MarcosR
Poeta que considera el portal su segunda casa
La de la bravura somnolienta.
La del rostro invisible.
La del río en los pasos.
La del cuaderno a medias.
La de la bicicleta sucia.
La del primer escalón,
o la del último.
No lo sé.
Simplemente la más alta
de todas las canciones.
El rubí de la tarde.
El crepúsculo del poeta.
Aquella de la sonrisa de amapola.
Aquella de la sonrisa que no vi.
Ella.
La de rojo.
La del monte pintado
en papeles que sangran.
La reina de la espera.
Ella,
la hija de los rosales.
La más bailarina de las estatuas.
La montaña innombrable.
Ella.
La de rojo.
La solitaria fruta
del dolor en los versos.
Cuando nos quebraba el ocaso,
nos unió la distancia.
La gladiadora de la libertad.
La dueña del cristal.
La que se fue sin espalda.
La que se fue sin relojes.
La que se olvidó una estrella
en mi paso.
Una estrella roja.
Un espejo del alma.
Ella.
La que simplemente se fue,
saludando la tarde.
Solamente triste.
Solamente sola.
Solamente ella.
La de rojo.
La del rostro invisible.
La del río en los pasos.
La del cuaderno a medias.
La de la bicicleta sucia.
La del primer escalón,
o la del último.
No lo sé.
Simplemente la más alta
de todas las canciones.
El rubí de la tarde.
El crepúsculo del poeta.
Aquella de la sonrisa de amapola.
Aquella de la sonrisa que no vi.
Ella.
La de rojo.
La del monte pintado
en papeles que sangran.
La reina de la espera.
Ella,
la hija de los rosales.
La más bailarina de las estatuas.
La montaña innombrable.
Ella.
La de rojo.
La solitaria fruta
del dolor en los versos.
Cuando nos quebraba el ocaso,
nos unió la distancia.
La gladiadora de la libertad.
La dueña del cristal.
La que se fue sin espalda.
La que se fue sin relojes.
La que se olvidó una estrella
en mi paso.
Una estrella roja.
Un espejo del alma.
Ella.
La que simplemente se fue,
saludando la tarde.
Solamente triste.
Solamente sola.
Solamente ella.
La de rojo.
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