Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En el Reino Ignoto, allá donde viven Titania y Oberón, moran los espíritus alegres, las hadas, los elfos, los gnomos… Es el mágico lugar que regala instantes de felicidad a los hombres. Son gentes que trabajan duro, que cuidan la tierra, las plantas, embellecen las flores y fortalecen los árboles. Pintan los paisajes de la primavera y también los del otoño y procuran que ni el intenso frío del invierno, ni el abrasador calor del verano, lastimen la tierra y lo que en ella vive.
Es por ello que, de vez en cuando tienen sus fiestas. Celebran los equinoccios, los solsticios, el último miércoles del verano y las lunas llenas de primavera. Esos días hay gran alborozo en el Palacio de Luz, se adorna y embellece con todas las cosas que aman los seres mágicos. Y ya sabéis como se preparan dulces con miel, frutos secos y las más variadas frutas.
Este año, en el equinoccio de primavera, han invitado a acudir a los enanos. Los enanos son un poco “especiales”, gruñones les llaman los elfos jóvenes. Viven muy apegados a la tierra, de hecho les gusta vivir en galerías bajo tierra, excavar, encontrar tesoros y extasiarse contemplando sus riquezas. Gruñen porque siempre están pensando que alguien va a ir a quitarles lo que tienen y eso les avinagra el carácter. Por lo demás, no son mala gente y tanto Titania como Oberón, los aprecian mucho. De modo que siguiendo la línea de fresnos que atraviesa el Bosque Añoso, hasta llegar al cercado de los abedules, caminaron los enanos hasta hallar el viejo Roble Hendido, donde se encuentra la puerta de entrada al Palacio de Luz.
Como siempre después de comer y de beber, hubo canciones, bailes, se recitaron poemas y los enanos con su voz gruesa atronaron el espacio con sus cantos de trabajo. Surgió entonces una discusión: “qué es lo más bello que se puede conseguir de la tierra”. Las hadas hablaron de las flores, las ninfas de las aguas, los elfos de las altas copas de los árboles.
“No, no”, dijeron los enanos, “algo tangible, que se pueda tocar, palpar y llevar de una parte a otra”. Quedaron todos pensativos, buscando qué podría ser y Titania dijo: “Nos citaremos aquí en el equinoccio de otoño. Durante este tiempo los enanos buscarán aquello que les parece más precioso y nosotros haremos lo mismo por nuestra parte. Cumplido el plazo nos veremos de nuevo y cada grupo enseñará lo que ha encontrado y decidiremos lo que nos parece mejor”. Estuvieron todos de acuerdo y, una vez terminada la fiesta, los enanos se dirigieron a su reino y Oberón reunió a las gentes del suyo y les dio las instrucciones de que viajasen por toda la tierra y que trajesen aquello que les pareciese mejor.
Eligieron a un pequeño grupo de dos elfos y dos hadas para hacer este encargo, con la indicación de que para el equinoccio de otoño tenían que estar de vuelta. Ciertamente encontrar algo tan bello es una tarea difícil y más cuando los gustos de ambos grupos eran tan diferentes.
Por su parte, los enanos lo tenían claro, un diamante deslumbrante o una esmeralda de ese verde trasparente, seguramente, dejaría a las hadas sin habla. Sin perder tiempo se pusieron a excavar en sus minas para dar con la preciada piedra.
Las hadas y los elfos, volaron por todo el derredor del mundo, asombrándose con todas las cosas tan hermosas que encontraban. Pero o bien eran muy grandes o no se podían mover. Por fin, al cabo de unas semanas, casi con el tiempo justo encontraron en una vega escondida, donde el agua era rumorosa y clara y el sol llegaba con sus rayos a dar calor a los arbustos, uno que tenía lo que a ellos les pareció un tesoro. De modo que lo cogieron y volvieron al Palacio de Luz, muy alegres por haber conseguido aquel tesoro y por llegar a tiempo para la fiesta.
El Palacio lucía como nunca. Cientos de luciérnagas se habían ofrecido para iluminar los salones y los escarabajos habían bruñido sus caparazones y brillaban como espejos. Todo era alegría y buen humor y de ese modo trascurrió la fiesta hasta que, terminados los bailes y los cantos, se dio paso al asunto que los había reunido.
Primero los enanos sacaron un enorme diamante, que refulgía con la luz y llenaba de destellos brillantes el salón. Todos quedaron asombrados. Las luces se tornaban de colores a medida que los enanos movían el diamante, pero al cabo de un rato de contemplar lo mismo, nuestros amigos perdieron un poco el interés.
Tocó entonces a las hadas y a los elfos, enseñar lo que habían encontrado. Pacientemente sacaron de una bolsa una esfera de color marrón. La mostraron a todos y explicaron: “Es una esfera que se asemeja a la Tierra, aunque mucho más pequeña; tiene ahora sus colores, pues es parda y ocre en algunas zonas que son los colores con que el otoño se viste. En su parte más alta tiene una corona, formada de su propio ser y que nos recuerda que a la Tierra hay que tratarla como a una reina. Pero eso no es todo, ahora veréis” y dando una vuelta a la esfera, metió los dedos donde había una pequeña grieta y la abrió completamente. Un enorme montón de granos rojos brillantes y tersos, como de cristal, refulgían a la luz de las luciérnagas. “Esto nos dice que si tratas bien a la Tierra, ella te inundará con sus tesoros”. Los enanos estaban boquiabiertos: “son como pequeños rubíes que llenan esa esfera”.“No es todo, falta lo mejor”, dijeron las hadas, “además, se comen y saben muy dulces”.
Todo el mundo quiso probar aquellos granos hermosos y sabrosos y hay que decir que a todos les gustaron. Los enanos reconocieron su derrota, pero eso hizo que se sirviese más aguamiel y más nueces y avellanas, con lo que volvieron los cantos y las risas.
Titania sonrió al reconocer en aquel tesoro las granadas que tanto tiempo atrás Oberón y ella habían nombrado en los inicios del mundo.
Desde entonces, nunca faltan las granadas en las fiestas del Palacio de Luz.
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