ropittella
Poeta veterana en el Portal
La lluvia vuelve a dejarnos embarrados, descalzos, sin nada.
Vuelve anegada de dolor a desnudarnos el alma,
en los cuerpos de los que ya tiritaban,
de los que ya estaban en los límites de la hambruna y la desgracia.
Desdentados hombres que viven de changas, sucios niños con demasiada calle a cuestas,
calles donde la policía no ingresa,
donde la política no deja entrar siquiera,
a la poca piedad que nos queda, de darles algo de lo que nos sobra.
Es tan humana la hipocresía, tan abstracta la justicia,
que no dejan pasar al amor ni aunque se sienta.
Y la muerte viene de fiesta,
a buscar aplausos,
vestida con ropajes de imprudencia,
de impericia, de soberbia...
Sus máscaras bizarras niegan y niegan todo lo que roban,
no tienen hijos, no tienen hermanos, no tienen amigos inundados.
La muerte insolidaria viaja y goza solo de su demencia,
el poder absoluto para impartir órdenes que aterran,
y sus socios, incautos las obedecen a ciegas
generando ríos de inútil venganza,
que se lo llevan todo en sus correntadas fieras.
¿Qué importa un auto nuevo, un recuerdo,
las herramientas de trabajo, un joven que venía a estudiar,
un bebé, o si está en silla de ruedas el anciano?
¿A quién le importan miles de historias enlutadas,
de un dolor casi inhumano?
Mientras los poderosos alcancen sus fines, cualquier medio parece sano.
Las estadísticas fundamentan, con cifras mentirosas justifican la indecencia.
Y a nosotros nos queda este oloroso barro,
que hay que lavar con solidaridad, pero no olvidar,
que ya está furiosa la naturaleza,
y prevenir, para que nunca más
nos vuelva a llover así... ¡Tanta impotencia!
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