He apoyado la escalera
en las espaldas de tu deseo
sólo para comprobar
que después del horizonte
hay más horizonte.
Te he buscado
como una moneda en la calle.
Un trébol de nadie.
Una carta en la botella.
A la sombra de una palabra.
Con un cirio en la mano.
Antes de la lluvia.
Hoy tuve que abrir
el alcanfor de tu serranía
porque escuché que mi pueblo
se levantó tosiendo.
Y quiero que siga soñando
con ese fuego que arrasa las ventanas.
Hasta que el alba se complete
de alarmantes horneros.
He mordido el polvo
de todas las fábulas
en la bolsa de un pastor mentiroso.
Yo no puedo beber el agua
turbia del menosprecio
porque desayuno entre expulsados
peones y tullidos.
Nacimos y todo
tenía un título
un alambrado
y una sentencia.
Un miedo compartido.
Nos llevará un poco más de tiempo
deshabitar aquella frase
para seguir callando.
La piedra de nuestra certeza
durará menos que ese frágil rocío.
Ahora mismo me tienes
trepado a lo más alto de los guayabos
participando del vacío.
Ingenuo y triste mientras el monte
extiende su sazón
hasta la delicia.
Así la enemistad, su sarpullido.
Así tu decisión sea la impronta
de un conflicto:
la bendición recaiga
sobre todos tus pareceres.
He venido a desordenar el puzzle
que hicieron de nosotros mismos.
Ayúdame a beber ese sonido
letra por letra
hasta el desmayo.
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