LA CIUDAD NEGADA
El viento suave de la noche se hace arena
sobre los bifrontes diedros de las esquinas.
Es la ciudad y sus negaciones.
El viento suave desciende como sombra,
deshilando las nubes grisiblancas
desde parajes remotos
para besar las ofrendas cotidianas
que son las anémonas en flor.
Cópulas fortuitas llevan la esencia germinal
de los modestos pimpollos
hasta las devastadas praderas
donde las ciudades nacen.
Y, sin embargo, sólo el vidrio y el acero
son los duros homenajes que la ciudad rinde
a quienes tratan de adorarla.
Trocando soles por neón, turbios espejos por mares,
hipocampos por tranvías trepidantes
en los que la felicidad cabalga hacia sus ocasos,
ah, la ciudad y sus límites confusos,
ah, el inútil sacrificio de los humildes vencejos,
ah, las catedrales ausentes sin gárgolas anhelantes
de lluvias y monstruos fálicos.
La cambiante policromía de los escaparates de modas,
de las oficinas preñadas de secretarias hambrientas de amor,
de invisibles huellas de miradas sin destino
alientos inertes para monogamias forzadas.
Desde las azoteas liminares, fronteras accesibles de sus cielos,
la ciudad duerme suicidios y orea las ropas lavadas.
Allí llegan como suspiros las tragedias de los vehículos a motor
y algunas gaviotas que reniegan de sus mares.
La múltiple parafernalia de la ciudad automática
que desmiente en su rutina la actividad generatriz de la Poesía
evidenciada tan sólo en los desfiles militares
y en las tabernas de los suburbios.
Hediondas cicatrices donde el asfalto supura ángeles corrompidos.
Máquina trascendida por caricias de amantes inesperados,
tú, ciudad nacida en las antiguas praderas en flor,
hija espuria de los vientos que acarician tus esquinas
y de las modestas anémonas como besos de muchacha,
tú, ciudad, la última esperanza de los sueños.
Ilust.: George Grosz. "A Óskar Panizza"
El viento suave de la noche se hace arena
sobre los bifrontes diedros de las esquinas.
Es la ciudad y sus negaciones.
El viento suave desciende como sombra,
deshilando las nubes grisiblancas
desde parajes remotos
para besar las ofrendas cotidianas
que son las anémonas en flor.
Cópulas fortuitas llevan la esencia germinal
de los modestos pimpollos
hasta las devastadas praderas
donde las ciudades nacen.
Y, sin embargo, sólo el vidrio y el acero
son los duros homenajes que la ciudad rinde
a quienes tratan de adorarla.
Trocando soles por neón, turbios espejos por mares,
hipocampos por tranvías trepidantes
en los que la felicidad cabalga hacia sus ocasos,
ah, la ciudad y sus límites confusos,
ah, el inútil sacrificio de los humildes vencejos,
ah, las catedrales ausentes sin gárgolas anhelantes
de lluvias y monstruos fálicos.
La cambiante policromía de los escaparates de modas,
de las oficinas preñadas de secretarias hambrientas de amor,
de invisibles huellas de miradas sin destino
alientos inertes para monogamias forzadas.
Desde las azoteas liminares, fronteras accesibles de sus cielos,
la ciudad duerme suicidios y orea las ropas lavadas.
Allí llegan como suspiros las tragedias de los vehículos a motor
y algunas gaviotas que reniegan de sus mares.
La múltiple parafernalia de la ciudad automática
que desmiente en su rutina la actividad generatriz de la Poesía
evidenciada tan sólo en los desfiles militares
y en las tabernas de los suburbios.
Hediondas cicatrices donde el asfalto supura ángeles corrompidos.
Máquina trascendida por caricias de amantes inesperados,
tú, ciudad nacida en las antiguas praderas en flor,
hija espuria de los vientos que acarician tus esquinas
y de las modestas anémonas como besos de muchacha,
tú, ciudad, la última esperanza de los sueños.
Ilust.: George Grosz. "A Óskar Panizza"
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