Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Llegaron esas personas a la escuela, iban vestidas como médicos, eran extranjeros, no comprendía nada de lo que hablaban. Luego supe que eran franceses, que venían a hacer un estudio étnico sobre todos nosotros. Nos fueron pasando de uno en uno a la dirección, los niños estaban muy inquietos, sonreían con nerviosismo pero todos querían pasar a la medición. Los niños que salían eran llevados a un salón de clases para que no dieran nada a los demás. Cuando me tocó pasar me sentí muy nervioso. Me midieron el cráneo y me pasaron unas fotografías muy rápido, yo tenía que decir algo, lo que fuera, lo que se me ocurriera, sobre las figuras que contenían. Nos pasaron unas películas mudas y luego nos pidieron que explicáramos de qué se trataban, al último nos pusieron a jugar con unas hojas donde habían laberintos y cosas incompletas que nosotros teníamos que completar. Todo terminó en un mes. Luego se fueron. Al siguiente año volvieron y abrieron una escuela, nos separaron de nuestros compañeritos de siempre. Los maestros eran extranjeros, a la escuela le llamaron "La Misión". Entregaron a nuestros padres los resultados de aquéllos exámenes, el mío fue el más alto, decía I.Q. 180. Mis padres no sabían qué significaba eso pero estaban felices, para ellos era como un título nobiliario, hicieron una comida para festejar a los visitantes sin importar ya que "la vergüenza" pudiera ser vista por ellos. Tamales, hicieron tamales. Durante la comida La Vergüenza apareció, se salió de su cuarto. Cuando esas personas lo descubrieron se quedaron admirados. -Qué le sucedió- preguntaron. Mi padre no quería contar nada de mi hermano mayor, fue mi madre la que se animó, a lo mejor son médicos y lo curan, pensó.
Mire, cuando era niño, la cabeza le empezó a crecer hacia atrás, así como el cuerpo de los caracoles. La gente empezó a venir a la casa para verlo, luego andaban murmurando por ahí, decían que era un "cheneque", son unos fantasmas sabe. Decían que yo había tenido un hijo con uno de ellos. Mire, ya no lo sacamos a la calle, cuando creció lo dejamos siempre aquí, en su lugarcito. Mire, él hace sus propios juegos, pobrecito, él quiere salir y solo puede hacerlo por las noches, cuando la gente duerme. Ojalá pudieran curarlo para quitarle un poco de cabeza.
Se acercaron a él, lo revisaron.
Mi hermano mayor no creció mucho, la espalda se le encorvó un poco por el peso de su enorme cerebro. Comía mucho pero no subía de peso, solo le crecía el cerebro. Por las noches iba por la selva a quien sabe dónde, secretamente, mis padres deseaban que algún jaguar le diera muerte, que alguna coralillo le picara, o que se ahogara en un pantano o en la laguna. No, mis padres no eran malos. Decían que él no sería nunca feliz, que sufriría mucho. Recuerdo que por la madrugada volvía con la boca llena de lodo, o de alguna cosa oscura.
Tras de estas personas fueron inmediatamente a "La Misión", volvieron con unos aparatos. Le midieron el cerebro, le tomaron la presión, con una lámpara le echaron una luz en los ojos por último le sacaron sangre. Hablaban entre sí emocionadamente. Luego estuvieron revisando los objetos con que se entretenía. Se quedaron asombrados. A los pocos días vinieron a la casa, hablaron con mis padres y se ofrecieron ayudar con la enfermedad de mi hermano. Yo me di cuenta que esos hombres ocultaban algo.
-Mi hermano no está enfermo -les dije-, no tienen que curarlo de nada, solo le creció el cerebro más de lo que me está creciendo a mí.
Las personas asintieron, debemos hacerle muchos estudios, los gastos corren por nuestra cuenta, no se apuren por ello, no se apuren por sus dos hijos, costearemos la educación de ambos.
Se llevaron a mi hermano en un automóvil blanco. Sentí mucha tristeza al descubrir algo raro en su mirada. Después de un mes, el director de la misión me entregó un documento Lacrado con las siglas de la UNESCO. Llévaselo a tus padres -me dijo-. Diles que pueden venir para aclarar cualquier duda. Abrí el sobre y me encontré con un certificado que decía: I.Q. indeterminado, no existe forma ni método para evaluar esta capacidad, tentativamente se propone una valoración de 4 a 8 sobre el promedio humano.
También venían fotografías de mi hermano dibujando, tocando un piano, manipulando líquidos de colores en un laboratorio como el que teníamos en La Misión, y muchas actividades en ambientes desconocidos para mí.
Mis padres se pusieron felices, sobre todo mi madre, que no esperó circunstancia casual para visitar a los vecinos.
-Miren -les decía- mi hijo es una de las personas más inteligentes del mundo.
Lloraba, mi madre, lloraba de alegría, ya entendía qué significaba eso del I.Q. Todo el amor y orgullo callado y reprimido hacia su primogénito ahora se desbordaba. Yo había pasado a ser un ser normal, invisible, inapreciable. Por las mañanas, en cuando me despertaba, iba mirarme al espejo. Me medía el cerebro con la cinta de costura de mi madre. El cerebro no me crecía mucho y eso me desanimaba. Un día dejé, por voluntad propia, La Misión. El director vino a hablar con mis padres para que me convencieran de volver. Mi madre no le escuchaba, solo quería que le contarán más de su hijo el genio. No volví, huí de la casa antes de que culminara mi adolescencia. Algunas veces volví, antes de que mi madre muriera en el manicomio donde fue encerrada a causa de un brote agudo de esquizofrenia o paranoia. No lo sé, para ella dejé de existir y le pagué con la mima moneda. De mi padre solo supe que se juntó con una muchacha muy guapa y que viven felices en una casa de palma junto a la playa. Nunca supe de mi hermano, debe ser víctima del fenómeno ese que denominan I.Q.
Mire, cuando era niño, la cabeza le empezó a crecer hacia atrás, así como el cuerpo de los caracoles. La gente empezó a venir a la casa para verlo, luego andaban murmurando por ahí, decían que era un "cheneque", son unos fantasmas sabe. Decían que yo había tenido un hijo con uno de ellos. Mire, ya no lo sacamos a la calle, cuando creció lo dejamos siempre aquí, en su lugarcito. Mire, él hace sus propios juegos, pobrecito, él quiere salir y solo puede hacerlo por las noches, cuando la gente duerme. Ojalá pudieran curarlo para quitarle un poco de cabeza.
Se acercaron a él, lo revisaron.
Mi hermano mayor no creció mucho, la espalda se le encorvó un poco por el peso de su enorme cerebro. Comía mucho pero no subía de peso, solo le crecía el cerebro. Por las noches iba por la selva a quien sabe dónde, secretamente, mis padres deseaban que algún jaguar le diera muerte, que alguna coralillo le picara, o que se ahogara en un pantano o en la laguna. No, mis padres no eran malos. Decían que él no sería nunca feliz, que sufriría mucho. Recuerdo que por la madrugada volvía con la boca llena de lodo, o de alguna cosa oscura.
Tras de estas personas fueron inmediatamente a "La Misión", volvieron con unos aparatos. Le midieron el cerebro, le tomaron la presión, con una lámpara le echaron una luz en los ojos por último le sacaron sangre. Hablaban entre sí emocionadamente. Luego estuvieron revisando los objetos con que se entretenía. Se quedaron asombrados. A los pocos días vinieron a la casa, hablaron con mis padres y se ofrecieron ayudar con la enfermedad de mi hermano. Yo me di cuenta que esos hombres ocultaban algo.
-Mi hermano no está enfermo -les dije-, no tienen que curarlo de nada, solo le creció el cerebro más de lo que me está creciendo a mí.
Las personas asintieron, debemos hacerle muchos estudios, los gastos corren por nuestra cuenta, no se apuren por ello, no se apuren por sus dos hijos, costearemos la educación de ambos.
Se llevaron a mi hermano en un automóvil blanco. Sentí mucha tristeza al descubrir algo raro en su mirada. Después de un mes, el director de la misión me entregó un documento Lacrado con las siglas de la UNESCO. Llévaselo a tus padres -me dijo-. Diles que pueden venir para aclarar cualquier duda. Abrí el sobre y me encontré con un certificado que decía: I.Q. indeterminado, no existe forma ni método para evaluar esta capacidad, tentativamente se propone una valoración de 4 a 8 sobre el promedio humano.
También venían fotografías de mi hermano dibujando, tocando un piano, manipulando líquidos de colores en un laboratorio como el que teníamos en La Misión, y muchas actividades en ambientes desconocidos para mí.
Mis padres se pusieron felices, sobre todo mi madre, que no esperó circunstancia casual para visitar a los vecinos.
-Miren -les decía- mi hijo es una de las personas más inteligentes del mundo.
Lloraba, mi madre, lloraba de alegría, ya entendía qué significaba eso del I.Q. Todo el amor y orgullo callado y reprimido hacia su primogénito ahora se desbordaba. Yo había pasado a ser un ser normal, invisible, inapreciable. Por las mañanas, en cuando me despertaba, iba mirarme al espejo. Me medía el cerebro con la cinta de costura de mi madre. El cerebro no me crecía mucho y eso me desanimaba. Un día dejé, por voluntad propia, La Misión. El director vino a hablar con mis padres para que me convencieran de volver. Mi madre no le escuchaba, solo quería que le contarán más de su hijo el genio. No volví, huí de la casa antes de que culminara mi adolescencia. Algunas veces volví, antes de que mi madre muriera en el manicomio donde fue encerrada a causa de un brote agudo de esquizofrenia o paranoia. No lo sé, para ella dejé de existir y le pagué con la mima moneda. De mi padre solo supe que se juntó con una muchacha muy guapa y que viven felices en una casa de palma junto a la playa. Nunca supe de mi hermano, debe ser víctima del fenómeno ese que denominan I.Q.
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