Évano
Libre, sin dioses.
En mi infancia yo veía un castillo de grandes piedras que rodaban ladera abajo entre la nieve y las encinas. Yo tenía cinco años y nada era mío, todo tenía ya su dueño: la escuela era de mis hermanos mayores y el patio, para los más pequeños, era como salir al de una cárcel donde te robaban la leche en polvo y el queso amarillento regalado por la presidenta Perón a la España hambrienta; la casa la dirigía una alocada madre que no daba abasto con tanto hijo y marido escurridizo entre botellas de vino y duro trabajo; a la oca no había quién se le acercara, una vez traté de acariciarla y menos mal que una hermana mayor la arrancó de mi pecho tendido; no hablaré de la zahúrda con sus enormes cerdos, ni de las gallinas laberínticas ni del gallo malhumorado. No, nada era mío; quizá la huerta que nadie miraba, salvo los domingos de un padre, era lo más cercano a una posesión, ella y el pozo cansado en su entrada.
 
Mi infancia fue un castillo en lo alto de la loma, de muralla ancha y derruida, con un olivo coronando lo más alto. Yo soñaba que era un rey sitiando a un duque rebelde, pero los balidos de las ovejas que pastaban dentro rompían el encanto onírico, eso si no salían de pronto por un hueco de la muralla.
 
Así fue mi infancia, como un castillo antaño inexpugnable pero abierto y roto a los sueños del futuro. Ahora que viajo al pasado sabiendo cómo ha sido el futuro es fácil ser adivino. Así es la vida, volvemos atrás una y otra vez y hacemos de adivinos desde allí, conectamos esos lazos invisibles y los anudamos para que tenga sentido esta vida. Porque no queremos saber el futuro, porque sabemos perfectamente qué nos depara, porque no queremos abrir los ojos y entregamos la leche en polvo y el queso amarillento de hoy a cualquier parlanchín sinvergüenza, para que él nos salve de los patios del mañana. Tenemos que comernos nosotros este presente y salvarnos nosotros mismos de cualquier mañana, porque eso es lo único que tenemos cada uno, y lo tenemos tan cerca que nunca lo vemos: nuestro propio destino, y no debemos dejarlo en manos de políticos corruptos y parlanchines, sino en personas honestas y de ética y de moral y que hayan demostrado ser lo que son con hechos, no de palabrería; y que respeten a todo bicho y planta viviente con educación y armonía, nada de despechugados analfabetos campechanos que escupen cuando hablan y son ellos y su mundo lo mejor.
 
Eso es lo que tenemos cada uno antes de morirnos: dejar un destino honorable a los que vienen detrás, porque los objetos, lo material, siempre estará ahí. Depende de nosotros que sea para todos o para unos pocos sinvergüenzas. Depende de nosotros que la sanidad y la educación y la ley y la vida digna sea para todos o para los egoístas y malvados de turno.
 
Mi infancia fue un castillo en lo alto de la loma, de muralla ancha y derruida, con un olivo coronando lo más alto. Yo soñaba que era un rey sitiando a un duque rebelde, pero los balidos de las ovejas que pastaban dentro rompían el encanto onírico, eso si no salían de pronto por un hueco de la muralla.
 
Así fue mi infancia, como un castillo antaño inexpugnable pero abierto y roto a los sueños del futuro. Ahora que viajo al pasado sabiendo cómo ha sido el futuro es fácil ser adivino. Así es la vida, volvemos atrás una y otra vez y hacemos de adivinos desde allí, conectamos esos lazos invisibles y los anudamos para que tenga sentido esta vida. Porque no queremos saber el futuro, porque sabemos perfectamente qué nos depara, porque no queremos abrir los ojos y entregamos la leche en polvo y el queso amarillento de hoy a cualquier parlanchín sinvergüenza, para que él nos salve de los patios del mañana. Tenemos que comernos nosotros este presente y salvarnos nosotros mismos de cualquier mañana, porque eso es lo único que tenemos cada uno, y lo tenemos tan cerca que nunca lo vemos: nuestro propio destino, y no debemos dejarlo en manos de políticos corruptos y parlanchines, sino en personas honestas y de ética y de moral y que hayan demostrado ser lo que son con hechos, no de palabrería; y que respeten a todo bicho y planta viviente con educación y armonía, nada de despechugados analfabetos campechanos que escupen cuando hablan y son ellos y su mundo lo mejor.
 
Eso es lo que tenemos cada uno antes de morirnos: dejar un destino honorable a los que vienen detrás, porque los objetos, lo material, siempre estará ahí. Depende de nosotros que sea para todos o para unos pocos sinvergüenzas. Depende de nosotros que la sanidad y la educación y la ley y la vida digna sea para todos o para los egoístas y malvados de turno.