será un hermoso día de otoño en el que podré soportar los todavía dolorosos retortijones que retuercen mis vísceras infestadas. La riente claridad del nuevo día me ofrece muchas razones para ser feliz en esta realidad dolorida, aunque razonable y cotidiana.
Un atardecer más, desde el sillón de que acompaña mi dolor, conforta mis ánimos y alimenta la esperanza con su cálida comodidad, veo llegar la noche desde el mar, como una inmensa barca de Caronte, lúgubre y apenas teñida con los colores de un arco iris funerario, desdentado de sus colores vivos: sólo quedan los opalescentes colores del ocaso. Confundo el sonido del mar que me llega apenas amortiguado; no podría decidir si es una nana susurrada por un padre de voz ronca o una amenazadora advertencia de todo un panteón sumergido, que reclama un imposible silencio para que este mundo convulso y enfermo recupere la paz que transgrede sin cesar. Los dioses no son insensibles a los ultrajes de los hombres.
Y con la noche, como ominosa compañera, llega la fiebre. Una fiebre que me lleva al borde de la alucinación. Durante el día los cuidados de mi querida compañera la mantienen alejada; paños de agua fría, medicación puntual, su sonrisa... Pero en el oscuro magma en el que nos sumerge la noche quedo desarmado ante el virulento y traidor ataque de la fiebre. La fiebre en esas altas horas de la noche es una especie de espejo deformante; me traslada a otra realidad, a ese otro nivel de percepción que solemos llamar alucinación. Yo estoy convencido que es otra realidad “real”, con sus dimensiones, sus leyes desconocidas y aleatorias, sus imágenes que, por una cierta reiteración, acaban siendo familiares. Una realidad paralela en la que las alteradas funciones de nuestro estar habitual se trastocan, se cambian por otras en las que el drama ocupa el firmamento todo de la vida. La deformada realidad de un enfermo que espera ávidamente la crisis que inicie la convalecencia.
Puede que de esa otra realidad surgiesen los terribles, inéditos y estremecedores monstruos que crearon Lovecraft, Poe, Lord Dunsany y aquellos iluminados pioneros del cuento de terror, de ese terror nuevo que vino a sustituir con terribles premoniciones al otro terror antiguo, el romántico de los fantasmas y muertos horripilantes, pero, finalmente infantiles. “El sueño de la razón crea monstruos” dejó escrito aquel otro gran atormentado que fue Goya, el aragonés. Debía referirse a esa razón estremecida y casi libertada de sus ataduras intelectuales y dogmáticas. La razón que hace libre al ser humano. Y en esa razón enfermiza (o puede que en la cúspide de su clarividencia) me acompañan mis monstruos nocturnos que nacen de la fiebre.
Veo las luces de los pequeños pesqueros que faenan por la noche. Esas luces se agrandan como fuegos infernales; tras ellas se contonean brujas en orgías saturnales, nigromantes que orquestan las danzas de los íncubos... Frente a tanto horror, en cambio, yo me siento tranquilo, inconscientemente tranquilo: soy uno de ellos y se que no pueden hacerme daño. Los calofríos que me produce mi estado febril los imagino producto de esa danza de la Muerte, con la que avanzo hacia la oscuridad y el horror; pero no tengo miedo. En el invisible horizonte las nubes se acumulan amenazadores; danzan torpemente con sus formas imprecisas y cambiantes, iluminadas espectralmente de vez en cuando por los relámpagos de la tormenta con la que combaten entre ellas. Yo me sitúo enmedio, sólo voluntad y espíritu, con el firme propósito de apaciguarlas. Pero son tan hermosas las tormentas sobre el mar... Desisto y vuelvo al sopor que es mi hábito y mi refugio.
Mi esposa me seca las sudoraciones que extraen de mi cuerpo dolorido los humores mefíticos de la fiebre. Bebo algo de agua azucarada. Bebo con la avidez de quien quiere beber la vida que cree en huída. Trato de dormir de nuevo, pero la emoción de esas vivencias alteradas me mantiene en un estado de excitación nerviosa que acaba siendo insoportable.
Empieza a amanecer. Por el lejano horizonte, desde el oriente, comienza a insinuarse una tenue línea de luz lívida. Un nuevo día que por los sanos conjuros de mi cuidadora, mi esposa y compañera, alejará la fiebre y los atroces monstruos que deja en mi imaginación alocada. Un nuevo día que me acercará a la salud perdida. La luz del sol naciente perfora en tímida transverberación las nubes que se aglomeran sobre el mar. Será un hermoso día de otoño en el que podré soportar los todavía dolorosos retortijones que retuercen mis vísceras infestadas. La riente claridad del nuevo día me ofrece muchas razones para ser feliz en esta realidad dolorida, aunque razonable y cotidiana.
Última edición: