Rosita sale a la calle
el Jueves de la Pasión,
alegre, con sus amigas
para ver la procesión.
Se ha arreglado con esmero,
aunque no es nada coqueta,
se ha colocado un buen traje,
su mantilla y su peineta.
Piensa pedirle a la Virgen
con acendrado fervor
que encuentre por fin un novio,
pues se le pasa el arroz.
Mientras canta una saeta,
¡ay, que triste situación!
le ha impactado una maceta
caída desde un balcón.
Rosita, inerte en el suelo
está sin conocimiento;
mientras llega la ambulancia
va a exhalar su último aliento.
Pero en medio del gentío
aparece un nazareno
pidiendo que le abran paso
porque dice que es galeno.
Llega rápido y la atiende
haciéndole el boca a boca;
ella recobra el sentido
y de amor se vuelve loca.
Mientras lo mira embobada
suspira con desconsuelo
pues piensa que ya se ha muerto,
y que es un ángel del cielo.
Pero el médico también
ha sentido aquel flechazo
y para reconfortarla
la envuelve en cálido abrazo.
Y en ese momento pasa
la Virgen del gran Dolor,
Rosita le guiña un ojo
y le agradece el favor.
De esta manera termina
una tarde accidentada,
¡Rosita está muy feliz,
contenta y enamorada!