Brise
Poeta que considera el portal su segunda casa
Temed el amor de la mujer más que el odio del hombre.
Sócrates
Quizás no tengan idea que significa, a ella la pusieron en la empresa para que se encargara de los horarios, de las entradas, salidas, meriendas, almuerzos.
Era pequeña, amarillenta, de ojos grandes. Me repugnaba verla, aunque a otros les hacía gracia. Mi rabia estaba dada, porque cada vez que quería irme a fumar al baño, luego aparecía diciendo -te pasaste de los minutos.
La odiaba, el trabajo era una tortura y ahora no dejaba siquiera a uno relajarse. Los afectados por la situación nos unimos para acabar con este capricho de los jefes. La enana, parecía fuerte, no mostraba sus debilidades, si me hubieran dicho lo que pasaría, no estaría hoy aquí.
Empecé por ser ejemplar en todos mis horarios, seguía todas las normas. Un lunes se me acercó:
- Jame, ¿podemos hablar?
- Claro -señalé. -¿Qué sucede?
- He estado observándote durante las últimas semanas y tu actitud parece haber cambiado, quiero felicitarte y si te parece bien, te quiero invitar al café.
Sus ojos brillaban esa noche, parecía que le gustaba. La llevé hasta su casa y antes de marcharme me dio un beso. No sé cuantas semanas pasé en su compañía, me llevó por museos, parques, cines, ya no bebía, ni necesitaba tantos cigarrillos antes de dormir, estaba cansado y solo pedía una cama. Pronto fuimos la pareja curiosa, algunos se reían de mí pues ellos conocían el secreto. Mi vida giró trescientos sesenta grados y no me incomodaba.
Una tarde le dejaron un mensaje de burla en el contestador. No contestó mis mensajes, cuando fui al trabajo me dijeron que había renunciado y que el jefe ya no tenía motivos para seguir con el experimento. Realmente la extrañaba, no dormía, comencé de nuevo a beber, en síntesis me enamoré de la desgraciada. Cierto día en un programa de la tele presentaban un libro que estaba vendiéndose como pan, nada más y nada menos trataba sobre un hombre que renunció a su vida mediocre manipulado por una señorita que lo ayudó a aprovechar su tiempo, era ella la autora intelectual. La noticia aumentó mi furia, realicé varias llamadas a una antena de televisión para contar la verdadera historia.
En eso, alguien que no distinguía entre el público lanzó una pregunta.
-¿Todavía la quieres?
- Solo ella puede averiguarlo.
Entonces vino hasta mí y nos besamos.