Évano
Libre, sin dioses.
Después de cenar salimos unas horas los ocho de la aldea, a charlar; más tarde no hay quien abandone la chimenea porque hace un frío que desgasta la dentadura.
Hoy ha venido Ligio con el cuento de que, en un pueblo de por ahí, cerca de la porra del Polo Norte (sus palabras literales), los vecinos han colocado un espejo enorme en lo alto de una montaña, para que refleje al sol y desvíe sus rayos a la plaza mayor, que se ve que está en el fondo de un valle donde no va la luz. Le hemos preguntado que entonces tampoco irá el cobrador de la luz, pero no ha sabido respondernos.
El caso es que nos hemos animado a poner un montón de cristales encima de nuestra montaña, para que dispongamos nosotros de más horas de claridad, ya que a penas tenemos unas pocas al día.
Ha funcionado, aunque a modo de iluminación de teatro. Un círculo bonito se ve en mitad de la plaza, la de la iglesia.
El problema es que Paco, el aldeano más charlatán, se pone todas las tardes en medio del círculo luminoso y nos suelta unos discursos que te cagas, y no deja hablar a nadie más.
Los otros ya traen tomates, patatas, lechugas y, cada tarde, el pobre Paco sale aporreado, llenito de moratones, debido a que las verduras son las que tenemos congeladas para todo el invierno.
Paco se ha cabreado. Le hemos dicho que si no sabe aguantar las bromas que se vaya del pueblo; o que deje de dar la tabarra y nos deje a los demás intervenir.
No hay manera. Paco no cede y nosotros continuamos arrojando patatas y tomates, y pepinos y calabazas.
Ayer lo tuvimos que llevar al hospital, bueno, al médico de guardia del pueblo de al lado, que tiene dos habitantes más que nosotros, o sea, diez. Nos dijo que ya estaba bien de hacer el "vacaburra", que ya no éramos ningunos niños, que el menor ya tenía casi cincuenta años. Ese soy yo.
Paco ha llamado a la Guardia Civil. Han dicho lo mismo que el médico, y que si los avisamos otra vez nos arrestan a todos, que no van a venir a más de cincuenta kilómetros por tamaña idiotez, y menos por carreteras congeladas o nevadas.
Esto cada día va a peor. Las rencillas crecen, así como la potencia de los lanzamientos, amén de que alguno ya se ha quedado sin verduras y ha empezado con las bolas de nieve con cantos rodados dentro. Pero a Paco no hay quien lo saque del círculo luminoso. Todos los días se mete en él y no para de hablar y hablar y hablar. Hoy viene reforzado, con armadura, para apaciguar tanto tiro certero. En la cabeza se ha puesto un cubo de hojalata y cada vez que atinamos a la cabeza, que son las mayorías de las veces, parece que tañan las campanas y resuenan por todo el valle. Las aldeas cercanas se están enfadando por ello y ya vienen todas las tardes, uniéndose a nosotros. A ver si así destronamos a Paco.
Ya hay más de cien personas lanzando salvajemente toda clase de objetos a Paco, pero este no cede. Da pena verlo. Al acabar cada sesión se va arrastrando a su casa. Ya no sabe a penas lo que dice, parece un loco. A alguno nos da pena, pero los otros contestan que se rinda y salga de una vez del círculo luminoso, que ellos también quieren probarlo y calentar el coco a los demás.
Hoy Paco ha venido muy mal, en silla de ruedas, por lo que está un poco más protegido de piernas y cuerpo, cosa que ha molestado a los tiradores; y encima trae un montón de papeles de política. Debería saber, después de tantos años, que a nosotros lo que nos gusta son las charlas de tías buenas, fútbol y toros. De hoy no pasa, hoy se lo cargan, me he dicho.
Hoy hay casi doscientos aldeanos alrededor del círculo luminoso, casi no caben en la plaza de la iglesia. Veo cómo los ojos de tanto pueblerino se enrojecen y se salen de las órbitas. Algunos traen tirachinas y piedras enormes. Muchas mujeres ya están rezando. Paco aún no ha hablado, está preparando un montón de papeles. La hoja de arriba dice: Intrución al politiqueo y a la demoscracia, escrito por Paco, el Cabezón.
He decidido salir corriendo monte arriba. Mi idea es destrozar los cristales que forman el espejo, para que se apague el círculo luminoso; a ver si así no me matan a Paco.
Mientras corro montaña arriba oigo los gritos de Paco, son de su discurso y del dolor por las pedradas. Los demás se van animando unos a otros: Que si yo le di en los sesos, Que yo le rompí la pierna, Y yo un brazo... Si no me doy prisa me lo matan.
He roto el espejo. Ya no hay círculo luminoso en la aldea ni voces de los aldeanos, pero estoy preocupado, no oigo a Paco. Bajo corriendo. Espero que se haya salvado.
Sí, por suerte está vivo, pero moribundo.
Todos se han ido a sus aldeas y trasladamos a Paco al médico, que nos dará la bronca, seguro, aunque alguno dice haberlo visto entre los apedreadores.
Mientras llevamos al pobre Paco, nos hemos jurado que se acabaron los círculos luminosos en el pueblo, que ya estábamos bien. Hemos creído oír que de la boca de Paco ha salido un "Cabronesss", pero muy débil, por lo que no le hemos hecho caso.
Fin. Gracias por leer.
Última edición: