Era la soledad y mi sombra
aquella tarde en el faro.
La voz de la mar lisonjera
arrullaba al día
que resistía con sus dedos de oro
a ceder ante el crepúsculo
agarrándose a las rocas.
Mas una bocanada del eterno,
rizaba las olas
azotando la voz del silencio.
Era la soledad y mi sombra,
y su lengua de salitre
resbalando sobre mi carne
para hacerme prisionero.
El sol, al fin, inclinaba su frente
sobre la cuna del mar
y el día, doblegaba sus ojos
ante el aliento imponente
del cielo de plata.
Luis
